16/3/22

Capítulo 21 (Novela 'Julio y las viejas')

Blanca recibió la llamada de Aurori y, mientras escuchaba su narración de que alguien había entrado en la iglesia a aquellas horas tan extrañas, su marido llegó a casa sin que ella se diera cuenta. El inspector se presentó sigiloso en la cocina, donde su mujer hablaba aún por teléfono mientras terminaba de preparar la cena. Blanca se sorprendió ante la presencia inesperada de Santamarta y él lo notó, lo que hizo que se dispararan todas sus alarmas de inspector de Policía y de marido celoso.

—¿Con quién hablas?

—Con Aurori, una de la parroquia —respondió Blanca, con un temor anticipado ante lo que se le podía venir encima.

—Dame el móvil.

Blanca le entregó el móvil, en el que todavía estaba activada la llamada.

—Blanca, ¡Blanca! ¿me oyes? —preguntó la otra.

—¿Eres Aurori? —dijo Santamarta.

—Sí, soy yo. Es usted el marido, el policía, ¿verdad?

—Sí.

—Ya le he dicho a Blanca muchas veces cuando coincidimos en la parroquia lo bueno que es conocer a un policía, que nunca se sabe cuándo va a hacerle falta a una. Y, ya ve, ahora, pues hace falta.

—¿Para qué?

—¡Uy, sí, perdón! Es que han entrado en la iglesia.

—¿En la del Carmen?

—Claro, guaje, ¿en cuál va a ser?

—¿No sería el cura?

—Conozco a don Esteban desde que llegó hace treinta años. Y le puedo decir con toda seguridad que no era él. Yo creo que…

—Vamos para allá —dijo el inspector cortando la conversación, justo antes de colgar el teléfono.

Aurori iba a contarle también que acababa de hablar precisamente con don Esteban por teléfono y que le había dicho que se acercaba de inmediato, por lo que el párroco llegaría el primero desde su piso cercano, a escasos doscientos metros de la iglesia. A Aurori le daba un poco de miedo que el cura se enfrentara solo, a su edad, con un posible ladrón, pero se tranquilizó pensando que a un santo no le podía pasar nada y que la Policía iba de camino. Ignorante de lo verdaderamente importante, creía que Santamarta se daría muchísima prisa en llegar por la amistad de su mujer con el cura.

Blanca salió de la cocina y apareció unos segundos después, calzada y lista para salir a la calle con su marido.

—¿A dónde vas? —le preguntó él con un tono entre el desprecio y la sorna, haciendo una pausa en el gesto que había iniciado para ponerse una americana.

—Contigo. Has dicho ‘vamos’ —contestó con sorpresa Blanca.

—No jodas, me jodas. No. Y punto.

Pero, al contrario que en el resto de asuntos, Blanca no retrocedió. Al revés, insistió porque se trataba de su parroquia y de su cura, un hombre por el que sentía la emoción de una hija y que encarnaba todos los valores que ella deseaba en un hombre, más o menos, los contrarios a los que había llegado representar su marido.

—Voy, Julio. Conozco la iglesia, tengo las llaves y conozco a cualquiera que tenga las llaves para entrar. Seguro que hay una explicación lógica y conmigo allí será más fácil entendernos y saber qué pasa.

Santamarta dudó un instante.

—¡Niños! Vuestra madre y yo marchamos. Apañaos con la cena y no deis mucho por culo aunque eso ya va a ser más difícil...

Los dos hijos se asomaron a las puertas de sus cuartos y miraron a su madre, que les devolvió una mirada cómplice de tranquilidad que les dejó aliviados. Después, el inspector mandó un whatsapp a Soto: “A la iglesia”. Por si no había quedado clara la urgencia de la orden, añadió otro mensaje: “Cagando hostias”.

Más o menos a la vez que Santamarta salía con su mujer de su casa, el sacristán estaba metiendo los frasquitos, perfectamente etiquetados con nombres y fechas, en una bolsa. El lugar del que los sacaba había sido un buen escondite hasta ese momento, pero si no los sacaba de allí de inmediato era cuestión de tiempo, y no de mucho, que los policías acabaran por descubrir lo que llevaba tanto tiempo oculto.

—Alberto, ¿qué haces aquí a estas horas? —oyó la voz de don Esteban, que retumbó por toda la nave principal de la iglesia—. Vaya susto nos has dado, tienes a Aurori imaginando yo qué sé qué cosas… ¿Va todo bien?

Le hablaba desde el fondo del pasillo central, porque acababa de entrar por la puerta de la fachada principal, y la voz llegaba con reverberación.

—No me toques los cojones, hombre, si tú siempre entras por la sacristía —murmuró Alberto entre dientes dejando con disimulo la bolsa con los frasquitos en el suelo, tras el altar. Avanzó unos metros y le dijo con un tono de forzada preocupación:

—Don Esteban, ¿qué hace usted aquí a estas horas? ¿Ha pasado algo?

—Me ha llamado Aurori —contestó el cura, sonriendo y llegando ya a su altura—, que ha visto entrar a alguien y ya sabes lo peliculera que es esta mujer… Vamos, que te ha visto entrar pero no te ha reconocido y se ha imaginado vete tú a saber qué… Y me ha llamado.

—¿Ha llamado a alguien más?

—Alberto, hijo, qué preguntas me haces. Pues no, no ha llamado a nadie más. No me asustes, de verdad, ¿pasa algo? Ya sabes que a mí me lo puedes contar.

—No, está todo en orden.

—Vale, me alegro. Me empezabas a preocupar. Bueno, pero dime qué estabas haciendo, a qué has venido tan tarde. Lo habíamos dejado todo preparado para el oficio de mañana. Ya sé que te pones muy nervioso cuando sacamos a la del Carmen, pero va a ir todo bien.

—Sí, todo va a ir bien, es verdad. Nada, una tontería que me acordado al llegar a casa. Ya sabe cómo me obsesiono con el orden.

—Alberto, Alberto… no se puede ser tan perfeccionista. No pasa nada si alguna vez las cosas no salen del todo perfectas. Lo hemos hablado muchas veces. No pasa nada, hombre, de verdad. Me parece un exceso que te hayas venido solo por eso.

—Lo siento, de verdad, me entra el agobio y ya sabe…

El cura echó un vistazo a la zona del altar donde había visto al sacristán al entrar en la iglesia, por ver qué era lo que le había motivado el volver tan tarde hasta allí. Pero no vio nada. Se fijó mejor mientras Alberto no le quitaba ojo y, al fin, don Marcelo se percató de un asa de bolsa de plástico que se podía ver en un lateral de la mesa del altar.

—¿Qué es eso? —preguntó señalando ese lugar.

El sacristán se fue sin decir nada hasta la bolsa y volvió con ella en las manos, impasible. Le mostró su interior al cura porque, al haber descubierto don Esteban la bolsa, se le habían terminaron de aclarar las pocas dudas que le quedaban sobre qué hacer con él. El cura echó un vistazo al interior de la bolsa y, al ver lo que contenían los frasquitos y leer los nombres escritos en un par de etiquetas, su gesto cambió. Durante unos segundos fue incapaz de aceptar lo que eso significaba. Después miró al sacristán, horrorizado.

—Necesito confesión —gritó Alberto.

—¿Qué te pasa? Mantén la calma —contestó don Esteban con un hilo de voz.

—Estoy muy calmado, ¿no lo ve? —le contestó agarrándole las manos con un resto de sonrisa como la que había llenado su cara oliendo la colonia.

El sacerdote se sorprendió al verse con las manos inmovilizadas. Eran las manos del sacristán dos tenazas aferradas a un imposible, a un deseo frío, a otra vida sin culpa, a una redención inalcanzable. Don Esteban trató de dar un paso atrás para zafarse del agarre de esas manos que eran todavía más fuertes y fibrosas de lo que había imaginado, dos manos acostumbradas a manejar la escoba seis horas al día. No lo consiguió y fue consciente de la determinación de Alberto al mirarle a los ojos y comprobar que los tenía clavados en los suyos con la fijeza de una vieja estatua de mármol.

—No te podré confesar si no me sueltas —le advirtió en un tono más alto de lo que en él era habitual y que resonó con un vago eco en el espacio nocturno y desangelado de la iglesia a aquellas horas.

A cualquier extraño que no conociera a los dos hombres pudieran haberle parecido dos amantes con las manos entrelazadas en una cita clandestina, en un lugar tan inapropiado como aquel templo católico cercano al mar en la noche previa a la fiesta de la Virgen del mar.

Alberto soltó al cura sin dejar de sonreír, aflojando un poco la tensión que se le había instalado en la espalda y los hombros.

—En el confesionario —exigió.

—Podemos hacerlo aquí mismo, como hemos hecho otras veces. Estamos solos. Ya sabes que el confesionario me da un poco de claustrofobia.

—Aquí no. En el confesionario.

Don Esteban no tuvo fuerza de voluntad para seguir discutiendo. Ambos se dirigieron hacia el pequeño habitáculo en un lateral de la iglesia que prácticamente nunca se utilizaba. Mientras, el sacristán se crujió los nudillos de las manos y el cura no pudo evitar que ese sonido le provocara un breve y desagradable temblor.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

—Alberto, por Dios, ¿qué has hecho?

—Padre, he sido malooooo… —contestó con un deje cínico.

Don Esteban se quedó en silencio y ese silencio proporcionó un placer obsceno al sacristán, que añadió:

—Sí, don Esteban, es lo que usted está pensando.

El cura sintió una descarga de maldad que le recorrió la espalda como si un rayo le hubiera quemado la médula del espinazo y comprendió ya completamente quién había asesinado a doña Paca y a la madre del juez y a todas las otras. Porque tuvo casi a la vez una revelación de otras mujeres a las que ambos visitaban y que habían fallecido de un día para otro sin tener ninguna enfermedad terminal. Le temblaba el labio inferior y, en la oscuridad del confesionario, se sentía doblemente cegado por la violencia de la revelación que estaba teniendo. Intentó huir pero Alberto le puso la zancadilla.

—Padre, ¿se marcha sin absolverme? —le preguntó manteniendo una sonrisa angelical que resultaba mefistofélica—. Necesito su absolución, don Esteban.

El cura se levantó con dificultad, ayudad por el propio sacristán al que miró todavía más horrorizado. Intentó encontrar algún resto de empatía o de humanidad en sus ojos, pero volvió a ver la mirada fría, opaca y sólida de una estatua. Trató de ganar tiempo:

—Nadie es malo del todo, ni para siempre.

—Eso es verdad, padre. Fíjese, ahí le doy la razón.

—Y has venido a mí y me has pedido confesión. Eso quiere decir algo —continuó mientras notaba que el sacristán le tenía fuertemente agarrado por el codo.

—Por eso, si no me absuelve voy a arder en el Infierno.

—Yo te absuelvo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—Muy bien… ya me siento mejor. Qué bien me siento, don Esteban —le dijo con un tono indisimulado de ironía—. Ahora, ¿quiere que le corte el pelo?

—¿Eh?

—Sí, será mi penitencia. Porque le noto un poco agitado y hasta se ha olvidado de ponerme la penitencia. Yo le corto el pelo a cambio de su confesión. Es justo, ¿no?

—Sí, sí… —contestó el cura, abrazado por el miedo y con dificultades para vocalizar por el temblor en aumento de su labio.

—Vamos a la sacristía, no me parece que este sea un lugar para cortar el pelo.

Con parsimonia y sin soltarle el brazo, Alberto llevó a don Esteban hasta la sacristía y le sentó en el centro de la estancia. El cura nunca había sentido tan de cerca la presencia del Maligno como en aquel momento con el sacristán a su lado. En cuanto lograra salir de allí le denunciaría ante la Policía, eso lo tenía claro, pero sintió una ola de fe creciendo desde sus entrañas y se tomó su situación como una lucha heroica entre la luz y las tinieblas. De tantas veces que había oído cómo le decían que tenía vocación de santo, acabó por creérselo justo en aquel momento. Y de tantas veces que se había dicho a sí mismo que no había nadie malo del todo, ni nadie que no mereciera la salvación, también acabó por creérselo entonces. Se convenció súbitamente de su vocación de santo y de que podría salvar el mínimo chispazo de bondad que tenía que existir en el fondo del alma enferma de su sacristán. Tenía que salvar esa alma y sintió aquella misión como un designio divino, un mandato celestial que formaba parte, sobre eso no albergó ni la más mínima duda, de un plan superior del Altísimo. Aunque el sacristán fuera a acabar en la cárcel, era necesario recuperar para Dios a aquella criatura que había hecho tantas barbaridades. Don Esteban asumió aquella encomienda sagrada como una oportunidad inesperada pero fundamental, también para él mismo, porque si lograba la salvación de Alberto sería a la vez su salvoconducto para acceder él mismo de forma directa al Paraíso de los beneficiados en el Juicio Final.

