miércoles, 26 de enero de 2022

Pero sonrío... #poema #versadicto

 

El conocimiento más lúcido
llega después de los después
apurando los sorbos últimos
en los anchos vasos de la tristeza.

Te tragas y te traga la vida
como un golpe de mundo
que te seca y corta la garganta,
que aquieta, envejece y asesina

En los cercanos ecos
de nuestras pasos solitarios
suena la canción del espanto
con su coro de bestias.

El día parece un reino extraño,
un camino al destierro,
una trampa repetida
que me colma los ojos de noche.

Pero sonrío como un perro fiel 
y me acompaño tranquilo,
le pido a la montaña y al cielo que me canten
y bailo paisajes que saben a pan nuevo.

Me rindo y lo venzo todo.

lunes, 24 de enero de 2022

Capítulo 6 (Novela 'Julio y las viejas')

Los chavales de la catequesis se estaban pegando un atracón de patatas al jamón, bizcocho de chocolate, Kas naranja y gominolas. Las clases de preparación para la primera comunión tenían más de merendolas que de estudiar la Biblia o repasar la vida de Jesús. En aquellas dependencias de la parroquia, normalmente silenciosas, surgía un griterío de chiquillos y fiesta cuando la mujer de Santamarta aparecía con los dulces y bebidas que anticipaban que ese día, otra vez, el asunto iba a ser más de cachondeo que de estudiar. El cura, Esteban, le echaba de vez en cuando cariñosamente la bronca a esta mujer que cada vez tenía más ojeras y menos sonrisa.

—Blanca, que algo tendrán que aprovechar los chavales el rato de catequesis, vamos, digo yo.

—Esteban, mírales, ¿no ves qué felices? Que relacionen venir a la Iglesia con pasar un buen rato y ya verás cómo mañana sacamos de aquí unos buenos creyentes.

Alberto, el sacristán, que siempre se ponía del lado de ella, más por hacer rabiar al cura que por otra cosa, solía añadir:

—No seas amargado, Esteban, que ella sabe muy bien lo que hace.

Y el cura acababa encogiéndose siempre de hombros, dejándoles a ellos entre sonrisas cómplices y encantados de observar a los chiquillos, entregados al jolgorio, las voces y las carcajadas. Alguna vez tuvo sospechas de que entre su catequista y su sacristán pudiera surgir algo, por las buenas migas que hacían juntos y la confianza que se desarrolló entre ambos desde la primera vez que ella apareció por la parroquia, recién llegada de Irún, dispuesta a colaborar en lo que hiciera falta. Pero el cura tampoco estaba muy convencido de que Alberto fuera capaz de nada parecido porque no le había conocido novia nunca y, siendo sincero, en ninguna ocasión le había pillado en esos comentarios sobre las carnes prietas de alguna mujer que eran tan comunes en la mayoría de los hombres.

No, no pensaba que hubiera surgido ni pudiera surgir nada entre los dos y, además, en el fondo le daba cierta ternura ver sus confidencias e intimidades que eran más propias de hermanos que de un hombre y una mujer que se miraran con deseo. Por no hablar del bien que le hacía a Blanca, pensaba el cura, tener un amigo como Alberto, que le hiciera olvidarse por un rato los sinsabores de la vida con su marido. El sacristán era una persona de pronto irascible y lengua venenosa, amanerado, un enemigo peligroso cuando la conversación se pudre y que, sin embargo, derrochaba bondad en su trato con la mujer de Santamarta.

El lunes después de ese viernes en el que Soto pensara que había resuelto el caso culpando a Santamarta, el propio inspector se presentó en la catequesis a buscar a su mujer para sorpresa general. La comisaría había sufrido un apagón a media tarde por una avería en un distribuidor eléctrico que fue reparada en pocos minutos, pero que dejó fuera de juego el sistema informático hasta el día siguiente. Soto y Santamarta decidieron marcharse, el primero porque sin Internet ni acceso a los archivos policiales se sentía como un eunuco en un burdel, lleno de ideas y propuestas que no pueden materializarse ni investigarse; y el inspector, porque le sirvió de excusa perfecta para dar por terminada una jornada en la que la investigación no había avanzado nada y que le estaba resultando soberanamente aburrida, sin contar con que la compañía del subinspector le iba pareciendo más cargante conforme avanzaba la tarde.

Santamarta pilló la fiesta de la catequesis en pleno apogeo y a Blanca en alegre cercanía y abiertas confidencias con Alberto. Al verles así, se le revolvió el estómago con una aguda punzada de celos y se les quedó mirando con amenazante quietud.

Al darse cuenta de su presencia, su mujer cambió el gesto de la cara porque la sonrisa que tenía se le congeló en un rictus desagradable. Fue ver a su marido y ponerse rígida, apenas unas décimas de segundo, como si una descarga eléctrica hubiera recorrido su cuerpo de los pies a la cabeza.

—Julio, ¿pasa algo? —le preguntó con un hilo de voz.

—Nada, mujer, que hoy he salido antes y he venido a buscarte. Así llegas antes a casa. No me iba a poner yo a hacer la cena.

—¿No tienes manos? —le dijo Alberto, metiéndose en la conversación.

—Monaguillo, manos tengo y suelo preparar ensalada de hostias. Cuando quieras, te doy a probar, gratis, es mi plato estrella.

—¡Uy, chico, cómo te pones! —contestó el sacristán.

Blanca, visiblemente nerviosa, intermedió:

—Julio, dame un minuto que cojo el abrigo y nos vamos. Alberto, ocúpate de los chavales, por favor.

—Tranquila, reina —le dijo con cierta ironía dirigida al inspector—. Lo que tú me digas, son órdenes.

Ella cogió apresuradamente el abrigo, se despidió de los chiquillos, que no le hicieron demasiado caso, y se acercó complaciente y sumisa a su marido, quien miraba a Alberto desafiante porque el sacristán también le sostenía la mirada casi sin pestañear, como dos gallos en un teatro cuajado de testosterona y sobreactuación.

—Julio —le dijo ella con toda la dulzura que fue capaz—, ¿nos vamos?

Montaron el inspector y su mujer silenciosos en el coche y fueron hacia su casa, recorriendo en veinte minutos el trayecto que la separaba de los locales de la parroquia de San Bartolomé, aproximadamente la mitad del casco urbano de esta ciudad del norte de España. Santamarta rompió el silencio y comenzó a hablar en un tono muy bajo pero creciente, repitiendo un comportamiento que a su mujer ya se le venía haciendo dolorosa y temerosamente familiar desde hacía tiempo. Una bruma densa avanzaba desde el mar y sumía las calles en una atmósfera algo irreal.

—Blanca… ya sabes que yo no soy celoso, pero esas confianzas con el capullín del bosque ese, pues… como que no. Me entiendes, ¿verdad? Porque, ¿cómo cojones quieres que me comporte yo, como marido, al verte así? ¡Hostia puta, Blanca! Me cago en mi vida, no juegues conmigo así. Que le ha salvado que soy policía y no me puedo meter en más líos. ¡Cago en Dios y cago en todo!

Acompañó esta última frase escatológica con varios sonoros golpes con la mano abierta en el salpicadero del coche que, pese a preverlos, hicieron que ella pegara dos respingos de forma inconsciente. Blanca le hubiera contestado en otra época de su vida y su matrimonio que cagarse en Dios es cagarse muy alto y que después puede llover mierda, o que no era quién para montarle una escena de celos porque él cada viernes por la noche llegaba a casa oliendo a un perfume de mujer que ella no había usado en su vida. Pero a estas alturas de infierno y de miedo y temiendo que los golpes a las cosas pudieran llegar a sus carnes, Blanca solo fue capaz de guardar silencio, sentirse oceánicamente culpable y llorar en silencio.

—Y encima se pone a llorar la tía, tiene cojones la cosa —añadió Santamarta, como si hablara con una tercera persona que viajara con ellos en el coche.

Subieron a casa de nuevo silenciosos, tratando ella por todos los medios de liberarse de los restos de lágrimas en su rostro, que engalanó con la mejor de sus sonrisas de superviviente.

Al entrar, los hijos se acercaron entre respetuosos y sorprendidos a saludar al inspector, que se dirigió al cuarto de baño y se tomó tres tranquimacines, lo único que de verdad le suavizaba el mar humor desde hacía demasiado tiempo.