—Todo irá bien, confía en Dios —le dijo cariñosamente al sacristán, recuperado el temple y dándole unos breves y confiados toques en el hombro, sonriéndole y comprobando con satisfacción que Alberto le seguía sonriendo también.

Alberto cortaba el pelo al cura con movimientos excesivamente afectados, como la coreografía de un baile pasado de moda, mientras don Esteban le observaba dejándose llevar por lo magnético del ritual que desplegaba el sacristán.

Muerto de miedo y asumiendo que soportar ese miedo era un ejercicio de santidad, el cura se acordó de su juventud llena de ansia, de aquella moza que arrinconó en una noche de fiesta de quintos en su pueblo de la Rivera navarra, con mucho calor y mucho vino en el cuerpo, que acabó con las bragas de ella en el suelo mientras decía que no débilmente y él no quería oírla concentrado en sus propios gemidos, mientras una solitaria lágrima se mecía en el borde del párpado del ojo izquierdo de ella, no lo olvidaría jamás, con las embestidas de aquel Esteban joven y fogoso. Fue un escándalo con sordina porque el padre de don Esteban, sargento de la Guardia Civil, pagó un dinero a la familia de la muchacha y quitó a su hijo de en medio, metiéndolo en el seminario. Nació siete meses después un niño muy débil que, para alivio de todos, murió sin haber cumplido las dos semanas de vida. Aguantó lo que le quedaba de curso en el seminario para no desbaratar el teatro y las argumentaciones montadas por su padre en el pueblo que, de tantas veces repetidas, acabó por creer la mitad de la gente.

Esos meses entre aspirantes a cura fueron haciendo una labor de termita en la primitiva y tosca juventud de Esteban, lo que unido a un persistente sentimiento de culpa por ese niño muerto le llevó a tomarse en serio sus estudios para alcanzar el sacerdocio, asumiendo a la perfección el papel de pecador que pasaba de Saulo a Pablo, con su particular caída camino de Damasco. Dejó de ser Esteban y se convirtió en don Esteban y, unos pocos años después, la parroquia del Carmen fue el escenario donde se fue labrando, a base de tiempo y bondad, un legítimo y sincero currículum de santidad. En su interior permaneció siempre, ante su conciencia y ante los ojos omnipotentes de Dios, aquel tachón bochornoso, aquel guisante negro y podrido de aquella moza y aquel niño malogrado.

Pero ahora, superadas la sorpresa y la angustia, si lograba cumplir con su misión de salvar el alma de Alberto de las llamas del Infierno, podría expiar esa parte de su pasado y llegar al Juicio Final, donde no paga nadie por nadie, con un buen expediente. Tenía que salvar el más allá de Alberto a través de un arrepentimiento sincero, garantizando cuando los tribunales celestiales decidirían sobre su caso que su alma cayera en el lado bueno de la Eternidad. Le miró otra vez mientras le cortaba el pelo, con verdadera esperanza de lograr la salvación para ambos.

—No eres malo, Alberto.

—¿No? —preguntó el sacristán, que seguía con la sonrisa y con los gestos exagerados.

—Eres bueno.

—Y voy a ser mejor, ya lo verá.

Alberto retiró del cuello del cura la toalla que, como siempre, había colocado para evitar que los pelos cortados le cayeran sobre los hombros, en la camisa o la chaqueta. Sacudió la toalla para quitarle los pelos que aún conservaba y la empapó bien en un lavabo que había en una esquina de la sacristía, tomándose su tiempo para que ni una sola de las hebras quedara seca. Antes de volverse de nuevo y mirarle de frente, le dijo:

—Padre, guarde ese móvil y no intente mandar ningún mensaje. Es mejor que no me haga enfadar.

Don Esteban se puso tan nervioso al haber sido descubierto cuando trataba de mandar un mensaje de auxilio que se le cayó el teléfono al suelo.

—Deje, deje… yo lo recojo —dijo Alberto, cogiendo el móvil y colocándolo en la repisa de la única ventana que tenía aquella habitación, lejos del alcance de su dueño—. Fíjese si soy bueno —continuó diciéndole cuando se le acercaba y don Esteban le miraba con gesto de espanto, petrificado el intento de sonrisa en su boca— que voy a enviarles a sus ovejitas el pastor que les falta.

En un movimiento que al cura le pareció más rápido que un pestañeo, le echó sobre la cara la toalla empapada, tapándole la boca y la nariz con el tejido húmedo y sus firmes y nervudas manos acostumbradas al palo de la escoba. Don Esteban boqueaba bajo la toalla húmeda ante la falta cada vez más angustiosa de aire y lanzaba manotazos desesperados que Alberto esquivaba con agilidad, colocándose rápidamente a su espalda, lejos de esos intentos torpes de empujarle y golpearle, pero sin aflojar la presión que ejercía, logrando con éxito que la toalla no se despegara lo más mínimo de la boca y la nariz de su víctima. Mientras el cura iba perdiendo vigor en su torpe resistencia, el sacristán repetía una frase, divertido de su propia ocurrencia:

—Ve con tus ovejitas, pastor, ellas te esperan.

En un último segundo de lucidez, don Esteban se convenció de que aquella muerte era su penitencia por la muchacha y el niño perdido, lo que le hizo sentirse en paz y agradecer el espasmo que sintió en el pecho cuando su corazón realizó su último movimiento y se quebró.

Dos goterones de sudor se deslizaban por las sienes de Alberto cuando aflojó la presión de sus manos para retirar después con lentitud la toalla mojada de la cara del cura. La dobló con calma mientras su respiración iba recuperando un ritmo menos acelerado. Miró la cara de ese hombre al que acababa de asesinar y le sorprendió la sonrisa dibujada en su boca, propia más bien de una buena y plácida muerte. Por primera vez desde hacía muchos minutos, fue el sacristán el que dejó de sonreír. Sacudió los pocos pelos que aún permanecían en el cuello y los hombros del cura tras el forcejeo. Después sacó del cuartillo de la limpieza una escoba y un recogedor para barrerlos y dejar inmaculado el suelo.

Recuperó la compostura y volvió a sonreír al echar un vistazo a la sacristía y sentirse de nuevo dueño y señor de la vida de los demás, con control sobre la situación. Con esa enfermiza sensación íntima de bienestar, tumbó a don Esteban en el suelo, manipulando el cadáver con un gran cuidado que, por momentos, rozaba la ternura. A un testigo ajeno al crimen le hubiera podido recordar vagamente una escena de un cuadro de la Piedad, como quien recoge el cuerpo de un cristo crucificado. Lo colocó en posición recta, perfectamente alineado con la geometría que marcaban las baldosas agrietadas por el paso del tiempo y la humedad. Fue recomponiendo cada detalle de la ropa para eliminar las arrugas, secó su cara con papel de cocina que había en la repisa junto al móvil y sacó de su bolsillo un peine con el que fue arreglándole el pelo canoso, recomponiendo la raya izquierda que el cura siempre llevaba.

Le cerró los ojos y cortó un mechón de pelo junto a su oreja derecha, que ató con un hilo que consiguió de un pequeño canastillo de costura, que también se guardaba en el cuartillo de la limpieza. Lo utilizaban para arreglos de urgencia en las casullas que se utilizaban en los oficios religiosos de aquella parroquia. Colocó ese mechón ya atado junto a los mechones de las mujeres y comenzó a sentir el vacío de quien ha completado una obra largamente planificada, cuyo final parecía no querer llegar nunca. Le vino también a la cabeza la pregunta respecto a la presencia de don Esteban a aquellas horas en la iglesia. Pensó en Aurori. Había sido una presencia inesperada que le había servido para poder completar una pulsión de asesinarle que le resultaba ya insoportable, pero, a la vez, alguna pieza no encajaba bien en su puzzle puesto que el cura no había acudido por un motivo que el sacristán hubiera provocado conscientemente y eso le empezó a inquietar. La vecina cotilla era un fleco suelto que no se podía permitir. En cualquier caso, su mente no pudo centrarse demasiado en ese pensamiento porque un ruido reclamó su atención.

Un coche acababa de llegar al pequeño aparcamiento contiguo a la iglesia. Esperó, escuchando con ansia. Lo normal era que algún coche entrara de vez en cuando y se marchara prácticamente de la misma, porque casi nunca había ninguna plaza libre. Pero este no se marchó y oyó cómo se apagaba el motor. El cerebro de Alberto se puso en alerta porque, si no era alguna pareja de amantes que hubiera parado en aquel lugar apartado y mal iluminado para meterse mano u otra cosa, en ese coche vendría alguien que lo había dejado en doble fila de urgencia para ir directamente a la parroquia. Permaneció aun más atento y escuchó una voz de mujer a la que un hombre mandó callar conforme se acercaban. No logró entender con exactitud las palabras que ella había dicho, aunque sí se percató de que ambos fueron muchísimo más sigilosos conforme se acercaban a la puerta de la sacristía, porque no les oyó hablar más y, antes de escuchar la llave introduciéndose en la cerradura, tampoco escuchó sus pasos.

Salió al altar, cogió un candelabro de bronce, volvió y lo colocó encima de la mesa de la sacristía. Miró el cuerpo del cura a sus pies y después la puerta comenzó a abrirse.

'A la espera...' #versadicto #poema



La boca profunda de la noche
con el alba ya clarea,
el espanto se abriga
y se velan las estrellas.

La luz y el tiempo ingobernables
se abrazan y se besan
sobre las ciudades y por los campos:
noches quitan, mañanas siembran.

Los gorriones lanzan su vuelo
a través del cielo pequeño de las aceras,
los amantes huyen con prisa,
las panaderías bostezan.

En este nuevo día menos pensado
lejos suena cerca la guerra
pero me he sobrevivido
y todo vuelve y empieza.

Y aquí estoy, hombre pensativo,
del gremio de los poetas,
mirándome la vida,
atento, verde, a la espera...

15/3/22

Capítulo 20 (Novela 'Julio y las viejas')

Alberto llegó a su casa y se quedó petrificado al ir a abrir la puerta de entrada y comprobar que estaban sin echar las dos cerraduras que siempre dejaba con doble vuelta al marcharse. Entró moviéndose muy lentamente, atento a cualquier ruido que pudiera llegar del interior y que le delatara la presencia de algún intruso. En el recibidor reparó enseguida en la foto con su madre en la peluquería. Maniático del orden de los objetos, notó que una de las esquinas de la foto se apoyaba sobre el mueble dos centímetros más cerca del borde que como él la colocaba.

Un escalofrío recorrió su espalda y se quedó durante dos minutos a la escucha, sin moverse ni un ápice ni cerrar la puerta de entrada. Iban pasando los segundos y lo único que se escuchaba era el ruido amortiguado del niño del piso de arriba, que seguía jugando a la pelota. Su mente se hizo cargo de la situación y, cogiendo las riendas de su voluntad, dejó a un lado la pequeña rebelión de emociones que habían intentado apoderarse de él.

Se movió al fin, despacio al principio, con paso normal conforme fue cogiendo confianza y convenciéndose de que nadie más había en la casa. Cerró la puerta. Quien hubiera entrado era alguien con talento y experiencia para hacerlo sin romper nada. Descartó enseguida la posibilidad de que fuera un ladrón porque un raterillo de poca monta hubiera dejado huellas de su torpeza; y un ladrón de guante tan blanco como para cometer un robo así no se habría tomado la molestia de elegir su casa como objetivo, una casa de un barrendero municipal, soltero y a punto de jubilarse, con una vida anodina sin más entretenimientos conocidos que el de ser uno de los beatos más antiguos de la parroquia de El Carmen, uno de los fieles más fijos de don Esteban.

Alberto comprendió. Hizo un gesto con los hombros, como de torero que se enfrenta a un morlaco en la hora definitiva. Asumió rápido y con frialdad que eso solo podía significar que se acercaba el día que tantas veces había previsto, un día, de alguna manera, temido y deseado, en el que alguien pondría fin a su historia y sus hechos, como si él fuera un condenado a su propio destino. Una vez leyó un texto de Borges que contaba que el Minotauro, en realidad, deseaba que Teseo llegara y le matara, porque con su muerte se liberaba de una vida bestializada.

Alberto, en la entrada de su casa y con un análisis de urgencia en cuanto se recompuso de la sorpresa inicial, lo vio muy claro: quien había entrado no lo había hecho para faltar al séptimo mandamiento, sino para lograr que él acabara en la cárcel. Pero él, eso lo sabía bien, no podía acabar en la cárcel. Se sentó en el sofá de la sala después de cerrar las ventanas que cada mañana dejaba abiertas para que la casa se ventilara en su ausencia. Conforme se le fue pasando la agitación que se había apoderado brevemente de su ánimo, se fue reclinando en el sofá tomando una postura cada vez más relajada que acabó en posición fetal, mientras una sonrisa muy ancha aparecía en su cara apoyada en el tejido oscuro del cojín que había colocado para acomodarse. “Ahora solo queda que os envuelva el regalo y os ponga un lazo bien brillante. Os va a encantar. Ahora sí que nos vamos a divertir”, susurró.

Hecho un ovillo se dejó llevar a un estado de letargo cercano al sueño, como el trance hipnótico en el que parecen sumirse las cobras en los espectáculos para turistas, esos que alguna vez había visto en los documentales de viajes que tanto le gustaban aunque jamás se hubiera dedicado a hacer turismo ni a viajar más que lo imprescindible, obligado por alguna cuestión laboral o cuando murió su madre. Tratando de huir de sí mismo, del Alberto en el que se había convertido, se le abrieron las puertas de la memoria y se dejó llevar por imágenes y acciones de su pasado más lejano, cuando fue un niño en la peluquería de su madre. Era aquella una peluquería de una España que comenzaba a bostezar a finales de los sesenta, en un país levemente consciente de la pesadilla en la que estaba metido, aún más si cabe en aquel pueblo en el que él se acabaría criando, perdido en las faldas del Moncayo, un pueblo de hombres y mujeres cuajados por el viento que venía con alfileres de frío tras bajar de sus cumbres ,para caracolear por entre las calles y las gentes. Se movió un poco en su sofá y estiró la mano, abriendo el cajón superior de una cómoda lacada que había comprado años atrás para completar el mobiliario de esa sala. De ese cajón cogió un bote de desinfectante que usaba para limpiar a conciencia sus utensilios de peluquero y un frasco de colonia barata que utilizaba para perfumar a don Esteban y que le recordaba el olor de la peluquería de su madre. Se echó un poco de colonia en la parte interna de la muñeca, en un gesto más propio para un perfume caro. Ningún monstruo se reconoce cuando se mira al espejo, ni siquiera las ballenas, grandes leviatanes del mar.

Volvió a hacerse un ovillo dejando la colonia y el desinfectante acomodados entre sus brazos Seguía con sus piernas encogidas y se sumió de nuevo en un duermevela, oliéndose la mano, permitiendo que los efluvios de la colonia dispararan desde su pituitaria recuerdos de infancia, restos de una niñez que le alcanzaban desde un tiempo en el que las piezas del mundo encajaban y las miserias solo aparecían en las historias que las clientas contaban, referidas siempre a la realidad externa de la peluquería. Su padre había desaparecido pronto de la casa y para Alberto pasó a ser una figura tan mítica como ausente. Su madre le contó pasado el tiempo que les dejó para irse a trabajar a Alemania y que allí una máquina y su falta de experiencia acabaron por reventarle la vida y el esternón. Aquello provocó que ella tuviera que meter muchas más horas en la peluquería que permitieron redondear la escasa pensión de viuda que le quedó. Y, también, porque al final todo se acababa sabiendo, para encontrarse de vez en cuando con un hombre que acudía a última hora a ese lugar en el que solo se cortaba el pelo a señoras. Llegaba ese hombre y el cartel de la puerta de entrada se giraba, mostrando la palabra ‘cerrado’. “Madre, de joven estabas con don Javier al acabar de trabajar y no tenías prisa por volver pronto a casa y yo con la abuela bien limpita y arreglada, allí esperándote. Después, cuando te hiciste vieja, me buscabas más…”, murmuró de nuevo.

Alberto tuvo que hacerse cargo desde bien niño de su abuela materna, que había quedado impedida por un ictus al que sumó un montón de kilos y un inexpugnable apetito. Conforme fue creciendo, la abuela dio por perdida su propia guerra y cada vez se movía menos y pesaba más, cada vez era más un trozo de carne inmóvil y callado. Su madre iba descargando en él las tareas de cuidado de la abuela, de limpieza de la casa, de las compras y la comida. Acabó por encargarse hasta del baño e higiene de una abuela. Ella se dejaba hacer y le miraba con una media sonrisa que a él le parecía un paso intermedio e imposible entre el llanto desconsolado y el éxtasis de los místicos en presencia de su Dios.

La espiritualidad estuvo también siempre en cada rincón de sus días y hallaba un alivio a lo ácido de su vida en las rutinas litúrgicas de la Iglesia, donde comenzó como monaguillo y acabó como sacristán, tras un fugaz paso por el seminario en el que conoció a un Esteban que todavía no era don y que estaba a punto de ordenarse.

Olía la colonia y se sentía de nuevo sereno y con control, superado el instante fugaz de pánico, limpio como siempre de sus pecados, centrado en su objetivo y libre de temores. Tenía la certeza casi absoluta sobre quién había entrado en su casa, sobre todo después de que los dos policías hubieran detenido al cura el día anterior. Y también sabía que en la casa del sacerdote y en la suya no habían descubierto nada, aunque resultaba evidente que la búsqueda que se había puesto en marcha tras el asesinato de doña Paca estaba llegando a su fin. En su mente, al oler la colonia, saltaban las imágenes de la peluquería como chispazos, pero también del sexo de su abuela mientras lo enjabonaba, aclaraba y secaba, imágenes de la piel blanca con pocos pelos del pubis y los labios mayores de aquella mujer entregada a la inmovilidad y la gula. Creció con plena consciencia de la anatomía del sexo femenino mucho antes que sus compañeros de clase, enfermamente absorbido por la rutina de alimentación y limpieza de su abuela, sin atisbo de rebelión ante su destino, ni siquiera durante la adolescencia, intuyendo que su venganza íntima ante la vida llegaría en el futuro. Algo sobre lo que ahora no tenía ninguna duda.

Dueño de sí mismo, colocó la fotografía en su lugar exacto modificándola dos centímetros, cogió el bolsito con las cosas de cortar el pelo y volvió a salir de su casa, echando de nuevo las dos cerraduras. Con andares de profeta diabólico se dirigió a la parroquia. Caminó por las calles conforme caía la noche y una bruma ligera iba llegando indolente desde el mar. Sintiendo que el espacio físico de la iglesia suponía una especio de impunidad donde acogerse a sagrado, un derecho que ninguna autoridad civil podría violar, entró por la puerta de la sacristía a deshoras con una tarea fija en el pensamiento. Además, empezó a valorar la idea de cambiar de sitio sus frasquitos allí escondidos, porque una vez inspeccionadas la casa del cura y la suya propia, intuyó que para la Policía el tercer lugar en la lista de posibles espacios donde obtener pruebas era la iglesia.

Aurori, fija cada domingo en la misa de una y fija casi todos los días a casi todas las horas en su balcón con vistas, le vio entrar en el templo a aquellas horas extrañas cuando ella salió a tomar un poco el aire después de hacer la cena y mientras esperaba a su Manolo que remoloneaba como muchas noches en el bar. En realidad, desde su atalaya de vigilancia y cotilleo vio entrar en la iglesia a un hombre al que no identificó y, alarmada, llamó al cura y a Blanca, que siempre le había parecido una mujer estupenda y a la que consideraba la auténtica encargaba de sacar adelante aquella parroquia.

8/3/22

Geranios #versadicto #poema


Se me ha puesto en pie la sombra,
amenazadora entre mis días,
pero le he lanzado un rápido gesto de luz
y la he sorprendido un flanco tierno.
Así, como de golpe, ha ocurrido un milagro feliz
un abrazo anchísimo de padre amoroso,
de sábanas limpias.
Cultivo geranios en el gemir agotado
por las profundas gargantas 
de los bueyes de arena,
arando los alargados campos de la desolación.
La vida no tiene adornos
y me revela que soy, que ahora, que estamos.
Sientate un suspiro conmigo,
eso me basta y te bastará;
ayúdame con tu risa a regar mis patios
cuando tarde y voz,
cuando primavera,
cuando tú y también yo.

Capítulo 19 (Novela 'Julio y las viejas')

Pablo Corrientes conducía camino de su cita con Santamarta por la autovía del Cantábrico, dirección oeste, acercándose a esa ciudad del norte de España. El paisaje de montañas, de distintas gamas de verde y de un mar que aparecía y desaparecía jugando al escondite en cada curva se iba sucediendo ante sus ojos a través del parabrisas sin que él le prestara demasiada atención, porque su cabeza no dejaba de darle vueltas al asunto que tendría entre manos el inspector. Le picaba mucho la curiosidad. No era normal que le hubiera llamado con tanta prisa y tanto secretismo.

Lo conocía desde sus tiempos de servicio en el País Vasco, cuando Santamarta había sido un joven inspector digno de admiración, uno de aquellos héroes que se la jugaban en la lucha contra el terrorismo. Corrientes oyó después algunas historias que echaban por tierra la imagen que se había forjado de él y se negó a creerlas, porque aquel hombre con el que había trabajado no hubiera sido capaz jamás de llenarse de barro y dejar que le pillaran con lo de las torturas.

Tenía otro vínculo muy especial con él. Cuando conoció a su mujer sintió un latigazo de atracción pero nunca dio ni un mínimo paso hacia Blanca, por respeto a su compañero y por no meterse en problemas. A su manera, eso provocó que creciera y exagerara la admiración que sentía por Santamarta, puesto que únicamente un tipo admirable era merecedor de tener a su lado a una mujer como Blanca. Los últimos años la vida les había llevado por caminos muy distintos y entre ellos se había abierto una distancia física y emocional muy grande. “Si este mamón me quiere ver con tanta urgencia, debe de haber algo gordo detrás”, pensó mientras conducía.

Al llegar a un aparcamiento donde le había citado el inspector, siempre público y libre para evitar tener que dar la matrícula y así evitar también quedar identificados, sacó del maletero su bolsón de herramientas en previsión de lo que le pudiera pedir Santamarta, convencido de que iban a ser “cositas finas”, como solían comentar con mucha complicidad años atrás. Era necesario hacerlas, pero nunca se hablaba de ellas más que lo estrictamente necesario. El hombre que se encontró en aquel aparcamiento, al que hacía más de cinco años que no veía, le sorprendió por su delgadez y por lo marcado de los huesos de la cara. Nunca había sido de carnes generosas, pero a Corrientes le impresionó lo sobresaliente de sus pómulos que acrecentaban la sensación de unos ojos hundidos. También le impresionó notar con claridad los huesos, tendones y venas bajo la piel de sus manos.

—¡Julito, cabronazo! ¿No te dan de comer caliente? —le dijo mientras se abrazaba a él y le daba sonoras palmadas en la espalda—. Dame un abrazo, dame amor del bueno…

—Estoy consumido de tanto follar.

—Venga, fulero, a otro con esos fantasmas.

Se sonreían y se miraban con la confianza de un par de veteranos que habían compartido bares de mala muerte en aquellas madrugadas de Bilbao, después de alguna operación peligrosa, en alguna barra mugrienta entre putas, confidentes y traficantes. El ‘Chapuzas’ notó que los años habían golpeado los hombros de Santamarta, que tenía un porte menos orgulloso, más derrotado. Y, además, una pizca de súplica en su gesto hacia él, algo impensable en el inspector que él había conocido en su juventud.

Corrientes le preguntó por Blanca y Santamarta le contestó con un protocolario e incomodado “bien”, que dio paso a una explicación resumida y precipitada del caso en el que andaba metido.

—Me tienes que abrir la puerta de esa casa, pero sin dejar huella, ya sabes.

—Venga, va… ¿en serio? ¿Por ahí va el caso, un tío que ha matado a todas esas viejas?

—Pablo, de verdad, ni puta idea. Es mi último cartucho. Por eso te he llamado, joder. Tú me conoces. No te lo pediría si no fuera importante. Si te supone mucho, vete a tomar por culo.

—Venga… Julito, no te me pongas gallo.

—Escucha… esta mañana casi nos comemos un expediente.

—¿Tú y…?

—Mi subinspector.

—¿Y por qué no está aquí?

—Es un primaveras. Creo que lo dejará de ser, pero está todavía muy verde. Y es un cornudo, pero es da igual y es cosa suya, además. Sobre el caso y el favor que te pido… que si esto sale mal, mejor me como yo solo el plato de mierda.

—Vale, vale…

—Ya sabes que no tengo una hoja de servicio muy presentable y a estas alturas me la suda. Pero quiero jubilarme, que ya me queda poco en el cuerpo. Si sigo haciendo el gilipollas con mi subinspector me veo cagándola del todo y haciendo después de cabeza de turco. Me cago en mi padre, si me echan, que sea a lo grande. Además, que lo de las viejas no es una invención. Este Soto, mi subinspector, no es tonto. Sí, joder, sí… ahí fuera hay un cabrón mataviejas y por mis muertos que le voy a pillar. Tú ábreme esa puerta sin dejar huella, que tú lo haces con la punta del capullo, y te piras. Lo demás es tarea mía. Pablo, no me pidas más explicaciones, joder…

—Vamos —respondió lacónicamente el ‘Chapuzas’, dando unos golpecitos en su bolsa de herramientas, dándole a entender así que la conversación había finalizado y que podía contar con su ayuda.