—Está un poco cruzado —advirtió en voz baja Blanca a sus hijos cuando él les dejó a solas.

—¿Cuándo no es fiesta? —protestó a media voz el chico.

—¡David! —le regañó en un susurro sonoro su madre—. Tengamos la fiesta en paz, por favor.

—Sí, mamá —contestó el joven, resignado.

La hija solo acertó a decir:

—Tranquila, mamá, tranquila…

Cuando la mujer estaba en su dormitorio quitándose la ropa de calle para ponerse algo más cómoda y disponerse a preparar la cena, entró el inspector.

—¿Cómo estás? —preguntó ella.

—Mejor, mejor… Blanca, cariño, perdóname por ponerme así, pero es que…

—Tranquilo, no ha sido nada.

—¡No me interrumpas cuando te estoy pidiendo perdón!

Ella sintió de nuevo la descarga eléctrica provocada por el tono de voz de su marido y quedó otra vez quieta, sin atreverse a abrir la boca. Él continuó, complacido de que su mujer le obedeciera, convencido de que eso era una muestra de respeto. Ya le empezaban a hacer efecto las pastillas o le servían de excusa para empezar a calmarse, porque ese efecto cada vez era menor y se estaba convirtiendo en una especie de peaje para simplemente encontrarse normal. Añadió en un tono casi cariñoso:

—Que no te quiero tratar así, pero, cojones, entiéndeme, cariño… Te veo así, de cachondeo con otro hombre a mis espaldas y no me hace gracia. Así que te voy a pedir que guardes distancias con ese. Que, por cierto, ¿ese quién es?

—El sacristán —contestó ella, evitando añadir que debería conocerle porque le había visto en varias ocasiones previas.

—Vale, pues el sacristán que se acerque al cura pero a ti no, ¿vale?

—Sí, Julio, no volverá a ocurrir, te lo prometo.

Él relajó un tanto su gesto de seriedad, dejando surgir una sonrisa de medio lado y añadiendo:

—Muy bien. ¿Qué vas a hacer de cena?

—Huevos fritos con patatas.

—¡Qué bien! Ya sabes cómo quiero los míos.

—Sí, con puntillita.

—Esa es mi mujer —le dijo dándole un ligero cachete en el culo, que a ella le hizo temblar toda la celulitis—. Ale, vete a hacer la cena, que luego a la noche nos toca fiesta a ti y a mí.

—Sí, cariño.

La mujer salió de la habitación camino de la cocina, sintiendo como si una mano invisible le atravesara el pecho y le apretara el corazón, forzándola a respirar con dificultad, incapaz de comprender en qué momento de su pasado había tomado la decisión errónea que ahora la iba despeñando por un acantilado hacia un mar de espanto.

***

Soto también volvió a pronto a casa, decidido a repasar allí por enésima vez los informes del caso, desesperado como estaba al intuir que la investigación había entrado en un punto muerto que, bien lo sabía, podía acabar en otra historia más sin resolver, cogiendo polvo en los archivos policiales.

Cuando se acercaba al portal, le pareció ver por un momento a Sara en la ventana, pero después pensó que habían sido sus ganas de estar con ella, porque la ventana permanecía con la persiana a medio bajar y las cortinas blancas inmóviles. También pensó que la bruma que se estaba echando sobre la ciudad le había jugado una mala pasada a sus ojos.

Se cruzó fugazmente por la escaleras con el repartidor de Telepizza, que le saludó con un leve gesto y al que no pudo ver bien la cara medio oculta por la visera de su gorra.

Entró en casa feliz de ganar unas horas al día para estar con su mujer, que le recibió con una ancha sonrisa y un “llegas pronto, ¿no?”. Soto le explicó lo del apagón y ella le escuchó sus explicaciones sin cambiar el gesto de la sonrisa, que se le iba convirtiendo en una careta. Cambió de expresión, apenas perceptiblemente, cuando él comentó sin darle importancia:

—Me he cruzado con uno del Telepizza en el portal. Qué raro, ¿no?

—¿Por?

—En este portal son todo viejos, nosotros somos los más jóvenes, se me hace raro que alguien haya pedido una pizza.

—Será Puri, la del tercero, que habrá venido el nieto a cenar.

—¡Ah! Claro… es verdad —dijo sonriendo de su propia torpeza, porque un buen investigador debería haber tenido en cuenta esa posibilidad.

Esa noche hablaron mucho pero, como en la anterior, tampoco hubo combate de lencería. Él se hizo ilusiones cuando ella se duchó después de cenar, pero pronto comprendió que se iba a la cama con claros gestos de cansancio. “Todos los días no toca”, se dijo el subinspector, resignado, cuando su mujer se quedó dormida y él se dispuso a repasar otra vez los informes del caso.

martes, 11 de enero de 2022

Capítulo 5 (Novela 'Julio y las viejas')

Llegó el día siguiente, martes, y los siguientes de la semana. Soto se hizo cada vez más a las tarascadas afiladas de Santamarta, a sus vasos de tubo con coñac hasta la mitad y a sus visitas al baño, que no tenían que ver con su próstata y que le dejaban las pupilas dilatadas. “¿De qué eres, Soto, de pincel, brocha gorda o rodillo?”, para después reírse de su propia gracia ante un subinspector que le miraba entre admirado y resignado, tratando de convencerse de que merecían la pena esas humillaciones y chascarrillos constantes a la espera de que surgiera ese gran policía que todo el mundo decía que era Santamarta. O que había sido, porque esa era la duda, saber si lo que tenía ante sí y con quien trabajaba en el caso seguía respondiendo a esa leyenda de la que se hablaba en el cuerpo.

En cualquier caso, el subinspector no se descentraba y confió, como siempre, en su método, en su trabajo de hormiguita paciente que va reuniendo pruebas, conversaciones e ideas al modo en que los buenos maestros relojeros montan sus máquinas del tiempo. Estudió con método y entrega los informes que se habían redactado sobre el caso de la mujer asesinada, tratando de encontrar alguna explicación al gesto tan aparentemente absurdo de cortarle un mechón de pelo a la víctima después de asesinarla y violarla. O quizá le había cortado el pelo antes, porque todo, cualquier posibilidad debía ser tenida en cuenta. Pensaba a menudo en un perfil criminal que encajara todas esas piezas en su orden correcto, cada vez más convencido, esa era la verdad, de que el corte del mechón de pelo había sido el final de una liturgia enfermiza, parte de una rutina protocolizada en una mente psicópata. Revisó al detalle las fotografías y habló con el forense, Egaña, un tipo muy profesional pero algo malencarado, que le contó con desgana que el mechón había sido cortado justo encima de la oreja izquierda.

Soto pensó en las lecciones de psicología criminal que con tanta dedicación había estudiado, dándole vueltas a peregrinas teorías e hipótesis sobre la relación entre el pelo, las orejas y la muerte. Le vino a la cabeza la imagen del dios egipcio Anubis, con sus enormes orejas perrunas y su presencia mortífera, pero no halló ninguna relación entre este viejo dios de la época de los faraones y una viuda colocada pulcramente en su cama después de haber hecho barbaridades con ella.

La cabeza le hervía en algunos momentos al subinspector y se sentía absurdamente abrumado por una responsabilidad autoimpuesta por resolver el caso. Pensaba en Santamarta y en los otros agentes que podían echar una mano, y les sentía a todos más preocupados de cualquier otro asunto que de esta investigación, por lo que concluía que solo se resolvería el enigma del asesino si era él mismo quien lograba hallar al culpable. Era como si toda la formación que había recibido fuera una mochila de heroísmo, tan brillante como pesada, que le dejaba autodesignado como el único capaz de investigar y aclarar lo que ningún otro podía. Esta carga de responsabilidad que él mismo se había echado encima desde que se hizo policía empezaba a notársele en los hombros, algo caídos, más tendentes hacia el frente que hacia la altura equilibrada, y en sus pasos, apenas perceptiblemente más lentos conforme iban pasando los meses y los años por su cuerpo. Se sentía, inconscientemente todavía, la única persona en el mundo capaz de entrar con su candil a iluminar y descubrir las alimañas que abundan en el valle de las sombras del crimen. La última esperanza de los justos, el protagonista de una historia sucia de la que solo él podía salir limpio y con una corona de victorioso laurel en su cabeza.