El inspector echó sus cuentas mentales, pensando en el horario de catequesis de Blanca con los niños pequeños, porque sabía que era paralelo al de Alberto, el sacristán, que tenía al grupo de los mayores. Empezaban ambos con los críos a las seis de la tarde, lo que cuadraba perfectamente con la hora a la que llegó a casa del sacristán acompañado del ‘Chapuzas’, con la descarada intención de no respetar la inviolabilidad del domicilio y no respetar tampoco algún que otro derecho fundamental más si fuera necesario.

Subieron en ascensor hasta la séptima planta del bloque, charlando en voz muy baja sobre los viejos tiempos y las madrugadas en tugurios, calles grises y sucias de ambiente canalla, antes de los destellos plateados de un museo de titanio.

Charlaban como dos colegiales, quitándose la palabra continuamente y dándose exagerados golpes en el hombro, el antebrazo y el pecho, repasando las vivencias compartidas, todo aquello que había marcado una juventud gastada en una tierra extraña para ambos, una juventud en la que el miedo les fue enseñando lo que no se incluye en ningún plan de estudios universitario.

Santamarta se dejó llevar durante aquellos minutos de nostalgia y casi se olvidó de lo que había ido a hacer allí y por qué compartía ascensor con Corrientes. El golpe seco que dio el ascensor al llegar al séptimo despertó al inspector de su improvisado y dulce letargo. Le dijo, cortando la conversación:

—Vamos, el peluquerito este de los cojones no acaba lo que está haciendo hasta dentro de cuarenta y cinco. Ábreme y te vas.

—Parece que te sobro, maricona. Tampoco hace falta que salga corriendo, ¿no?

Sacó una tarjeta de crédito y trató de abrir pero había otra cerradura que también estaba echada y que no cedía con facilidad. Corrientes rebuscó en su bolsón y sacó una pesada herramienta del tamaño de un puño, un poderoso imán con un sistema de deslizamiento para regular su efecto magnético. Lo aplicó a la zona de la segunda cerradura y, tras un chasquido sordo que le hizo sonreír, empujó suavemente la puerta con una sonrisa todavía mayor en sus labios, a la vez que giraba la cabeza y miraba a Santamarta con las cejas divertidamente alzadas. Pero el inspector estaba serio, con su brillo en los ojos habitual en los momentos de tensión.

—De verdad, escúchame, que has hecho ya demasiado. Desaparece, anda, si me tengo que llenar de mierda que sea yo solo.

—Estás pesadito con lo de la mierda.

—Vete.

—Que no te voy a pedir que echemos un culín de sidra ahí dentro.

—Serás hijoputa. Venga, arranca. ¡Cago en Dios! Ven aquí y dame un abrazo… venga, marcha.

—Julito, cuídate mucho… y no la líes más de lo necesario.

Se abrazaron con precipitación.

—Cojones, adiós, joder, adiós —insistió el inspector.

—Adiós.

El ‘Chapuzas’ guardó su herramienta en el bolsón y se metió de nuevo en el ascensor mientras Santamarta se ponía unos guantes de látex que le recordaron al primer confinamiento de la pandemia de tres años atrás. Entró en la casa solitaria y cerró la puerta mientras el ascensor ya descendía camino de la planta baja.

Sin saber por qué, el inspector tuvo la intuición de que aquella entrada ilegal en esa casa iba a ser la última acción importante de su vida como policía. Y eso le puso nervioso. No lo pudo evitar y comenzó a temblar como un novato, especialmente al ver una foto del sacristán, una en la que aparecía siendo niño junto a su madre, ambos en la peluquería de ella. La mujer le rodeaba el cuello con el brazo en un gesto que pretendía ser cariñoso pero que acababa resultando llamativo, porque Alberto tenía un semblante poco familiar y una postura demasiada envarada para un niño que posa en una foto junto a su madre. El inspector agarró la foto y la miró con detenimiento. En el fondo de la peluquería, tras ellos dos, una mujer estaba sentada con uno de esos aparatosos secadores de pelo en la cabeza y, tras ella, en la pared había un cartel en el que se podía leer: ‘Salón Alberta. Peluquería de señoras. Experta en permanente.’. Colocó de nuevo la fotografía en su lugar, tratando de controlar el temblor de sus manos, y avanzó hacia la sala enfadado consigo mismo, sintiéndose un torpe aspirante a policía en lugar del inspector veterano que era. Un ruido en el piso de arriba provocado por un niño que jugaba a la pelota le hizo dar un salto involuntario y sacó su arma. La guardó enseguida, avergonzado de su propia reacción. Sudaba mucho, angustiado y, a la vez, todavía más enfadado consigo mismo por ese ataque de angustia sin motivo e impropio de un hombre con su experiencia. Quiso tomarse un coñac para calmar los nervios, quiso meterse un gramo para acelerarse y agitarse por un motivo lógico y quiso echarle un polvo rápido y sucio a Susi para no pensar en nada. Quiso hacerlo todo y a la vez. Respiró profundo y siguió recorriendo la casa con sumo cuidado pese al descontrol de sus manos. No encontraba nada de lo esperado y la sensación de ahogo y de callejón sin salida iba en aumento. Recorrida toda la casa por completo, revisado cada cajón y cada rincón, y consumida media hora en esa tarea, se paró en medio de la sala de pie, descompuesto, con ganas de volver a sacar la pistola y liarse a tiros con el mobiliario.

—¡Me cago en mi puta vida! —dijo en un grito rabioso y contenido, vislumbrando un sonoro fracaso en este caso, que podría haber sido lo último decente en su hoja de servicios.

Dio otra vuelta a la casa, buscó y rebuscó, y lo único destacable que halló fue un bolsito con una tijera, un peine y algún otro utensilio de peluquero que no supo identificar. Eso era lo que su mujer ya le había explicado que Alberto tenía y que usaba para cortarle el pelo al cura.

Se marchó con un ademán violento que le llevó a golpear el sofá, levantando un polvo que se hizo muy visible al contraluz de los rayos del sol de la tarde que entraban por el ventanal.

Se fue al bar de Lola y whatsappeó a Soto para que se acercara. El subinspector se levantó de su mesa de trabajo, como un zombi, después de haber pasado allí todo el día revisando documentación y planteándose extravagantes hipótesis para nuevas líneas de investigación.

En la barra, uno con su Coca-Cola y el otro con su coñac, a Lola le parecían dos náufragos silenciosos.

Soto pensaba por primera vez en su vida en hablar con un abogado para ir organizando su divorcio y Santamarta, también por primera vez en su vida, pensó en los papeles que tendría que rellenar para pedir una prejubilación.

6/3/22

Capítulo 18 (Novela 'Julio y las viejas')

—Sí, comisario. Sí…, sí, ahora mismo estamos ahí. Voy ya con Santamarta, sí, vamos ya. Estamos ahí, sin tardar, sí señor.

Soto colgó el teléfono y miró a Santamarta, al que había ido a buscar a su casa con la intención de llegar lo antes posible a comisaría, donde Ventura le había dicho que le esperaba a primera hora. Y ahora le había vuelto a llamar para meterle más prisa.

Después de lo del beso a Marín, se echaba a temblar solo con pensar en ella, con pensar en encontrársela o tener que mantener una conversación. Soto temió que ella le fuera a denunciar por acoso y con la llamada del inspector se imaginó que ya lo había hecho y que le iban a caer encima todo tipo de calamidades que pondrían fin a su vida profesional, primero, y personal, después. “Como si no fuera ya todo una mierda, ahora esto”, pensó.

Soto había llamado a primera hora a Santamarta para avisarle de que pasaba a recogerle y el inspector había escuchado toda su explicación sin interrumpirle, aunque al final solo le contestó:

—Primaveras… me la sudan las prisas del comisario. A mí Ventura me la suda octavo Dan. Pero me viene bien que me hagas de taxista, que no tengo el cuerpo para jaranas.

Soto había salido de casa con mucha prisa y dejando a una soñolienta Sara aún en la cama. Ni ella ni él hicieron el más mínimo intento de retomar la conversación interrumpida unas horas antes, antes de quedar ambos dormidos, uno en la sala y la otra en su cuarto. Así que, sin desayunar, el subinspector llamaba diez minutos después al portero automático de Santamarta, que le contestó cagándose en todos sus muertos porque el timbrazo le había agudizado el dolor de cabeza que ya tenía desde temprano por la mañana. También le avisó de que bajaría cuando le saliera del arco del triunfo.

—Es la comisaria, que nos está esperando —le dijo cuando Santamarta ya había bajado y después de contestar la llamada del comisario.

—Que ya sé lo que nos va a decir, Soto, y que ya te he dicho que me la sudan sus prisas.

Montaron en el coche de Soto y recorrieron los dos kilómetros que separaban la casa de Santamarta de la comisaría, por unas calles que tenían la actividad habitual de un día como aquel, aunque los dos policías no prestaran ninguna atención al exterior, enredados cada uno en su laberinto y sus bestias particulares. El subinspector repasaba mentalmente los datos y las teorías que había aplicado en la investigación, que le llevaban, una y otra vez, a un callejón sin salida en el que un cura bondadoso no podía ser un asesino en serie por mucho que todo lo que había aprendido de investigación criminal le condujera a esa conclusión. El disfraz de asesino en serie resultaba grotesco e increíble en un hombre como don Esteban, y Soto se iba rindiendo a esa evidencia que, de rebote, le situaba ante el precipicio de no saber por dónde continuar investigando. La única alternativa que se le presentaba era reiniciar las reflexiones y plantear otras hipótesis posibles retomando la argumentación desde el asesinato de doña Francisca.

Santamarta, por su parte, pensó en intentar otra vez hablar con el ‘Chapuzas’, pero no quería bajo ningún concepto que el subinspector se enterara, así que se dedicó a darle vueltas a cómo iba a hacer a escondidas lo que sabía que era necesario hacer. Necesario y poco legal, aunque eso tampoco le importara demasiado.

Después de recibir varias miradas preocupadas de Marín, Trujillo y algunos compañeros más, entraron al despacho del comisario como quien va al paredón, cabizbajo Soto, algo desafiante Santamarta.

—¿De qué va esto, Julio? —preguntó Ventura directamente en cuanto ambos estuvieron sentados frente a él, en su despacho, dirigiéndose solo al inspector.

—Es lo que hay, comisario. Para qué nos vamos a andar con hostias. La hemos cagado.

Soto asistía a la conversación como un espectador de una velada de boxeo en silla de ring, seguro de que el sudor y la sangre acabarían por salpicarle.

—La habéis cagado con ansia. Lo que tuve que oír ayer del juez… Y la culpa es mía, por dejaros ir a por el cura. En qué puto momento me tragué toda esa mierda de teoría sobre el círculo de los cojones. Supongo que habréis visto los titulares de El Comercio y de La Voz.

—La prensa es mala para la salud —dijo Santamarta.

—¡Me cago en todo lo más barrido… encima no te cachondees! —gritó Marín, soltando varias bolitas de saliva que trazaron parábolas de varias trayectorias hacia la mesa del despacho y hacia el suelo.

—Yo le garantizo que… —empezó a decir Soto.

—Tú me garantizas un expediente que estoy a punto de abriros por tener la poca vergüenza de mandarme al cura donde el juez, cuando los dos sabíais que no teníais una puta mierda contra él.

En esta ocasión el comisario habló con un tono tan frío que bajó un par de grados la sensación térmica en la piel de Soto y Santamarta.

El inspector negaba con la cabeza, pensando en que su subordinado tenía el don de la inoportunidad y no sabía estarse callado cuando lo prudente era no abrir la boca hasta que no acabara un chorreo como el que les estaba cayendo. Hubo un silencio que sabía a noche pasada a la intemperie, que finalmente rompió Ventura con una última frase lacónica y pretenciosamente motivadora, de la que el inspector se hubiera reído abiertamente si las cirunstancias hubieran sido otras:

—Sois policías, comportaos como lo que sois.

Santamarta se levantó con rapidez de la silla y agarró del brazo a un Soto sorprendido que también se puso en pie y le siguió fuera del despacho. Iba el inspector cavilando en cómo deshacerse de la compañía de Soto durante todo el día y fue este el que se lo puso en bandeja:

—Necesito revisar el expediente del caso. Tiene que haber algo que se nos haya escapado… que se me haya escapado. Tiene que haber algo que se me haya pasado por alto.

—Lo que necesites. Yo voy a airearme un poco, a ver si se me aclaran las ideas.

Al subinspector le sorprendió la respuesta de Santamarta y creyó que estaba más afectado por todo lo ocurrido de lo que quería demostrar. También creyó que, de nuevo, el único avance posible en el caso dependía de su esfuerzo, inteligencia y talento investigador, eso sí, talento con un prestigio íntimo algo maltrecho tras el fiasco de don Esteban. Se sintió de nuevo como el último mohicano, el héroe definitivo ante la adversidad en la oscura tripa de la ballena. Y se puso a releer la documentación una vez sentado ya en su mesa, donde pasó un buen cesto de horas hasta que el hambre le recordó, cerca de las dos de la tarde, que llevaba desde el día anterior sin comer. Sara ya no le whatsappeaba, hacía días que había disminuido notablemente el volumen de sus mensajes, justo después del accidente con la moto del telepizzero. Pero Soto trataba de no pensar demasiado en barcos hundidos ni leviatanes marinos.

Santamarta salió de la comisaría y llamó de nuevo al contacto memorizado como ‘Chapuzas’, que le cogió al cuarto tono:

—¿Qué pasa, mamonazo? Siempre a sus órdenes, je, je, jeeee…

—Nada, guaje, ya sabes, lo de siempre, deteniendo a los malos —contestó el inspector.

—Ya… ¿Cómo te va?

—Pues, mira, jodido, por eso te llamo. ¿Por dónde andas?

—Por Galicia.

—Galicia…

—Sí, ¿qué pasa?

—Es que necesitaría que te pasaras por aquí.

—Julito, ¿tan grave es?

—Ya sabes que no te llamaría si no lo fuera.

—Joder, me empiezas a asustar. Venga, mira, me voy para allí. Tengo aquí un rollo de un ruso que creo que puedo dejar cerrado en unas horas. Pero antes de hacer nada me lo vas a explicar todo bien, muy bien… que no tenemos edad para hacer el gilipollas con según qué cosas.

—Sí.

—Acabo con lo de aquí para la una. Me planto allí sobre las cuatro y te llamo.

—Hecho. Gracias.

—Joder, qué serio te pones. Me la vas a comer de canto y lo sabes.

—Dos veces si hace falta.

—Ese es mi Julito —dijo con una gran carcajada—. Venga, voy a darle candela a este tema para poder salir lo antes posible.

El inspector pidió un taxi y se fue cerca de su casa, para coger el coche y poder moverse libremente cuando Pablo Corrientes, el ‘Chapuzas’, llegara después de comer.

3/3/22

Capítulo 17 (Novela 'Julio y las viejas')

—¿Cómo está don Esteban? ¿Qué ha pasado? ¿Ha ido todo bien? —preguntó Blanca a su marido cuando le vio aparecer por la puerta.

—¿Y por qué cojones tendría que ir algo mal? —le contestó un Santamarta muy agitado.

Antes de ir a casa, harto de la vida y de sí mismo, harto de estar harto, había estado a punto de ponerle cualquier excusa a su mujer y marcharse a pasar la noche follando con Susi, la que hubiera sido su primera noche con ella. Le apeteció como nunca, con un sentimiento enfermizo, mezcla de sexo y de niño desvalido, follársela y después quedarse abrazado a ella, como si entre sus brazos pudiera encontrar una protección al mundo agresivo y afilado que le rondaba hasta en sueños.

Las manos le temblaban imaginando las consecuencias que iba a tener el registro y la detención fallida del cura. Finalmente decidió ir a su casa, no por respeto a su mujer o por un último principio de fidelidad, sino por temor a que Susi se imaginara que lo suyo iba en serio y se enamorase de él más de la cuenta. Dentro de sus más profundos pensamientos, como un ratoncito ciego, algo débil y desesperado deseaba que todo se acabara cuanto antes, poner fin al sufrimiento y la rabia.

La detención del cura había trastocado todos los horarios y rutinas previstas en la parroquia y Blanca pasó la tarde echa un manojo de nervios, impotente ante lo que estaba ocurriendo, especialmente afectada porque la iniciativa hubiera partido de su marido. Le miró, llena de curiosidad y temor por la situación de don Esteban. Arriesgándose a su furia, sacando valor de no sabía muy bien dónde, le insistió:

—¿Qué ha pasado, Julio? Dicen que le habéis soltado. ¿Ha hecho algo malo?

—Pues estás bien enterada. El curita no es tan bueno como parece.

—Pero, ¿qué ha hecho? Por Dios, ese hombre no puede haber hecho nada malo.

—No sé, Blanca, dímelo tú. Que parece que le conoces muy bien. A ver… ¿qué me dices de tu curita?

A Blanca le fallaron las fuerzas cuando Santamarta se le acercó a escasos centímetros y la miró con media sonrisa forzada, pupilas dilatadas y un tic en una ceja. Rompió ella a llorar y, entre sollozos, solo logró responder:

—No sé, Julio, de verdad… no sé. Esta mañana… esta mañana creo que don Esteban había quedado con el sacristán para que le cortara el pelo y justo antes de que marchara le habéis detenido. Es todo lo que sé. Ya no le hemos visto más en todo el día por la parroquia, hasta que hace un rato nos ha mandado un mensaje diciéndonos que estaba bien y en casa…

El inspector se movió ligeramente y soltó un potente y sonoro golpe en la puerta del zapatero que tenían en el pasillo, provocando un meneo en todos los zapatos, botas y zapatillas de su interior, zarandeadas por el manotazo como la carga mal estibada de un barco en plena marejada. Blanca no pudo evitar un respingo. El hijo abrió la puerta de su cuarto con la intención de acudir en ayuda de su madre, pero Santamarta le fulminó con la mirada y el chaval se paró en seco y se echó después hacia atrás con miedo apresurado, cerrando de nuevo la puerta.

Blanca se fue llorando a la cocina y Santamarta se quedó unos segundos mirándose la palma de la mano, sorprendido de su propia violencia, sintiéndose un extraño en su propia vida, como si su mano fuera una extraña con voluntad propia. La poca luz que le quedaba en lo profundo de sus entrañas dio un destello que iluminó por un instante las tinieblas de alcohol y cocaína en las que habitaba. Fue un chispazo inesperado, una herencia debilitada pero suficiente de sus añorados viejos tiempos de buen policía, unas palabras de quebradiza esperanza entre la niebla y la humedad, un resto de bondad e inteligencia en un hombre embrutecido. Se dirigió más calmado a la cocina, respiró tres veces profundamente y, con la mayor ternura que logró reunir en sus dedos, se acercó de nuevo a su mujer y le levantó suavemente la cabeza cogiéndole de la barbilla. Entre lágrimas, Blanca le miró sin entender qué más quería de ella y con la convicción cada vez más cierta de que iba a llegar al fin el día temido en que acabara por golpearla. Y que ese día podría ser ya, entonces.

Sin embargo, Santamarta, conmovido por el rostro quebrado de su mujer y por el descubrimiento que creía haber hecho respecto del caso, le preguntó:

—Blanca, por favor, repíteme a dónde iba a ir el cura esta mañana.

—¿Qué?

—El cura, es importante, cariño. Dime… a dónde me has dicho que iba esta mañana.

—Julio, que él no ha hecho nada, créeme, es un buen hombre.

El inspector quitó la mano de la barbilla de su mujer y se retiró un paso, tratando de controlar la nueva ola de ira que se le estaba acumulando en la parte alta del pecho. Desesperado por obtener cuanto antes la confirmación de su mujer, sin que eso le obligara a entrar en discusiones morales sobre el cura, insistió sin elevar la voz pero con un tono que sonaba a ladrido y amenaza:

—¿A dónde iba a ir?

Blanca dejó de llorar, se secó con torpeza las lágrimas y contestó como una cierva herida:

—A cortarse el pelo donde Alberto.

—El sacristán.

—Sí… Le corta siempre él el pelo en su casa.

—¿En su casa?

—Sí, la madre de Alberto fue peluquera y él aprendió el oficio de crío, me parece…

Santamarta no preguntó nada más. Se dio media vuelta y salió de la cocina, dejando a su mujer con un extraño sentimiento de culpa por si había perjudicado al cura y, a la vez, con una creciente curiosidad por saber qué importancia tenía dónde se cortara el pelo don Esteban y en qué acabaría todo aquello. No entendía nada y ni siquiera sabía si había algo que entender en aquella locura.

Santamarta se dirigió a la sala pasando por las puertas de los cuartos de sus hijos, que seguían cerradas después del amago que había hecho su hijo Mario de pararle los pies. De nuevo temblando de miedo pero de nuevo llena de culpa y curiosidad por el futuro de don Esteban, Blanca le siguió y se arriesgó por segunda vez a hablarle después de que él hubiera dado por terminada la conversación.

Se le había dibujado al inspector una sonrisa tan exagerada que parecía la obra de un artesano en una tosca escultura de madera. Cuando ella vio esa sonrisa no pudo evitar un escalofrío y la frase que estaba diciendo se le murió congelada en la boca:

—Julio, yo quería preguntarte qué le va a pasar a…

Él la miró un instante, fijando sus ojos en un lugar indefinido de su frente, de modo que a Blanca le dio la impresión de que estaba siendo atravesada por un hiriente hilo de sinrazón que partía del cerebro quebrado de su marido. El miedo la bloqueó por completo y quedó petrificada.

El inspector cabalgaba sobre su sonrisa de estatua etrusca y movía afirmativamente la cabeza.

—A tu curita no le pasará nada —dijo al fin, enseñando la doble fila de sus dientes.

Oír de su marido que don Esteban estaba fuera de sospecha, sobre todo que lo dijera en un momento en el que todo era delirante, la ayudó a tranquilizarse y la permitió moverse, alcanzando de nuevo el espacio más seguro de la cocina. Mientras, el inspector miraba el televisor apagado, con la misma sonrisa, susurrando varias veces:

—El Círculo...

Unos minutos después cerró los ojos con fuerza y se dijo: “Pablito, te necesito”. Sacó el móvil del bolsillo, buscó un contacto que tenía archivado como ‘Chapuzas’ y llamó, sin que respondiera nadie al otro lado de la línea.

—Pablito, cojones, que te necesito —dijo después, perdida ya la sonrisa canina que había engalanado hasta entonces su boca.

Dejó el móvil sobre la mesita de la sala y se quedó ensimismado con la pantalla apagada del televisor. Media hora después se quedó dormido en el sofá, para alivio de una Blanca que ya estaba en la cama sin poder pegar ojo.

Soto había llegado a casa sorprendido de sí mismo, sintiendo que su cuerpo era una marioneta manejada por algún diosecillo juguetón y libidinoso. Estaba fascinado por haber besado a Marín y, sobre todo, fascinado consigo mismo porque, más allá de las consecuencias que eso pudiera tener, se sintiera embriagaba por el recuerdo de esos labios voluptuosos de una inspectora de Policía en contacto con los suyos. Y así llegó a casa, con una razonable erección que perdió vigor por la culpa que le invadió al ver a su mujer. Algo dentro de sí le gritó con rabia que no debía sentirse culpable de nada, que ella llevaba desde Dios sabía cuándo bajándose las bragas con el telepizzero. “Hartita de salami, eso seguro”, se dijo el subinspector al dejar las llaves y la cartera en una bandejita de un mueble bajo situado junto a la puerta. En la breve lucha entre el Soto que estaba naciendo con los últimos acontecimientos y el hombre recto y formal que había sido toda su vida, ganó un asalto por última vez el Daniel de los viejos tiempos. Presa de unos absurdos remordimientos se dispuso a contarle a Sara lo del beso con Marín y que sabía que le estaba siendo infiel con un chaval que repartía pizzas a domicilio. Pensó que esa tarde, esa hora y ese lugar eran tan buenos como cualesquiera otros para desatar una tercera Guerra Mundial íntima en su matrimonio, una guerra total que diluyera su vida, permitiendo que acabara escurrida por un desagüe de larguísima tristeza.

Le costó arrancar. Notó la boca exageradamente seca y tartamudeó al decirle que tenían que hablar. Le costó sobre todo cuando ella reaccionó a esa frase echando los hombros atrás y adoptando una postura de vertical rigidez. Le costó tanto que no pudo seguir. Como un alambre de espinos, la ansiedad se le agarró a la tráquea y no fue capaz de decir una palabra más, ni de dejar de temblar durante cinco minutos, los cinco minutos que Sara se dedicó a abrazarle y taparle con una manta hasta que logró que se calmara y, finalmente, se durmiera, también en el sofá, como su superior. Aunque por motivos muy distintos a los de Blanca, también la mujer de Soto sintió un alivio pasajero al ver que su marido se había dormido y whatsappeó a un contacto que tenía apuntado como ‘Ginecólogo’, aunque el propietario de ese número supiera poco de medicina pero sí de inspecciones genitales. “Nene, dame una semana de silencio. Ya te contaré”, le escribió con una buena dosis de emoticonos de corazón. Después borró el historial de whatsapp de ese número.