Le dio mil pensadas a sus conocimientos sobre autopsia criminológica y la realidad le fue devolviendo, en cada una de las pensadas, nuevas respuestas en blanco a sus preguntas. Esos días fue escribiendo nuevos conceptos en su libretita: “Psicópata, ordenado”, “¿Ternura después de paroxismo violento?”, “¿Patrón para asesinatos futuros?” y “¿¡Patrón de asesinatos pasados!?”. Estas dos últimas anotaciones las hizo el jueves por la tarde a última hora, fantaseando, se lo tuvo que reconocer, ante el desafío profesional que supondría enfrentarse a un asesino en serie. Pensar en aquella posibilidad le produjo una culpa gozosa.

Marchó a casa con este pensamiento repiqueteando en lo más profundo de sus ensoñaciones de investigador, convencido de que, una vez más, podría haber visto algo determinante donde otros simplemente se habían limitado a realizar su labor policial de forma rutinaria. No se atrevió a comentarle nada sobre esta posibilidad a Santamarta. Por el momento sentía más que cubierto el cupo de comentarios hirientes en esta primera semana de trabajo con él.

Eso sí, al día siguiente, después de comer un menú del día en un restaurante de batalla junto a la comisaría, Soto tenía la intención de volver allí y hablar con el inspector para tratar de explicarle con tranquilidad su teoría sobre otras posibles muertes, otros asesinatos con la misma autoría que el ocurrido justo siete días antes. Iba preparado y dispuesto a hablarle a Santamarta a una distancia prudente que evitara el alcance de su mano, porque una de las últimas veces a su comentario descarnado había añadido pellizco en uno de los pezones de Soto que le hizo ver las estrellas.

Pero el inspector se negaba, no quiso ir con él a la comisaría, tampoco que hablaran en ningún otro sitio, al menos aquella tarde, ya que parecía tener prisa y respondía con evasivas y tono crecientemente malhumorado a los intentos de Soto por iniciar la conversación sobre aquel asunto.

—Inspector, es que tengo una teoría…

—Que ahora no, cojones, Soto. Que ya me contarás tus pájaras mentales en otro momento. Que ya sé que los maricas estáis a otro nivel y tenéis una mente privilegiada. Pero hoy no tengo cuerpo para tus chorradas, que tampoco nos conocemos tanto y paso de hacerte de psicólogo.

—Te acompaño y te cuento —le dijo.

—¿Tú estás tonto, sordo o las dos cosas a la vez? Que te vayas un rato a tomar por culo, chaval, y ya me contarás las dos cosas cuando sea, tu mierda de teoría y si te ha gustado que te den por detrás.

Santamarta se quedó mirando fijamente a su subordinado, los dos en pie en la calle, cerca del restaurante, el uno frente al otro. El inspector apretó inconscientemente el puño derecho en un gesto previo a lanzar un golpe duro y seco al centro del pecho, un golpe que reservaba para la gente que, mereciéndose una buena hostia, en el fondo le caía bien como era el caso de Soto. Este empezaba a comprender bien el carácter y las reacciones de su superior y algo dentro de sí le advirtió de que era el momento de no reaccionar, de no decir nada, de darse la vuelta y dirigirse a la comisaría dejando que Santamarta fuera en paz a donde tuviera que ir, a hacer lo que tuviera o quisiera hacer.

Entro por la puerta cabizbajo, pensativo y con una sensación agria por su última conversación cuando Martínez, el responsable de turno ese viernes por la tarde de atender al público, le dijo con cierta guasa:

—¿Te has quedado solo?

—Pues sí. Y, además, no sabes cómo se ha puesto el tío…

—Los viernes por la tarde no cuentes con él.

—¿Por?

—No sé, no sé… pero siempre los tiene ocupados y a donde va, va solo.

—¿Solo? ¿A dónde?

—Ni idea, la verdad —añadió con una leve gesto de los labios que Soto no supo interpretar.

Y aquello era lo peor que se le podía decir al subinspector. Un “no sé” con un leve gesto en la comisura de los labios disparaba todas las alarmas en una mente predispuesta a la sospecha y a aplicar sus aprendizajes teóricos sobre criminología. Sentado en su sitio, con la mirada perdida en las mesas vacías de sus compañeros, Soto empezó a pensar en lo que no tenía que pensar. Trató de centrarse en otros aspectos, en otras ideas sobre el caso que le venían rondando desde días atrás. Sacó un folio y quiso entretenerse haciendo varios diagramas sobre firmas y trofeos de asesinos en serie, para ver si algo le cuadraba en este caso. Hasta llamó por teléfono a Sara, sin ninguna razón real más que la de quitar de su pensamiento una coincidencia que le estaba rascando el fondo de su alma de policía.

Al final se dejó llevar y anotó en su libretita: “Mujer asesinada viernes por la tarde. ‘S’ desaparece viernes por la tarde, no se sabe a dónde va ni con quien.”. El haber escrito esa frase provocó un efecto en cadena dentro de su cabeza y entró en una dimensión irreal en la que todos a su alrededor eran culpables de todo. Era como si los tres conceptos relacionados de Santamarta, mujer asesinada y viernes por la tarde se hubieran multiplicado exponencialmente en la mente de Soto, en la que se presentaba con la fuerza de una pedrada letal en la sien el titular: ‘Inspector de Policía mata y viola a mujer de 73 años’. Sacudió la cabeza, tamborileó con el bolígrafo en su mesa, se frotó con fuerza la parte trasera de sus rodillas y se enfrascó de nuevo en los papeles del caso. En el final de uno de ellos, en una cita sobre documentación adjunta, reparó en una referencia de una denuncia en papel, de hacía muchísimos años, tantos que no había entrado en la época en que se fueron digitalizando cada nueva diligencia y archivo. Hasta ahora no le había dado ninguna importancia a esa denuncia. Más por intentar dejar de lado sus razonamientos en bucle sobre Santamarta que por pensar que fuera a encontrar nada interesante, bajó a buscarla en el archivo.

Después de beber un vaso de agua para que el polvo de los papeles no le diera la tos, en el sótano, en la planta más metida en el terreno de todo el edificio, fue avanzando entre estanterías llenas de documentos engalanados por el amarillo que dan los años y por el deterioro que suelen sufrir los papeles que ya no importan a nadie. Le costó encontrar lo que buscaba y hasta se hizo una pequeña herida en su dedo pulgar de la mano derecha, ataque imprevisto y traicionero de una grapa oculta y rebelde que le provocó el gesto automático de llevarse el dedo a la boca para chupar una gota de sangre coronada de polvo. Llegó al fin al lugar donde la denuncia dormía un sueño burocrático de décadas y la observó, primero de forma mecánica, con enorme sospecha después. En la soledad de aquel sótano lleno de estanterías y documentos Soto sintió un impulso de darse media vuelta y volver arriba, a su mesa y sus papeles ya conocidos. Pero no lo hizo y cogió y miró lo que había bajado a buscar: la denuncia había sido interpuesta contra Santamarta, en el año de su suspensión de empleo y sueldo, por la fallecida.

A Soto le empezó a temblar la mano y tuvo que dejar el documento sobre una de las baldas de la estantería más cercana para continuar leyendo. No había duda. Una denuncia por amenazas que esta mujer ahora asesinada había interpuesto contra Julio Santamarta Martínez. El subinspector cogió de nuevo la denuncia y, con un leve mareo, subió de nuevo hacia su mesa mientras la bestia de la sospecha se volvía a hacer dueña y señora de su mente, ladrándole una pregunta: ¿Por qué Santamarta no había dicho nada de esa denuncia?

Soto se dijo a sí mismo que aquello era una soberana estupidez y se convenció de que en verdad lo era, que sería alguna tontería sin importancia ocurrida hace mil años. Sin mebargo, una vocecilla en su interior siguió sembrando cizaña y dudas, porque también podría haberse considerado hace años como una estupidez la posibilidad de que el inspector llegara a volverse medio loco y torturara a un terrorista por la muerte de un compañero que le había sustituido en una operación contra un comando. Soto meneó la cabeza enérgicamente con el vano propósito de que esos movimientos expulsaran de su mente estas últimas ideas, como si los pensamientos pudieran despeñarse hombros abajo al perder sujeción en el cerebro por la fuerza centrífuga.