22/2/22

Capítulo 16 (Novela 'Julio y las viejas')

En una reunión a las siete de la mañana organizaron la operación de registro de la casa del cura con mucho de precipitación, descuidando algunos detalles con la seguridad de que era imposible que alguien tan conocido y que acumulaba tantos años sobre sus huesos y sus pasos pudiera siquiera pensar en escaparse. En esa reunión previa con el equipo, Santamarta se dirigió a los agentes de la Científica y les dio una orden corta y certera:

—Buscamos pelos. Sueltos o en mechones. Cortos, de vieja. Pelos de vieja. —Y ante la cara de sorpresa de alguno, añadió—: Pelos de la cabeza, de la cabeza…

Nadie entendía nada, nadie era capaz de explicarse por qué iban a por el cura. Pero la figura del juez exigiendo atrapar al asesino de su madre pesaba demasiado en el ánimo de todos como para que ninguno pidiera más explicaciones de las mínimamente necesarias.

Cinco minutos antes de las once de la mañana Soto y Santamarta, después de haberse asegurado de que todo el papeleo estaba en orden, se presentaron en la iglesia del Carmen, acompañados por un coche patrulla con dos agentes uniformados, que se dirigieron a la entrada trasera del edificio para cubrir un más que improbable intento de fuga del cura. Don Esteban estaba sentado en uno de los bancos cercanos al altar, con la mirada perdida en dirección a la imagen de la Virgen, rezando. Precisamente bajo esa imagen a la que parecía mirar el cura estaba Blanca, barriendo con parsimonia. Ella fue la primera en ver a su marido y a Soto, que habían entrado por la puerta principal y avanzaban por el pasillo después de haber localizado de un primer vistazo al cura. La mujer quedó un poco sorprendida por esa visita inesperada y unos segundos después reaccionó y se acercó a ellos, alcanzándoles unos metros antes de que llegaran a la altura de don Esteban, convencida de que su marido venía a buscarla o a decirle alguna cosa a ella. Iba tamblando, sobre todo al ver la cara tan seria que traía el inspector.

—Julio, ¿va todo bien? —le dijo en voz baja.

—Sí, Blanca, tranquila, venimos a hablar con él.

—¿Con don Esteban?

—No te metas. Esto es importante, así que déjanos trabajar y estate tranquila.

Santamarta agarró a su mujer de la muñeca y la obligó a echarse a un lado mientras él y Soto terminaron de llegar a la altura del cura, que ya se había vuelto a observar qué ocurría, intrigado al ver a Blanca dirigirse a la zona central del pasillo y oír después la conversación a su espalda.

—Eres el marido de Blanca, ¿no? —le preguntó.

—Sí, pero ahora soy solo un inspector de Policía. Don Esteban, está usted detenido como presunto autor del asesinato con agravante de agresión sexual de Francisca Gómez Burredo —le dijo mientras le entregaba la orden de detención firmada por el juez Esquide.

Sonó un golpe seco. Era la escoba que Blanca tenía en su mano y que, de la impresión, había dejado caer. El cura no lograba decir nada, incapaz de comprender qué estaba ocurriendo. Durante unos segundos se hizo el silencio. Los policías mirando al cura, que no acertaba a comprender ni a responder cosa alguna, mientras Blanca dejó de temblar y notó un escalofrío muy desagradable en la espalda.

—Pero, pero… Julio, ¿qué dices? —se atrevió a preguntar ella al fin.

El inspector, visiblemente incómodo y molesto con la presencia de su mujer, le contestó, agarrando a don Esteban por el codo para sacarlo de allí:

—Blanca, no te metas que esto no va contigo.

Y ella se quedó allí observando cómo se lo llevaban por el pasillo central de la iglesia, con una sensación de irrealidad y una bola de desesperación creciéndole en la parte más baja de sus intestinos, porque encima de sus ovarios de mujer acobardada se encendió una pequeña chispa de rebelión. Sus hijos y aquello eran la última frontera. Sus dos hijos, aquella iglesia, don Esteban y los ratos que con él y con el sacristán pasaba eran lo poco que le quedaba limpio y bueno en una vida contaminada por un marido cada vez más violento, cada vez más maltratador. Y que Santamarta se hubiera presentado allí y hubiera detenido al cura suponía para Blanca perder lo único que le quedaba más allá de sus hijos, perder lo único que era suyo, el último resquicio de una vida que mereciera la pena. Porque sabía que Laura y Mario iban a volar pronto de una casa convertida en un infierno, incapaces de continuar junto a un diablo maltratador cada vez más insoportable. Y ella se quedaría a solas con su miedo y ese diablo maltratador. Con esta detención en la iglesia, Santamarta había contaminado la última estancia pura de su alma, había orinado sobre su iglesia y su don Esteban. Su marido, sin él saberlo, le había terminado por quitar todo con esa detención. Y eso es peligroso, es muy peligroso dejar a una persona sin nada que perder porque ya le da igual qué hacer o decir, porque con cualquier reacción, por muy absurda que sea, lo único que puede hacer es ganar y la más mínima ganancia es un tesoro cuando se ha perdido todo. Blanca se agachó y recogió la escoba, agarrándola con tanta fuerza que la piel de los nudillos se quedó blanca por la tensión que impedía el riego habitual de sangre en la capa exterior de la piel. Quiso tragar saliva pero tenía la boca seca, quiso pensar pero solo le invadía un asco oceánico por su marido, quiso ser pero solo sentía. No era cuerpo, ni pensamiento, ni alma. Solo la esencia del sentir, de la rabia y, a la vez, de una derrota insondable.

Santamarta y Soto avisaron a la patrulla que vigilaba la entrada trasera y se dirigieron a la casa del cura, donde ya les esperaban los de la Científica y la secretaria judicial, acta de entrada y registro en mano, dispuesta a tomar nota de todas las pruebas que allí se recogieran.

Don Esteban entró en su propia casa muy silencioso, impresionado como un niño que no comprende las cosas que le dicen los mayores pero que obedece por miedo a que su comportamiento pueda llegar a empeorar la situación. No entendía por qué aquel nutrido grupo de agentes se dedicaban a buscar algo, tampoco sabía el qué, pero comprobaba alucinado cómo lo hacían a conciencia, en cada rincón, en cada habitación y en cada cajón. De abajo a arriba, de izquierda a derecha, siempre en el mismo orden.

Al final se atrevió y preguntó varias veces, muy bajito, qué era lo que buscaban, pero nadie quiso contestarle. Los agentes realizaban su tarea con una sombra de vergüenza, sin casi hablar, y el único ruido que se escuchó en la casa durante la mayoría del tiempo fue el de los cajones que se abrían y cerraban, el de los objetos que se movían y el de los policías yendo y viniendo. Nadie hablaba y la pregunta de Don Esteban se deshizo después de caer al suelo en medio de todos sin que nadie la recogiera.

El cura decidió colocarse en una esquina para no molestar, íntimamente convencido de que aquello solo podía ser una enorme equivocación que más pronto que tarde quedaría aclarada. Además, recuperada un poco la compostura, pensó que sería bueno que aquello terminara cuanto antes, porque aunque a la cita para cortarse el pelo ya no le iba a dar tiempo a llegar, quizá sí a oficiar el funeral de la madre del juez Esquide: “Pobre mujer, justo la visité anteayer, parece mentira”, pensó sin dejar de observar el ajetreo que había montado en su casa.

Mirando a los policías también se dio cuenta de que el silencio entre ellos fue dando paso poco a poco a susurros y conversaciones en voz baja. Y hasta le pareció que la mayoría miraban de reojo a Santamarta y al que estaba junto a él, el que había estado también presente en su detención en la iglesia. A estos dos a los que el resto miraban, al menos eso le pareció a don Esteban, se iban encontrando cada vez más incómodos con la situación. Y al cura, eran muchos años de tratar con gente y no solía equivocarse con estas apreciaciones, casi le daban lástima, tan quietos y tan tensos después de haber irrumpido veinte minutos antes con espíritu avasallador y aires casi marciales.

Empezó a atar cabos y concluyó que el marido de Blanca y el otro serían los responsables de la gran equivocación que era el hecho de que estuvieran allí con ese registro, lo que le despertó cierta tierna piedad por ellos, de modo que sacó su rosario y empezó a rezar para que ese error no lo pagaran demasiado caro.

Mientras pasaba las cuentas entre sus dedos al ritmo que marcaban sus rezos, el equipo desplegado continuó su labor con el mismo resultado que habían logrado hasta entonces, ninguno. Nada fuera de lo normal, ni siquiera ningún objeto mínimamente incómodo de la intimidad del cura. Aquello era buscar alguna prueba para incriminar a un santo, un ejercicio policial que casi avergonzaba a quienes lo estaban realizando, como si Dios les mirara desde las alturas omnipotentes y lamentara aquella afrenta contra uno de sus más fieles y bondadosos servidores. Las frases susurradas se fueron repitiendo, haciéndose cada vez menos susurros y más conversación en voz alta hasta que uno de la Científica, con la cabeza afeitada y brillante como una bola de billar y cuerpo cincelado en el gimnasio, se fue a Santamarta y se atrevió a decirle lo que todos tenían ya muy claro.

—Nada, inspector, aquí no hay nada.

—Me cago en mi puta vida —contestó Santamarta mirando fijamente a un Soto que tenía la vista clavada en el suelo.

El subinspector sintió un pequeño vuelco del corazón porque en ese suelo al que había bajado la mirada, vencido por la vergüenza y la impotencia, había visto un pelo, justo en el borde de una de las baldosas de la cocina. Se agachó a recogerlo sacando una bolsita de plástico transparente de las que se usan para guardar las pruebas. En el breve tiempo que duró su gesto de agacharse y sacar la bolsita fantaseó con la posibilidad de que el caso se resolviera gracias a un pelo en el suelo de la cocina en el que se había fijado cuando ya pensaba que estaba todo perdido.

Cogió el pelo con delicadeza ante la inquisidora mirada de Santamarta y el compañero calvo de la Científica. Entornó los ojos para observar bien lo que tenía entre los dedos enguantados y toda su fantasía se rompió como un vaso de cristal que se deja caer, porque lo que parecía un pelo era una hebra de lana, de lana de la chaqueta que en ese preciso momento llevaba puesta don Esteban.

—Es lana de la chaqueta —le dijo al inspector, haciéndole un gesto con la cabeza que señalaba al cura.

—Con esto nos hacemos un llavero —le comentó con ironía y en voz baja uno de los agentes al de la Científica que había dicho a Santamarta que allí no encontrarían nada, mientras terminaban de guardar el material desplegado para la recogida de pruebas.

Santamarta se acercó a la secretaria judicial y se escuchó en toda la habitación explicarle, en unas palabras que daban la sensación de tener eco, que era suficiente, que daba por finalizado el registro y que aquello se acababa allí. La orden llegó rápidamente a todo el equipo.

—Soto, cerramos el tema. Ya hemos hecho bastante el tonto. Venga, plegando… que es gerundio —le dijo Santamarta.

—Y ahora, ¿qué? —se le escapó al subinspector.

Santamarta le miró encendido de ira. Y le contestó:

—Ahora, primaveras, vas a saber lo que es comerte un plato de mierda hasta arriba. Mierda calentita y humeante. Y yo, contigo.

Todos firmaron el documento de entrada y registro que había ido rellenando la secretaria judicial. Ninguna de las pruebas que habían conseguido merecía ese nombre, porque en realidad salían de allí como quien se ha dedicado a pegar golpes en la oscuridad y ha acabado reventándose los puños contra una pared.

Preso de la desesperación, Santamarta fio todo a la toma de declaración al cura, al que de nuevo agarró por el codo y llevó a comisaría. Don Esteban cada vez sentía más lástima por el marido de Blanca. Le miraba con disimulo y sabía que debería temerle porque en cierta medida ahora estaba a su merced, pero solo lograba compadecer a este hombre. Cada vez lo intuía con mayor claridad, solo era un hombre que demostraba tanta agresividad porque parecía haber dejado el amor de su vida a la intemperie, más allá de una muralla orgullo, era en el fondo un hombre que estaba solo y no se atrevía a admitirlo.

El cura pensó un momento en Blanca y le entró una tristeza gris al imaginarla cuando su marido llegara aquella noche a casa, aunque también se dijo que para eso son los matrimonios, para estar a las duras y a las maduras.

Salió Soto del portal tras Santamarta y el cura, todavía más cabizbajo, observando como lo haría un naturalista las raíces salpicadas de verdín de un arbusto solitario en medio de un parterre. Le pesaba el mundo más que nunca, como si al levantar la cabeza le fuera a caer encima, desgajada de un cielo cargado de nubes, una buena porción de ángeles caídos, vestidos de derrota. El subinspector boqueaba porque un nudo de ansiedad se le había acomodado en la garganta y el aire que por ella pasaba comenzaba a tener anhelos sólidos.

Santamarta metió a don Esteban en el coche y volvió a donde Soto, al que dio un empujón para que entrara también en el coche. Después se montó él y condujo hasta la comisaría como si llevara piloto automático.

Hicieron todo el papeleo como quien arrastra grilletes camino de cumplir una condena a galeras y al fin se vieron en la sala de interrogatorios con don Esteban, el más sereno de los tres pese a que acabara de ser detenido por el asesinato de una feligresa a la que había profesado un gran cariño.

Se fueron directos a la toma de declaración para tratar de sacarle algo, después de que le tomaran las huellas y rellenaran la documentación protocolaria para cualquier detenido, pero evitándole el paso por el calabozo de comisaría. Ninguno de los dos lo quiso decir en voz alta, pero aquello era una ofensa añadida que no querían echar encima del cura. No se dijeron eso en voz alta y mucho menos se dijeron lo que ambos empezaban a tener demasiado claro, que este hombre no era culpable de ningún asesinato. Y tampoco se dijeron, claro, que eso suponía que toda esa operación impulsada por los dos era un monumental error.

El interrogatorio fue un desastre, porque intentaron una escenificación de película cutre, de poli malo y poli bueno, que resultó absurda desde el principio, casi cómica si no fuera porque la figura del cura, su mirada tranquila y sus gestos bondadosos les hacía ácidamente presente la creciente certeza de que habían metido la pata. Terminaron el interrogatorio por inercia profesional, mirándose los dos policías como dos náufragos desde dos islas cercanas pero perdidas en medio de un océano oxidado.

—Don Esteban, Esteban, Estebancito, Estebanete… tú mataste a doña Paca —acabó por decir a la desesperada Santamarta.

—No sabe lo que está diciendo —le contestó el cura con un hilo de voz, negando a la vez con la cabeza.

—Será mejor que nos lo cuente y acabamos lo antes posible con todo esto —añadió Soto con una dramatización excesiva en los movimientos de sus manos.

—Si supieran ustedes lo que lloré al enterarme de la muerte de esa mujer, comprenderían que se están equivocando.

—Tenemos su ADN en la escena del crimen —insistió el subinspector.

—Claro, por supuesto. Tenía mucha relación con esa mujer. Procuraba visitarla al menos una vez a la semana. Por Dios, cómo se les ocurre pensar que yo pudiera hacerle daño. Bajo ningún concepto, bajo ningún concepto…

Los dos policías se miraron, sabiendo que se habían rendido pero incapaces de reconocérselo abiertamente. Soto dio un paso atrás, sin darse cuenta, en un gesto inconsciente de abandono de la lucha. Santamarta permanecía en el mismo lugar, sin cambiar de posición, de pie con las dos manos apoyadas sobre la mesa, pero con la zona de las patillas y de la nuca empapada en sudor. Le aguantó la mirada desafiante y el cura no añadió nada más.

El subinspector acabó por salir al pasillo y Santamarta, que sintió aquello como una flaqueza, salió detrás.

—Me cago en tu padre, Soto. Un poco más, que ya lo tenemos.

—No lo tenemos, inspector. No lo tenemos. Esto no funciona. Este tío es un santo o el asesino más cínico que se pueda imaginar. Y yo creo que es lo primero. Vamos a parar esta locura.

—¡Por los cojones! ¿Me oyes? Vamos a parar esto por los cojones. Tú me has metido en esto con tus mierdas de teorías y tus mapitas. Ahora vamos a ir hasta el final. Vaya que sí… y si hay que comer mierda, nos vamos a hartar de mierda. Pero hasta el final, ¿me oíste?

El subinspector sintió que aquello era un castigo por alguna falta que había cometido en el pasado, algún karma bien negro, alguna falta gravísima que no era capaz de concretar pero que era muy real en su pensamiento y que le llevaba a aceptar con relativa resignación el descalabro vital que se le estaba viniendo encima. Santamarta estaba fuera de sí, con la falsa valentía que da el principio de locura.

Completaron el papeleo como dos sonámbulos, incapaces de evitar un destino que no era más que el fruto de sus propias equivocaciones y, metiendo en una carpeta el acta de entrada y registro, pruebas de ADN, peritajes de la Científica, orden de detención y algún que otro documento más, sacaron al cura de la habitación de interrogatorios y se fueron con él a los juzgados, ante la mirada triste y sorprendida del resto de compañeros que a esa hora estaban en la comisaría.

—Y ahora se pone a rezar —dijo en voz baja Santamarta, hablándose a sí mismo en el coche camino de los juzgados al oír el bisbiseo de don Esteban.

Dejaron al cura en los juzgados como si les quemara, convencidos de que se estaban jugando mucho más que el caso y volvieron directos al bar de Lola. Siguiendo el protocolo habitual, don Esteban, aquí sí, acabó en la celda de los detenidos que esperan a pasar ante el juez, sin todo aquello que ya le habían quitado en comisaría y que Soto y Santamarta habían entregado en una bolsa de efectos del detenido. El cura era la encarnación del patetismo, un hombre que iba sin cordones en los zapatos, sin cinturón y con el pantalón bailándole con exageración en la cintura, sin reloj ni anillo y, lo que más echaba en falta, sin el rosario para sus rezos.

Soto, sentado en la barra del bar de Lola, miraba absorto el ralentizado movimiento de los hielos de su Coca Cola Zero. Santamarta se fue al cuarto de baño a meterse una raya de la que solo le aprovechó la mitad porque el resto, presa de los nervios y de un casi imperceptible principio de Parkinson, se le cayó al wáter, elevando a dimensiones estratosféricas su mala leche de serie. Al salir se fue hacia Soto y, acercándosele mucho a la oreja, le dijo arrastrando cada sílaba:

—Me cago en tu puta madre en bicicleta.

Soto levantó con lentitud la cabeza y le sostuvo la mirada, desafiante, aunque a Lola, testigo fascinada de la escena, le pareciera que se estaban mirando a una distancia de millones de kilómetros.

—Por lo menos he investigado algo —le contestó con rabia indisimulada.

Santamarta iba a explotar en una bronca que marcara e impusiera sus galones de veterano pero, en el segundo que tardó en reaccionar, su subordinado ya se había levantado del asiento, le había dado la espalda y se encaminaba hacia la puerta de salida. Soto se marchó rápido, casi corriendo, no por miedo a lo que se le venía encima con el inspector, sino por miedo a lo que estaba a punto de decirle. Porque a la frase que sí dijo, la referida a que él sí había investigado, hubiera añadido: “No como tú, farlopero de mierda, putero, violento de mierda”.

Salió del bar casi a la carrera camino del coche, aliviado de que esas palabras no hubieran sido dichas y se cruzó con Marín en la acera. Ebrio de fracaso, como un acto reflejo, sin comprender por qué hacía lo que hacía pero consciente de que se jugaba de nuevo su carrera profesional, se avalanzó sobre la inspectora y la besó el tiempo que ella tardó en recomponerse de la sorpresa y darle un empujón que lo derribó.

—¿Estás gilipollas? ¡Otra como esta y te saco todos los dientes del hostión que te meto!

Soto se levantó, sintió que le envolvía una densa niebla de locura y salió corriendo a grandes zancadas hacia su coche. Montó y salió quemando rueda del aparcamiento de la comisaría, rumbo a ningún sitio, que es a donde van los que no saben a dónde van.

Marín observó la huida y, cuando al fin desapareció el coche de su vista al doblar una calle, pese a la rabia que sentía por el beso robado, no pudo evitar una leve sonrisa coqueta de conquistadora. Furiosa de ira, pero sonriendo.

Dentro del bar, Lola logró calmar a un Santamarta que había estado a punto de ir, pistola en mano, a explicarle a Soto algún detalle sobre el debido respeto a un superior. La dueña del bar tuvo que salir de la barra y ponerse delante de él, como una barrera de buen juicio, y sujetarle suavemente la muñeca en la que ya tenía el arma, hasta que consiguió que la volviera a guardar. Por fortuna no había nadie más en el bar y para cuando Marín entró, la pistola había vuelto a su funda y Santamarta se camisaba con impostada calma, gesto que había vuelto a sus rutinas en las últimas semanas y que había sido muy habitual en sus momentos de máxima tensión de lucha contra ETA, tantos años atrás.

—¿Cómo estás? —le preguntó la inspectora.

—Vete a tomar un poco por culo, Marín.

—Pero… ¿qué os pasa a vosotros dos hoy? Te vas tú a tomar por culo, payaso. Te vas a tomar un mucho por culo. Y luego vienes y me lo cuentas

El inspector miró a Lola, que le devolvió una mirada en la que le recomendaba sosiego y eso le hizo sosegarse, a su manera.

—Vete a tomar por culo y que te guste —le dijo a Marín antes de salir él también del bar, como unos minutos antes lo había hecho Soto, camino también de ningún sitio.

La tarde se puso en blanco y negro y el cielo pareció perder altura sobre esta ciudad del norte de España en la que dos policías se sentían incapaces de atrapar a un asesino de viejas.

A esas alturas del día, don Esteban pasó al despacho del juez Esquide. Un juez que solo lograba pensar que la muerte de su madre le había nublado definitivamente el entendimiento y que por eso no lograba comprender nada, especialmente no lograba comprender nada del despropósito de diligencias que le habían facilitado los dos policías tras detener al cura y tramitar su paso a disposición judicial. El juez se frotaba las sienes, la frente o el entrecejo, leía y releía la documentación y sentía que se iba apoderando de él una nada y una tristeza muy grandes, como dos depósitos comunicados por un envenenado vaso comunicante.

Con el cura ante sí, desarmado por las últimas coces que le había pegado la vida en las tripas del alma, el juez se vio incapaz de iniciar un interrogatorio al uso.

—¿De qué va esto, don Esteban?

—Juan, no entiendo nada —le contestó el cura acercándose a él con los brazos abiertos.

Ambos se fundieron en un abrazo cerrado y el juez rompió a llorar como un niño, repitiendo todo el rato lo mucho que quería a su madre. Cuando recuperó un poco el control de su desborde de emociones le despidió con el enorme cariño que le tenía y gestionó su puesta inmediata en libertad sin cargos. Después se sentó en su silla, cogió aire, contó hasta diez mentalmente y ordenó a su secretaria que llamara a Santamarta y Soto para que acudieran a su despacho.

Era la hora de cenar cuando los dos, llegando cada uno desde su parcela de infierno particular, coincidieron en la puerta de los juzgados, se saludaron con un pequeño movimiento de cabeza y entraron a la vez.

—¿Saben quién se está descojonando ahora mismo? —les preguntó el juez Esquide como inicio de conversación cuando estuvieron ya en su despacho.

—No, señoría —respondió Soto, porque Santamarta permaneció callado, con los músculos de la mandíbula muy marcados por la presión que estaba haciendo al apretar con fuerza la boca.

—El asesino de Francisca y de mi madre. Se está descojonando de que hayan encargado este caso a dos patanes a los que no se les ha ocurrido otra cosa que detener a un cura. Un cura… al que habría que rebuscar mucho para encontrarle una falta.

Soto no contestó nada y miró un abrecartas que tenía Esquide sobre su mesa y se le ocurrió que hubiera sido una pieza clave si aquello fuera una novela de Agatha Christie. Se sorprendió a sí mismo con este pensamiento, puesto que parecía no importarle demasiado la bronca tan descomunal que le estaba cayendo por parte del juez, como si le diera igual una bronca más que nada añadía en realidad a la vergüenza que él sentía en su fuero interno por el enorme fracaso de su hipótesis investigadora.

Santamarta tampoco reaccionaba pese a que el juez les tildara de pareja de inútiles que, por no tener, ni siquiera tenían buenas intenciones.

Era de noche cuando salieron de los juzgados y el inspector vio que tenía tres llamadas perdidas del comisario. “Mi ración de mierda está cubierta por hoy”, se dijo antes de montarse en el coche sin despedirse de Soto y marchar a su casa. El subinspector recibió entonces también una llamada del comisario y Soto sí respondió porque todavía iba camino de su coche, que había aparcado más lejos.

—Salimos ahora de los juzgados —se justificó—, de hablar con el juez.

—Mañana a primera hora en mi despacho, a las nueve. Los dos, le hago responsable de que Santamarta esté también.

Iba a contestar, pero el comisario había colgado. Estaba ya cerca del coche y lo miró unos segundos con detenimiento. Se le ocurrió que le gustaría tener uno nuevo, más potente, con mejor carrocería. Pero quizá no era buena idea meterse en gastos cuando el suelo de la vida se le estaba llenando de baches y aceite y todo el mundo sabe lo que derrapan las vidas llenas de baches y aceite.