Se fue al baño y se lavó la cara con agua bien fría, lo que le ayudó a despejarse y a tomar la decisión de marchar a casa y dar por finalizada por ese viernes la sesión de reflexiones y actividad de materia gris. Se le ocurrió que lo que quedaba de tarde bien podría ser empleado en un combate de genitales y lencería con Sara, así que se dirigió hacia la pastelería en la que compraba el mejor pastel de la ciudad de los que tanto le gustaban a su mujer. Estuvo a punto de no hacerlo e irse directo a su casa al recordar que la pastelería estaba prácticamente pegada al bloque donde tenía su vivienda la mujer asesinada, sobre la que ya no quería pensar más por ese día. Se prometió a sí mismo un muro de asepsia mental y se acercó a la zona, aparcó y compró el pastel. Mandó un whatsapp a su mujer, encendido y acordándose de unos versos que estudió en el bachillerato, de modo que le declaró batalla de amor en campo de pluma.

Cuando volvía al coche con el pastel en sus manos y relamiéndose por lo que le esperaba al llegar a casa, vio a unos cincuenta metros el coche de Santamarta, o uno del mismo modelo, y no quiso creérselo. Quedó quieto unos segundos, con el pastel en su mano derecha perfectamente envuelto, frotando nerviosamente los dedos de su mano izquierda, como si pretendiera hacer fuego con ellos y ese fuego pudiera quemar lo que estaba viendo y las sospechas que de nuevo danzaban libremente por su cabeza.

Cayó un rayo en el mar, al que siguió poco después un potente trueno. El sobresalto de la luz y el posterior sonido hicieron reaccionar al subinspector, que dejó el pastel en su coche, cogió un paraguas del maletero, cerró todo perfectamente y se encaminó con decisión al coche que había visto. A mitad de los cincuenta metros que tenía que recorrer empezó a llover como si el cielo vomitara y se formó una densa cortina visual que dificultaba identificar las caras de la gente a más de veinte o treinta metros. Abrió su paraguas, llegó al coche y comprobó que no se había equivocado porque era el de Santamarta. Vio abrirse la puerta del portal de enfrente y, sin llegar a reconocer del todo su cara, identificó perfectamente la forma de andar algo de viejo galán y algo encabronada del inspector, así que se echó hacia atrás cubriéndose la cara con el paraguas, quedándose a unos pocos metros, a resguardo, protegido en otro portal desde el que pudo vigilar sin ser visto.

El inspector seguía en el mismo sitio, despidiéndose de una mujer vestida solo con una bata fina y unas bragas, las tetas pequeñas y sueltas, las carnes escasas y firmes. Soto pudo ver cómo Santamarta se despedía de ella con un beso, cruzaba rápido la calle para meterse en su coche y, después, marcharse.

Los pensamientos y posibilidades que explicaran lo que acababa de observar se estaban dando un festín de fantasía criminal en la cabeza del subinspector, que murmuró:

—No puede ser que haya vuelto a esta calle, precisamente una semana después…

El bloque de pisos del que acababa de salir era justo el bloque más cercano al de la víctima y una de sus fachadas daba a la fachada de la mujer, a la que tenía los balcones, incluido el de la asesinada. Llovía a mares pero Soto ni lo notaba, absorto en el giro que podía dar el caso, tan irreal como doloroso porque siempre es descorazonador comprobar la caída a los infiernos de un compañero. Perdió la noción del tiempo entregado a sus conjeturas, sintiéndose a la vez culpable de descubrir así a un superior y orgulloso de cumplir con su deber pese a tratarse de Santamarta. El final del chaparrón logró devolverle a un principio de realidad, sin saber muy bien cuánto tiempo había estado allí en aquel portal. Se fue a su coche tras plegar el paraguas y trató de pensar con frialdad en qué hacer. Fuera de los protocolos y las directrices cerradas, fuera de las órdenes inequívocas Soto no era muy hábil y se sintió profundamente bloqueado, incapaz de tomar una decisión sobre sus siguientes pasos. Le entraron varios whatsapps de Sara a los que contestó maquinalmente avisándola de que llegaría en unos cuarenta minutos. Con el móvil en la mano se le ocurrió llamar a su amigo asturiano del sindicato, Berdejo, que siempre había tenido unas salidas mucho más resolutivas que las suyas en situaciones complicadas.

—¿Qué pasó, guaje, te vas a hacer ya asturiano de una puta vez? —le contestó nada más cogerle el teléfono.

—Que acaba de caer un chaparrón de tres pares de cojones y que puede que Santamarta sea un asesino.

—¿Pero qué dices, ho?

—Lo que oyes.

Soto le contó lo de la denuncia y lo que había visto esa tarde. Berdejo escuchaba en silencio. Después de dejarle hablar, le contestó muy cortante:

—Dani, escúchame bien. Te voy a colgar y voy a hacer una llamada. Tú no te muevas de ahí, sigue en tu coche, no hagas nada, no llames a nadie. ¿Oíste?

—Sí.

Dos minutos después sonó su teléfono. Era el inspector Andrés Marín, el policía más respetado de la comisaría, una institución en aquella ciudad. El subinspector solo había cruzado algunas frases amables y protocolarias con él.

—Soto, le quiero en la comisaría en diez minutos. El subinspector fue a responder pero Marín había colgado ya. Le entró un whatsapp de su amigo: “Habla con Marín.”. “Voy a la comisaría a hablar con él”, le contestó, a lo que Berdejo le volvió a contestar con un emoticono de una mano con el dedo pulgar hacia arriba. “No digas nada más ni hables con nadie más, ¿oíste?”, añadió el asturiano. “Sí”, contestó lacónico Soto.

Llegó a la comisaría y entró ante la sorprendida mirada de Martínez, que seguía en la zona pública y que se olía algo gordo después de haber visto entrar dos minutos antes al inspector Marín. “Me parece que tiene cara de enviar a alguien una buena temporada a descapullar monos”, se dijo Martínez.

—Verá, inspector… —tomó la palabra el subinspector al llegar.

—Soto, te callas y me escuchas. Si ya sé la culpa es mía por no haberte avisado antes. Bueno, que podría haberte avisado algún otro, joder, que aquí para lo que queremos piamos como canarios, pero para otras cosas… Bueno, da igual. Escucha, Julio es un buen policía que ha tenido una vida jodida. —El subinspector escuchaba muy quieto, sin atreverse casi ni a pestañear.— Me cago en mi padre, Soto, una vida muy, muy jodida. Ha visto morir a muchos compañeros en el País Vasco. Los viernes dicen que se va de putas. No sé… Me han contado que se va con una, siempre se va con la misma, la Susi, dicen que es una tía plana como una tabla de planchar que dicen también que está enamorada de él porque no le cobra. Pero me da igual. Y no quiero saber más, porque no me importa. Y a ti tampoco debería importarte. Lo que sí me importa y a ti también es que en esta comisaría nos ha sacado de tres o cuatro marrones muy gordos en los últimos años. Y ya está. Si tienes algún problema, pedimos que te cambien de compañero; si no, sigues con él. Pero esta conversación y este tema no se van a volver a tocar. Ni conmigo ni con nadie. ¿Estamos?

—Sí.

—¿Entonces?

—Entonces, ¿qué?, inspector…

—Pareces tonto, Soto, ¿sigues con él?

—Sigo.

—Cojonudo. Y otra cosa… no me jodas más y dedícate a investigar a quien tienes que investigar, cojones, no a los compañeros. Encuentra al que le hizo eso a esa pobre vieja.

—Verá, es que yo…

—No me interesa nada de lo que me tengas que explicar ahora. Por cierto, lo de la denuncia fue en la época en que Julio tuvo que ganarse la vida allí, en el bloque pegado al de la vieja, con las putas, que fue cuando conoció a la Susi. Y tuvieron una movida con la vieja por ruidos por la noche, que Julio se puso farruco y por eso fue la denuncia. Y no tienes que saber nada más. Ale, buenas noches.

—Buenas noches, inspector —le contestó enormemente avergonzado, mientras Marín ya se marchaba. Poco después Soto llegó a su casa. Sara le recibió con cara de pocos amigos y el gesto cruzado.