19/2/22

Capítulo 15 (Novela 'Julio y las viejas')

Soto notó una náusea incontrolable, una vergüenza de tal intensidad que se cuestionó si después de aquello no sería mejor dejar el cuerpo de Policía. Miraba al inspector y quería pedirle perdón pero no se atrevía porque no estaban solos, sino en la casa de don Esteban, con muchos armarios abiertos y mucho desorden. Se cagó en Canter y en todos sus muertos, en la vecina que les dijo que el cura solía visitar a la anciana asesinada, en todos los que le habían contado que el cura visitaba también a las otras viejas asesinadas, se cagó en el ADN de los mocos de los pañuelos de papel y en sus estudios de Criminología, especialmente se cagó en el master y en el director de su tesina. Porque aquello era un error de dimensiones siderales. De esos errores que acaban con la carrera de alguien con intención de llegar a inspector de policía.

Miró al cura, un hombre que mantenía su gesto bondadoso pero que también demostraba sentirse estupefacto ante lo que estaba ocurriendo, porque su casa se había llenado de agentes de policía y se la habían revuelto por completo en busca de no sabía muy bien qué. A Soto le entraron ganas de pedirle perdón a don Esteban, unas ganas parecidas de las que tenía de pedirle perdón a Santamarta. En realidad, resumiendo, lo que tenía era ganas de pedirle perdón al mundo entero, hasta a sí mismo. Pero no hizo nada, ni dijo nada, era absurdo y hubiera sido ridículo pedirle perdón a un sospechoso de varios asesinatos por mucho que en el registro de su vivienda no apareciera ninguna prueba nueva.

Soto miraba con ansia cómo entraban y salían los de la científica. Los miraba y su inquietud iba en aumento porque que todos llevaban cara de circunstancias; en ese piso no había nada que justificara mínimamente aquel dispositivo desplegado por la orden de registro de un juez forzado por las circunstancias tras una muerte muy cercana y dolorosa. El traje del subinspector parecía aumentar de talla mientras él se iba encogiendo, como si un carrete de acero hubiera tirado ganchos a los extremos de su cuerpo y ahora los fuera recogiendo, plegándole lenta y crudamente, reduciendo su tamaño.

Junto a él, Santamarta tenía el rictus tenso y, salvo por un mínimo movimiento del pecho al respirar, parecía una estatua de cera, una copia de sí mismo insensible y sin vida.

Habían discutido mucho los dos hacía una semana y media, cuando Santamarta tomó al fin la decisión de seguir adelante y a Soto le entró una prisa enorme por conseguir la orden de registro. Porque el inspector decidió que no era aún el momento de hacer ningún registro y no le sacó de ese convencimiento ninguna de las razones ni los gritos que le dio Soto, un Soto nuevo, más agresivo, que sorprendió a Santamarta elevándole la voz y discutiéndole sus órdenes. El inspector casi disfrutó de aquellas broncas porque, en su comprensión del mundo y del cuerpo, aquello demostraba que Soto le estaba empezando a echar testosterona y que no iba a ser al fin un caso perdido ni un primaveras de por vida.

En una de las discusiones, ante una frase llena de veneno que le soltó Soto, el inspector tuvo que contenerse para no felicitarle por la mala baba que llevaban esas palabras, aunque en la práctica lo que hizo fue precisamente lo contrario, enzarzarse con él en una bronca a voz en grito y subir la apuesta de los ataques cada vez más personales. Estuvo a punto de decirle que sabía que la mala hostia que estaba empezando a gastar era por lo que tenía en casa con la guarra de su mujer y que eso, en el fondo, le estaba viniendo bien para hacerse un policía de verdad, con un par, como tiene que ser.

Soto andaba desesperado, es cierto, por lo que tenía en casa, pero también porque una intuición cada vez más enfermiza le avisaba de que ese retraso para solicitar al juez el registro, tal y como le ordenaba Santamarta, iba a resultar un tiempo perdido inútilmente en el que el asesino volvería a actuar. Y eso le consumía y le iba aumentado la angustia vital que sentía respecto a su futuro inmediato, un futuro en el que la única noticia decente que esperaba era precisamente atrapar a este mataviejas.

Santamarta, perro viejo, tenía sus razones que finalmente fue explicando al subinspector, porque era necesario esperar una semana a que el juez de guardia fuera propicio. El juez de esa semana, Edmundo López de Aguileta, era un tipo melifluo encantado de tener un apellido compuesto, del que decían que era del Opus, un hombre al que le costaba sonreír, que contaba las semanas para su jubilación y que evitaba sistemáticamente cualquier decisión comprometida. Con él hubiera sido muy probable una negativa a la petición de una orden de registro de la casa de un cura, o hubiera redactado una orden de mala gana que hubiera supuesto un mete-saca del sospechoso, un auténtico escándalo tratándose de don Esteban.

—Soto, no te me pongas tan gallo ahora, guaje, y escucha un poco. Que a este curilla tenemos que trincarle bien. Que le conozco, que es el de la parroquia donde anda todo el día metida Blanca. Y se le quiere mucho. Que tú lo sabes, que nos lo ha dicho todo el mundo. Como no le pillemos bien, tú y yo nos metemos en un lío de tres pares de cojones.

Y Soto transigió, no le quedaba otra. Porque sabía que Santamarta tenía toda la razón aunque él tuviera las tripas del alma en revolución y necesitara que terminase aquel tiempo de descuento y ocurriera lo que tenía que ocurrir.

Cuando entró el siguiente juez, un hijo de un guardia de asalto republicano, de indisimulada tendencia socialista, se fueron a hablar con él. Y le contaron en su despacho todo lo que tenían sobre don Esteban: el círculo de Canter, el ADN de la casa de la última asesinada y las declaraciones de los testigos que habían visto al cura ir a casa de todas esas mujeres. El juez, Juan Esquide, un hombre de ojillos pequeños y muy juntos, de inteligencia tan notable como su barriga, miraba de hito en hito a los dos hombres que tenía ante él sin poder evitar la sensación de que estaba siendo víctima de una broma pesada.

—¿Esto va en serio? —alcanzó a decir al final.

Soto, que había estado dando los detalles más técnicos de la investigación, fue a responderle pero Santamarta se le adelantó haciéndole un gesto con la mano para que no añadiera nada más y dijo:

—Sí, señoría.

—Que don Esteban, el cura de la parroquia del Carmen, al que adoran en el barrio… ¿es un asesino en serie?

—Sí, señoría, eso sospechamos —remarcó Santamarta, tratando de mantenerse firme en su tono sin resultar agresivo, ante un juez que iba cambiando de gesto mientras manoseaba nerviosamente su pluma estilográfica preferida, el único objeto que poseía de su padre fusilado cuando los franquistas entraron en Málaga.

—Un asesino en serie don Esteban… El cura que suele visitar a mi madre de vez en cuando. Un señor que es todo generosidad y que lleva toda la vida siendo un ejemplo de bondad. ¿Ese cura? ¿Ese don Esteban es el que dicen que es un asesino en serie?

Santamarta y Soto se quedaron petrificados y durante unos segundos solo se escuchaba entre aquellos tres hombres la respiración agitada del juez, que añadió:

—Miren, señores. Dejen de hacer el gilipollas y encuentren al asesino de esa mujer. Para empezar, cierren la puerta por fuera después de salir. Ale, adiós.

Los dos policías dejaron el despacho sin mediar palabra, como si tuvieran un cuchillo de ceniza atravesando sus lenguas. Soto llevaba una mirada de animalillo abandonado que desayuna cada día una bandeja de golpes. Por inercia acabaron media hora después, en solidaria autocompasión, en el bar de Lola, lamiéndose las heridas sin abandonar el silencio que se había apoderado de ambos, salvo para pedir un coñac y una Coca-cola, cada uno sumido en su propia tormenta interior. Así llevaban veinte minutos de estatua que empezaban a preocupar a Lola cuando la inspectora Marín entró de forma acelerada en el bar.

—¿Para qué tenéis el móvil? —les dijo.

Ambos salieron de su letargo y sacaron maquinalmente sus teléfonos del bolsillo.

—Hemos estado en los juzgados y le habíamos quitado el sonido —se justificó Soto.

—¡Da igual! —cortó Marín—. Rápido, el comisario quiere veros. Han encontrado muerta a la madre del juez Esquide. Se la han encontrado como a Francisca.

La realidad perdió su sustancia cotidiana y los dos policías se sintieron protagonistas de una historia rara, en la que alguien les movía los hilos como si fueran marionetas. Alguien estaba matando mujeres y ellos solo tenían un buen listado de dudas. Cuarenta y cinco minutos después estaban en casa de la mujer asesinada y Santamarta vio que casi todo en aquel escenario del crimen le recordaba a lo que habían visto unas semanas antes cuando acudieron a investigar el asesinato de doña Paca. La misma posición recta del cuerpo colocado en medio de la cama, las mantas y las sábanas sin una sola arruga, simétricamente colocadas a ambos lados de la mujer que tenía las manos sobre el pecho y una expresión de serenidad en un rostro sin una sola muestra de violencia.

Soto se acercó a la cara de la asesinada y miró con atención su pelo. Comprobó que estaba peinada con esmero y que le faltaba un mechón de pelo cerca de la oreja derecha. Levantó la cabeza y buscó con la mirada a un Santamarta que le observaba desde los pies de la cama. El subinspector asintió a su superior, la madre del juez se había convertido en una más en el casillero de este tipo al que no acababan de atrapar, una más entre las muertas y una menos entre las vivas, un sentirse un poco peor como policías y lamentar los ratos de torpeza en los que la investigación había quedado bloqueada.

Las lesiones que presentaba en la vulva, monte de venus y ano, explicitados en el informe de la autopsia, confirmarían después la convicción que ambos policías tenían de que había sido una nueva víctima de agresión sexual. Otra asesinada y violada.

Aquel día extraño y deprimente condujo a Soto y Santamarta de nuevo a los juzgados, otra vez al despacho del juez de Guardia donde volvieron a encontrarse con Esquide, un hombre afectadísimo por la muerte de su madre que, sin embargo, con esforzada calma quería tomar una última decisión. Aguantaba el tipo antes de entregarse al terremoto de duelo y rabia que le comenzaba a subir por las piernas, provocándole un todavía ligero pero incontrolable temblor de rodillas.

—Lamentamos mucho lo ocurrido con…

—¡Señores! —interrumpió con ímpetu el juez el inicio de las condolencias que trataba de presentarle Soto—. Pillen al hijo de puta que ha hecho esto. Vayan a por don Esteban o a por quien cojones haya sido. Pero le quiero delante de mí. Ahí tienen la orden de entrada y registro. Píllenle bien, no quiero ni un puto error.

En su última frase hubo un atisbo de llanto que corrigió con orgullo y que acabó en un carraspeo grave y a destiempo. Los dos agentes le observaban absortos, impactados por el desparrame emocional que se estaba apoderando del juez.

—¡¿A qué esperan?! —gritó.

Los dos dieron un respingo. Soto cogió la documentación y salió de la habitación siguiendo los pasos de un Santamarta que ya estaba fuera, esperándole en el pasillo.

—No digas una palabra, Soto —le advirtió el inspector cuando los dos se alejaban del despacho por el pasillo del juzgado—, ni una palabra. Ese cabrón se ha calzado a la madre del juez, con dos cojones. Ya verás mañana qué titular más bonito vamos a tener en El Alerta. La madre de un juez como víctima y un cura de sospechoso. Y no cualquier cura. Estamos jodidos, Soto, me cago en mi padre, pase lo que pase estamos jodidos. El comisario se va a poner de los nervios y nos van a crujir vivos. Vamos a por el cura porque no tenemos más, pero nos van a crujir, vaya que sí, prepárate para lo peor.

Siguieron caminando sin cruzar una sola palabra más. Sus figuras resultaban una extravagancia recorriendo aquel pasillo mal iluminado y con aire preñado del polvo que llegan a aportar los miles de folios que, como el alimento de una bestia que juzga, absuelve y condena, se acumulaban en las distintas estancias de aquel edificio.

Que la última víctima hubiera sido la madre del juez Esquide engrasó la maquinaria de la investigación y el comisario les dio absoluta carta blanca, de modo que no hubo ni un solo problema ni mucho menos retrasos para montar la operación y acudir a registrar la casa del cura. La única que se atrevió a abrir la boca fue la inspectora Marín, que levantó levemente las cejas al enterarse y preguntó retóricamente:

—¿En serio vamos a por el cura?

Ni Soto ni Santamarta respondieron, entre otras cosas porque no tenían respuesta y porque aquello se había convertido en una perfecta e imprevisible huida hacia adelante.