—Me habías dicho cuarenta minutos y has tardado una hora y diez. Hoy te quedas sin…

Él se abalanzó sobre ella y comenzó a besarla como un náufrago.

martes, 4 de enero de 2022

Lo haría #poema #versadicto


Si del día tuviera que elegir
la esencia primera,
la chispa que activa
los motores poderosos del mundo,

si tuviera que buscar
la conmoción del aire
en el primer llanto
del recién nacido,

si me encargaran atrapar
el quiebro de la madrugada
cuando el sol cabecea
los pies del cielo,

si fuera necesario encontrar
los manotazos invisibles
que provocan y nos traen
los vientos y las olas,

si me pidiérais descubrir
el rincón lúbrico
del que parten los jadeos
de los amantes amándose,

si fuera necesario señalar
al espíritu sin nombre
que besa la boca
y cierra la vida a los moribundos,

si pudiera escribir
el libro duro de la sabiduría,
hablar con vuestros dioses,
salvaros de vuestras bestias,
convertir mi sonrisa en tiempo y trigo,
porque os amo y porque soy poeta,
lo haría, hermanos míos.


Somos tan leves #poema #versadicto

Un día cualquiera podrá decidirse
quién lanzará los golpes de sangre
que acabarán nuestro camino
en el fondo de la boca de los siglos.

Los montes son grandiosos
pero suelen permenecer quietos
y como gigantes buenos
se entretienen con nuestras diminutas risas.

El sol navega incendiado
sobre la ola del universo
y sospecho que le importa poco
que nos amemos mucho.

Somos tan leves
que nos damos importancia y palabras
cuando lo único inmortal
son los geranios en los patios de julio.

El mar nos abraza con espuma
o nos mata y con un traje de olvido
coleccionará nuestros nombres
en sus arenas más profundas.

Quizá es hora de comprender
que todo es vuelo o aire, nada,
órbitas planetarias en elipse,
puntos de luz tiritando
en la trastienda del cielo
o en lo negro de tus ojos.

lunes, 3 de enero de 2022

Capítulo 4 (Novela 'Julio y las viejas')

Soto llegó a casa reventado, exhausto por el desgaste psicológico que siempre le suponían los casos en su fase inicial, cuando casi todas las preguntas están sin responder.

Conduciendo desde la comisaría tras haber finalizado su turno, había notado por la vibración la entrada de varios whatsapp de Sara en los que, estaba seguro, le estaría preguntando cómo estaba y a qué hora iba a llegar. Se volvió a poner algo nervioso por no poder contestarlos, pero se mantuvo firme en su costumbre de no tocar el móvil mientras conducía. Todavía no conocía bien las calles de aquella nueva ciudad a la que le había llevado su ascenso a subinspector y pensó que era una buena época la de verano para hacerse a ella, con buena parte de sus habitantes de vacaciones y la actividad habitual reducida. Viniendo de Madrid le llamaba la atención que todo estuviera a mano, que ningún trayecto supusiera más de media hora de coche, que la gente no tuviera ese perpetuo malhumor que gastan los de la capital de España que parecen contestarte siempre como si les debieras dinero. Y la humedad, notaba mucho la humedad, que era como un permanente saludo del mar, recordando que estaba cerca, que aquel era su reino costero, que mandaba como un dictador caprichoso en los designios del clima. Le preocupaba su mujer, cómo se adaptaría a aquel sitio, y deseaba con todas sus fuerzas que encontrara su espacio, quizá un trabajo, una actividad que la convirtiera en algo más que la mujer de un subinspector de Policía. Últimamente su humor había empeorado, aunque Soto se quería convencer de que todavía no había ocurrido nada como para preocuparse de verdad.

Había encajado bien tener por compañero y jefe al inspector Santamarta porque, en el fondo, justificaba sus comportamientos que, por decirlo suavemente, eran poco respetuosos con las ordenanzas y los protocolos. El subinspector estuvo investigando mucho sobre Santamarta en cuanto tuvo noticia de que le iba a tocar trabajar con él. Hizo llamadas, hurgó en archivos y habló con un compañero de promoción y del sindicato SUP, un asturiano más listo que el hambre, que le puso al tanto. Porque la tara que adornaba ahora el comportamiento y las actitudes del inspector no era de serie. Había sido en tiempos un agente más equilibrado, de hechos menos extremos y sin afición generosa a la coca, el coñac y a acabar las conversaciones a gritos o comentarios ácidos. La lucha contra el terrorismo, el estrés y la amenaza constante le fueron reventando la cabeza. Todo se desencadenó cuando iba a participar en una operación en el año 2003, de la que se descolgó en el último momento por el nacimiento de su primer hijo.

Según le contaron a Soto, el policía que le sustituyó y acabó haciendo su servicio se llamaba Josu Heredia. Santamarta no olvidaría jamás ese nombre ni los mil datos que memorizaría después sobre él, un agente de 37 años, gitano del norte, una rareza porque también era hijo de una prostituta, la única gitana puta de toda Guipúzcoa. La operación fue un fracaso y Santamarta quedó royendo su culpa, convencido de que todo se había estropeado por su ausencia de última hora.

En el relato de lo ocurrido en la tarde de la operación el forense echó mano de la piedad rutinaria en estos casos y escribió que Heredia “no se enteró” y murió inmediatamente por un disparo que le vació la cavidad ocular izquierda y otro que le arrancó siete dientes antes de alejarse en el occipital.

Esto no se lo contaron a Soto porque nadie se enteró, pro Santamarta leyó el informe con obsesión, una y otra vez, martirizándose con la frase “no se enteró”, machacado en sus pensamientos por el convencimiento de que no enterarse de la propia muerte no era alivio de nada. “No es puto alivio de nada”, había murmurado en ocasiones a solas dándole vueltas a lo ocurrido. Además, sabía que morirse de repente no es tan fácil, que en ocasiones todo hace absurdo seguir vivo pero hay moribundos que se aferran segundos y hasta minutos a un imposible de supervivencia, alargando la agonía.

Nada quedó muy claro, pero se corrió el rumor de que los etarras que habían escapado en aquella operación después de asesinar a Josu fueron los mismos que a finales de mayo mataron a dos policías nacionales en Navarra. Santamarta se obsesionó también como un pitbull con los etarras y leyó con detalle cada información sobre la operación de aquella tarde, analizó el atentado y las rutinas de los dos compañeros de cuerpo asesinados. Habían reventado en la Plaza de un pueblo del sur de Navarra por la bomba lapa que les colocaron en los bajos de su coche, un vehículo sin distintivos policiales que usaban para desplazarse por diversas localidades, donde se encargaban de actividades rutinarias vinculadas a documentación oficial. No se desplazaban en un coche con distintivos, pero se anunciaba en los medios de comunicación locales que iban a estar tal día en tal pueblo y, claro, los asesinos son miserables, pero no tontos.

Santamarta notaba en aquella época de remordimientos y culpa una quiebra en la boca del estómago, como una procesionaria peluda y urticante en el interior de sus tripas que se dedicaba a dar vueltas sobre sí misma en un tiovivo desesperante e inacabable. El inspector nunca fue un hombre paciente ni tampoco pacífico, pero en aquellos días que siguieron al nacimiento de su hijo y a la operación fallida en la que cayó su compañero, algo desató las bestias que hasta entonces habían permanecido razonablemente amordazadas en su interior. Se despertaba de madrugada, preocupando hasta lo indecible a su mujer Laura, y, sobresaltado por minúsculos ruidos, reales o imaginarios, salía a la calle y caminaba en un estado de excitación enfermiza, sospechando de cuantos se cruzaban por su camino, convencido de que cada persona que le miraba era un chivato que iba a pasarle sus datos y su posición a algún comando que acabaría con su vida en cuanto doblara la siguiente esquina. Muchas noches se encontró caminando por la playa de la Concha, apretando con furia su pistola en el bolsillo de la americana, murmurando frases de locura: “Venid ahora, hijoputas”, “Atreveos conmigo, asesinos”, “Aquí me tenéis, cabrones, venid por mí” o “No se enteró, pero yo sí, mierdas”.

Algo hizo clic en la cabeza de Santamarta y cuando llegaron detenidos a su comisaría en Irún dos miembros de un comando, entró en un estado febril de excitación. Nadie se dio cuenta del descenso a los infiernos que estaba protagonizando su mente agotada, nadie tuvo la prevención de evitar que participara en los interrogatorios y nadie tuvo el valor de detenerle porque los dos últimos muertos pesaban mucho entre los compañeros. Un par de meses después, un expediente señalaba que casi había ahogado a un detenido en una bañera, provocando su salida forzada de Irún. Expediente disciplinario por torturas por el que le cayó un año de empleo y sueldo y por el que casi fue expulsado del cuerpo. En el juicio tuvo bastante suerte con el archivo de la causa.

Su mujer empezó entonces a cogerle miedo porque llegaron sus primeros desmanes violentos, arranques de ira que por aquella época solo afectaban a los muebles, puertas y paredes de su casa. Ella no dijo nada a nadie, esperó paciente a que las tormentas fueran amainando y se espaciaran, pero ocurrió lo contrario. Esperó después que el traslado y la suspensión de empleo y sueldo le calmara, pero también ocurrió lo contrario. Y esperó que la violencia se quedara en los objetos y de nuevo el tiempo trajo lo contrario, convirtiendo lenta pero inevitablemente en un infierno la vida en casa de Santamarta.

La mujer fue sintiendo cómo los años y el maltrato fueron destrozando el amor y la admiración que había sentido por Julio, dejándole en el centro de su corazón una pena áspera y grande, junto a un miedo que convirtió cada minuto con su marido en una fuente inagotable de pavor.

Soto entró en casa después de haber comprado un pastelito de merengue y chocolate que le gustaba mucho a su mujer y que solía llevarle una vez por semana. Ella le estaba esperando en el sofá de la sala, en picardías, ronroneando como una gatita en celo, con los grandes pechos temblando al ritmo de su respiración. Al subinspector se le pasó de repente todo el cansancio y la mente se le despejó. Milagros de la lencería.

domingo, 2 de enero de 2022

Capítulo 3 (Novela 'Julio y las viejas')

Soto no se encontraba cómodo conduciendo. No es que le importara demasiado hacer de chófer ni el trato que le estaba dando el inspector. Había sido una constante en su vida que la mayoría de la gente con la que se había cruzado y había compartido espacio y tiempo le tomara por tonto. Precisamente porque no lo era, era muy consciente de que tenía cara de tonto. Lo que en realidad le molestaba de conducir era que no podía estar atento a los whatsapp que le mandaba su mujer Sara. Adoraba a esa hembra morena de carnes llenas de curvas a la que había conocido en el último año de carrera, a la que tardó bastante en conquistar, pero con la que después no tardó en casarse. Y se sentía absurdamente culpable cuando no le contestaba de inmediato a los mensajes que ella le enviaba contándole cómo le estaba yendo su día y pidiéndole minuto y resultado de sus jornadas combatiendo el crimen. Especialmente en los últimos tiempos se venía sintiendo cada vez más culpable de no responderle con prontitud, después del ascenso y traslado desde Madrid a su nuevo destino al que la había arrastrado de muy mala gana. Aquella cuestión, el cambio de trabajo, de ciudad y de casa, casi le había costado el divorcio y quizá la razón final, aunque no se lo quisiera reconocer, para que ella accediera a dejar la capital es que no trabajaba y dependía económicamente de él.

Como se temía, mientras conducía comenzaron a llegar whatsapp de Sara que hicieron vibrar a intervalos su móvil durante varios minutos, provocándole momentos de despiste y un “Soto, me cago en tu padre” que soltó Santamarta cuando casi se saltó un semáforo en rojo.

En cuanto llegaron, aparcó el coche en la zona cercana a la playa donde tenía su casa la víctima, una acumulación caótica de ladrillo y hormigón heredera del desarrollismo más inconsciente de la época franquista. El día había amanecía con exceso de humedad y sal en el ambiente, el cielo estaba gris y con nubes bajas que parecían la panza de una burra parturienta, añadiendo un peso extra en los hombros de todos los habitantes de la ciudad. Santamarta miró con un deje irónico a su subordinado mientras rodeaba el coche y se colocaba bien la camisa por los pantalones, gesto en el que le gustaba adornarse para demostrar que no tenía tripa, sino un envidiado vientre liso.

El subinspector sacó el móvil del bolsillo sin disimular su ansiedad y abrió la aplicación de whatsapp.

—¿Tan urgente es, primaveras?

—Es mi mujer.

—¿Se ha muerto alguien para andar con tanta prisa?

—Eh… no, es para contarnos cómo nos va el día.

—No me jodas, Soto, ¿en serio?

—Mira, se llama Sara. Es mi vida —le dijo, enseñándole una foto que llevaba en el móvil, una foto de esas de estudio fotográfico de tercera, cutre hasta la guasa, con una pose sensual y unos labios provocadoramente húmedos.

El inspector miró a su nuevo compañero y tuvo algo parecido a una revelación, uno de esos ramalazos de intuición que le habían salvado la vida más de una vez en su vida de policía. A continuación, le dominó un pasajero sentimiento de lástima.

—Soto… ¿tú ahora mismo qué querrías, la verdad o ser feliz?

—Vaya pregunta, no sé qué contestar.

—Te aviso de que las dos cosas no pueden ser.

—¿Es por el caso?

—No, atontao, te hablo de tu mujer.

—Pues de mi mujer no me vas a hablar. Eso no se toca, inspector. Yo te respeto y te voy a aguantar casi cualquier cosa. Estoy seguro de que haremos un buen equipo, pero a mi mujer me la dejas tranquila.

—Entendido. Eres más primaveras que Vivaldi. Quieres ser feliz. Que te dure mucho. Venga… vamos a la cafetería.

—¿No íbamos a hablar con los vecinos de la mujer asesinada?

—Después. Vamos antes a la cafetería. Lo primero, porque tengo la garganta seca y me estoy dando cuenta de que con la garganta seca te soporto entre muy mal y de puta pena. Segundo, porque por un bar o una cafetería pasa todo dios y allí uno se entera de más cosas que en cualquier informe. Y tercero, Soto, porque lo digo yo, ¿queda claro?

—Cristalino, inspector —contestó Soto, que no pudo las ganas de preguntarle—: ¿Otro coñac? 

Santamarta paró en seco y le miró fijamente, muy serio. Después enseñó los dientes un poco y le sonrió de una forma fría para decirle:

—¿Ves que bien? Soy de lujos humildes, tengo alma de pobre. Venga, andando. Y como te vea con el móvil en la próxima media hora te lo meto por el culo, que igual hasta te gusta.

Entraron a la cafetería y Santamarta se pidió un coñac ante la cara de sorpresa de Soto que, sin embargo, no se atrevió a hacer ningún comentario. El inspector se tomó un buen rato en beber paladeando la bebida mientras Soto le observaba con nerviosismo creciente, impaciente por empezar a preguntar a los parroquianos de la cafetería por la mujer fallecida. Para tratar de entretenerse, sacó y abrió el portafolios, releyendo el informe de la inspección ocular. Se le puso ese brillo inteligente en el fondo de los ojos mientras repasaba: “Al llegar al lugar de los hechos se comprueba que el cadáver se encuentra en el dormitorio, en el interior de la cama, en posición de cúbito supino, cubierto hasta el pecho por las sábanas y la manta, perfectamente dobladas y sin signos de forcejeo ni violencia. El cuerpo tampoco muestra signos de violencia, salvo por la inflamación en los genitales y en el ano. No se encuentran huellas dactilares ajenas a la mujer en ningún lugar de la casa, ni restos de ningún otro tipo, ni indicios de la presencia de otra persona en el lugar de los hechos. Se hallan unos pocos cabellos de la mujer en la almohada, muy cerca de su cabeza. Por el tipo de corte, parecen haber sido cortados con algún elemento afilado y en ningún caso arrancados o desprendidos de forma natural”.

El inspector miraba de nuevo a Soto con detenimiento. La parecía increíble que este compañero con el que había comenzado a trabajar hoy no bebiera ni una gota de alcohol. “Una puta Coca-Cola se ha pedido el cantamañanas este, y encima de esas Coca-Colas de mierda que son Zero”, penaba mientras le observaba repasando los informes que había sacado de su bandolera.

—No eres precisamente muy hablador, ¿no?

—Inspector, repasaba el informe de la inspección ocular. No me cuadra lo que leo.

—¿Por qué?

—La posición de la mujer en la cama, que las sábanas y las mantas estuvieran tan bien colocadas.

—Un asesino muy ordenadito, eso está claro.

—Yo aquí veo una firma.

—Yo aquí lo que veo es un novato que ha visto muchas películas americanas. Venga, voy a hablar un poco con los camareros y tú intenta sacar algo en claro hablando con los clientes. Ahí tienes un grupito de chochitos que ha dejado a los críos en el colegio hace media hora, aprovecha para acercarte a las mamis y diles cositas ricas. Y guarda eso de una vez, que vas a acabar por creerte tus propias fantasías.

El subinspector parpadeó unos segundos, asumiendo lo que acababa de oír. Santamarta se dirigió a los camareros con aires de película de vaqueros tras apurar lo que le quedaba de coñac y Soto guardó el informe ocular. Pero antes de hablar con los mujeres, apuntó en su cuaderno: “Posición antinatural? del cuerpo, restos de pelo cortado en la almohada. ¿Firma y trofeo?”.

Preguntaron ambos en la cafetería por la muerta y sacaron pocas cosas en claro, al menos, pocas cosas fuera de lo esperado. Había sido una mujer como tantas otras, viuda desde hacía cinco años, con una hija casada que le había dado dos nietos y que vivía en Pradoluengo, desde que se casó a principios de los años noventa con un hombre de allí. También tenía la fallecida otro hijo, un marino mercante que estaba a punto de jubilarse, solterón y algo homosexual según algún testimonio, aunque Soto pensó que homosexual se es o no se es, no se es algo o un poco. Este hijo venía a visitarla y a pasar pequeñas temporadas con ella cuando no estaba embarcado. La mujer asesinada se había negado a irse a vivir con su hija, tal y como ella le propuso al quedarse viuda, así que la víctima de este caso, como tantas otras mujeres mayores, vivía solitariamente salvo cuando la visitaba su hijo. El marido había trabajado de pica en la Renfe y le había dejado una pensión digna con la que la mujer lograba vivir con bastante decoro.

—No creo que tuviera enemigos —dijo Soto cuando se reencontraron para salir de la cafetería y dirigirse al bloque de pisos en el que había vivido la asesinada.

—No sé qué te han enseñado en la universidad, chaval, pero tener un enemigo es casi tan normal como respirar. Otra cosa es que lo tengamos y ni nos enteremos. Pero estar, están, los muy cabrones. Y la vieja los tendría también, seguro. Alguna a la que le quitó el novio cuando era una chavala, alguna prima envidiosa de lo bien que le había ido en la vida o, vete tú a saber, alguien que quería comprarse su piso… vete tú a saber.

—Pues igual es que has visto muchas películas españolas.

El inspector soltó una sincera carcajada.

—¡Hombre! Por una vez al ataque, muy bien, hombre —le dijo agarrándole por el hombro y meneándole como si fuera un sonajero, haciendo temblar todo el cuerpo a un alucinado Soto.

—¡Inspector! —protestó al final.

Santamarta se rio con ganas y le dijo con displicencia:

—Venga, venga… que te dejo hacer el interrogatorio a los vecinos y cuando esté en la próxima fiesta con maricas recién duchadas con ganas de jarana te llamo para que te sumes.

Santamarta empezaba a disfrutar de las pullas que le dirigía a su subinspector y su humor mejoró al pensar en que podría vomitar toda su frustración en él con las frases más ocurrentes, porque parecía encajar bien y porque estaba seguro de no le buscaría las cosquillas con ninguna denuncia por vía disciplinaria.

A Soto, la posibilidad de dirigir él las preguntas le entusiasmó y dio por buenas las andanadas del inspector.

El bloque de cinco plantas sin ascensor era una estructura de hormigón con sesenta años de historia sobre sus vigas, construida a toda prisa como otra docena de bloques gemelos en los alrededores, para dar solución a la llegada de población obrera procedente de varias zonas del centro y del sur de España, deseosa y necesitada de los empleos que la industria pesada estaba empezando a demandar en aquella ciudad, los astilleros de la costa y el carbón un poco más hacia el interior.

Preguntó Soto a varios vecinos por la mujer, siguiendo los protocolos que tan bien se sabía, ante la mirada divertida de Santamarta que se aguantaba las ganas de recomendarle una pizca de improvisación, algo más de mordida en lugar de tanto formulario enlatado.

Sin haber logrado ninguna información relevante, se dirigieron al fin al tercero, jadeando el subinspector tras tanta escalera ante la mirada reprobadora de Santamarta. Tras despegar el precinto judicial del marco de la puerta, abrieron el piso con la llave que habían cogido en comisaría para revisar todo el interior con detalle. Era una especie de museo humilde, una oda casposa y algo patética a una familia que había desaparecido y a un tiempo que había sido devorado por el calendario. Fotos de los dos hijos con el color amarillento que produce el paso de los años, recuerdos de dudoso gusto de algunas vacaciones familiares en lugares de la costa mediterránea propios de gente trabajadora con recursos justos, una enciclopedia que en su momento tuvo que ser la envidia del vecindario, una vieja tele, una vieja radio y un sofá ajado con una toquilla de vivos colores que habría tricotado la propia víctima. Y la foto de la boda de la hija, que se marchó tan pronto para casarse que todos pensaron que se había quedado embarazada.

Soto, recuperado de las escaleras, miraba como si pudiera exprimir los objetos, tratando de sacar conclusiones, de reconstruir la vida de la fallecida según lo que había aprendido en sus estudios de criminología. Observaba la escena del crimen con método, esperanzado en descubrir algún detalle que fuera clave en la comprensión de aquel asesinato con doble violación posterior.

Santamarta estaba en la habitación de la mujer, donde habían encontrado el cuerpo. Algo le decía que allí tenía que estar lo que le ayudara a resolver el crimen. Se dejaba llevar por el instinto, sin fijarse en nada en concreto, tratando de encontrar algo extraño, el elemento distorsionador en la escena que permitiera levantar la tapa y pillar por sorpresa al asesino. Casi olisqueando, se balanceaba en el centro de la habitación como un místico buscando el trance. En ese momento vio en la almohada, en la zona central, un pequeño corte. Se acercó y lo miró con curiosidad.

—Soto… ven a ver esto.

El subinspector entro en el dormitorio y observo lo que le señalaba Santamarta con el dedo.

—En la inspección ocular señala que habían encontrado algunos cabellos cortados con navaja, cuchillo o tijeras.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—No sé, inspector, tampoco me has dado tú mucha oportunidad.

—Ahora la culpa será mía, no te jode.

—Bueno… igual el corte en la almohada ha sido producido con el mismo instrumento usado para cortar el mechón de pelo de la mujer —dijo sacando el informe de inspección ocular y señalándole el reportaje fotográfico de situación del cuerpo.

—¿Los pelos eran de ella?

—Sí, eso está confirmado.

—¿El puto tarado le ha cortado un mechón de pelo después de matarla y violarla? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—Es solo una idea. Igual se desequilibró un poco al ir a cortarle el mechón o calculó mal. Por eso pudo hacer de forma involuntaria el corte en la almohada.

—Espera —dijo Santamarta poniéndose un guante y metiendo el dedo en el corte—. Pues sí, chaval, aquí está, mira… más pelos de vieja.

sábado, 1 de enero de 2022

Capítulo 2 (Novela 'Julio y las viejas')

El inspector Julio Santamarta tenía un lunes de perros. Y eso era ya mucho decir en un hombre de natural rabioso, inclinado a levantar la voz con facilidad, generoso en los esputos cuando perdía las formas y gritaba al acercarse a la cara de quien tuviera enfrente, muy dado a los chascarrillos de escatología sexual.

Bajó de su casa, donde habían quedado su mujer y sus dos hijos, un chaval de diecisiete años y otra de quince, aliviados como casi siempre que marchaba camino de la comisaría. Se acercó al coche con su mala hostia de serie multiplicada con la última novedad. Porque, tras la jubilación de Menéndez, le habían empaquetado como compañero a un desconocido recién llegado de Madrid y, por si fuera poco, también recién ascendido a subinspector. Unas semanas antes, al enterarse de esta jugada decidida en algún despacho que él hubiera rociado con gasolina y echo arder a conciencia, se había ido a hablar a la desesperada con el comisario Ventura. Con la puerta cerrada, en la confianza de que nadie les escuchaba, le había hablado con tono impostado y lastimero:

—Ventura, en serio, no me podéis hacer esto. No me queda nada para jubilarme, no me pongáis a hacer de niñera.

Ramón Ventura había mirado con paciencia al hombre que tenía antes sí. Julio Santamarta era de carnes escasas, abundante pelo canoso peinado con raya clásica a un lado, mirada fina de ojos negros y un aire indefinido de viejo galán de tiempos del estraperlo. Los pómulos, hundidos hasta el extremo de que bajo la piel solo había hueso, eran una especie de registro notarial de los infiernos que acumulaba en su vida. Pese a todo, en la blanquísima dentadura, cuando sonreía, todavía aparecía el hombre que fue, desafiante siempre con su media sonrisa.

—Santamarta, sabes de sobra cómo funciona esto.

—Que no puedo ponerme a cuidar a nadie, que estoy muy mayor, no me jodas.

—Julio, te lo comes —le había insistido el comisario, con un tono que casi había sido cariñoso pese a la firmeza, por el respeto y la confianza que tenía con su subordinado. Santamarta, con esa misma confianza y envalentonado porque en el fondo sabía que no iba a lograr nada de aquella conversación, se había recolocado en la silla, echado un poco el cuerpo hacia adelante y, arrastrando las palabras, le había dicho:

—Ventura, tiene cojones, a estas alturas hacer de niñera de un cantamañanas que se pensará que las cosas importantes se aprenden en los libros, que se sabrá los jodidos protocolos al dedillo y que me vendrá con chorradas legales. Que si Master en Análisis y Prevención del Crimen, que si Master en Perfiles Criminales… un primaveras tocapelotas.

El comisario no había podido evitar una sonrisa fugaz. Se había recompuesto después, le había mirado fijamente y le había cortado:

—Inspector, si no tiene más asuntos que tratar, circule, que ya se nos está haciendo tarde. Santamarta se había levantado de la silla y conforme se daba media vuelta e iba saliendo del despacho iba murmurando: “Putos cabrones, a este le voy a hacer la vida imposible, empiezo y no me paráis ni con camisa de fuerza, no me lo vais a quitar, se va a tener que marchar él. Este es de pincel, pero no sabe que yo soy de brocha gorda, va a parpadear y ya voy a estar dentro de él metiéndosela por detrás”.

—Inspector —le había llamado el comisario antes de que saliera.

—¿Qué?

—Que ya le está esperando.

—No me jodas.

—Ahí fuera le tienes.

—¿Él?

—Daniel Soto.

—Cago en todo ya. ¿Y qué hace aquí?

—Es buen chaval, se ha venido antes para presentarse y que os conozcáis.

—Venga, hombre… y querrá que le frote los pezones hasta que salgan chispas para darle la bienvenida —había comentado con un además desesperado.

—Esas cositas de maricas son cosa vuestra —había zanjado el comisario, bajando la mirada y prestando atención a los papeles que tenía encima de la mesa.

Santamarta había salido al fin del despacho del comisario ventura y se había acercado a donde le estaba esperando, en perfecto estado de revista, el subinspector Daniel Soto, el que iba a ser desde ese día su compañero.

—¿Qué cojones haces con corbata, vas a pedir algún crédito al banco? —le había preguntado a modo de saludo y como quien vomita.

—Eh… no, no inspector Santamarta. Soy Daniel Soto.

—Sé de sobra quién eres.

—Bueno, no sé, la corbata me parecía una buena forma de presentarme ante usted.

—Yo de usted le trataba a mi abuelo y se murió. A mí de tú, ¿estamos?

—Sí.

—Bueno… dices que te parecía que era una buena idea.

—Sí, me lo parecía.

—Escucha, Danielito… eres un primaveras y cuanto antes lo sepas mejor. Porque lo eres, un primaveras, y yo no voy a hacerte de niñera, ¿estamos?

—Pero si yo no…

—Que me da igual, que lo único que tienes que saber es que aquí el que dice cuándo una idea es buena o mala soy yo.

—Con el debido respeto, creo se está usted extralimitando.

—Sí, está bien que me tengas el debido respeto y el otro, el no debido, el que le debes a mis cojones. ¿Te tengo que mear los zapatos para que huelas a policía?

—No… no.

—Pues ale, no te quiero ver el pelo hasta que te toque empezar.

Llegó el lunes en que Soto empezaba a trabajar y el humor de Santamarta no había mejorado. El inspector se dirigió a su viejo coche tras salir de su casa y, en el aparcamiento, antes de meter la llave echó un vistazo disimulado a los alrededores y, tras comprobar que no había nadie, se agachó y revisó de forma rápida y profesional los bajos, hábito que no había perdido desde los años de sangre y plomo en sus tiempos de la Brigada de Información en la comisaría de Irún.

Después metió la llave en la cerradura de la puerta del conductor y la giró sin que el mecanismo funcionara. Lo intentó, nervioso, en tres ocasiones más. La ira le fue creciendo desde el ombligo hasta la garganta como una bola eléctrica de bilis, lo que motivó un “cagoendios” que sonó a trueno podrido. Además, pegó dos puñetazos con el lateral de la mano rabiosa muy cerca de la cerradura, lo que provocó que, al fin, se abriera.

Se sentó al volante bufando y sudoroso, con ganas de llegar pronto a donde Lola a despacharse un buen sol y sombra, como solo sabía preparar la dueña de ese bar junto a la comisaría en el que era un habitual antes de cada comienzo de turno. Era Lola una mujer de gestos alegres y cara triste, lo más parecido a una verdadera amiga que tenía el inspector, seguramente porque ella le sabía escuchar y casi nunca le había llevado la contraria. Se conocieron cuando él llegó hace quince años, trasladado después de un asunto no muy claro por la detención de un terrorista y un expediente disciplinario que le dejó un año apartado del servicio, un año en el que tuvo que buscarse la vida en actividades que casaban mal con el Código Penal, pero a las que se acomodó para pagar el alquiler y dar de comer a su familia. El expediente no era conocido por casi nadie y en él figuraba el apellido Santamarta y una acusación por torturas.

El inspector se hizo pronto a su nuevo destino en esta ciudad del norte de España, como esos perros callejeros capaces de sobrevivir en cualquier entorno aunque nadie les quiera. Vino al principio solo, porque su mujer acababa de dar a luz a su hija Laura, la segunda después de Mario, su primer hijo que llevaba algo más de dos años en el mundo. En aquellas semanas solitarias conoció a Lola y su bar, y también probó la cama de Mamen, que le hizo buenas ofertas las primeras veces haciéndole buenos descuentos en su tarifa habitual y, con el tiempo, casi enamorada de él, cada viernes le aliviaba la entrepierna sin cobrarle y le conseguía sus gramos de coca semanales a un precio casi siempre muy razonable.

—Lola, prenda, ¿te puedes creer? A mi edad me toca hacer de niñera.

—Aquí tienes —le dijo la dueña del bar poniéndole sin que él hubiera tenido que pedirla su copa de anís y coñac, junto al café solo que él endulzaba solo con la mitad justa de un azucarillo—. ¿Qué es eso de que tienes que hacer de niñera… ha venido ya tu nuevo compañero?

—Sí, hoy. Bueno, aún no le he visto esta mañana. Pero, vamos… este está allí como un clavo desde hace por lo menos una hora. Me cago en la leche, Lola, que no tengo edad ni ganas para ponerme a enseñar el oficio a nadie. Que los malos saben mucho, que están ahí fuera y no descansan. El tiempo que yo pase enseñando al chaval, tiempo que tienen ellos para ponerse las botas sin que les echemos la mano encima.

—Ya será para menos…

—Que sí, coño, que sí —le dijo levantando ligera e inconscientemente la mano derecha.

—Bueno, pues que aprenda con el mejor, ¿no?, con el inspector Santamarta.

—Lola, no tengo los cojones para bromas ahora mismo.

—Ya veo. Sí que tienes el día hoy cruzado. Venga, apriétate ya el café y la copa a ver si así te mejora la mala hostia.

—Será lo mejor —contestó bebiendo su sol y sombra y su café, para añadir después—: Lola…

—Dime.

—Me pones más burro que un recién casado.

—¿Ves como se te iba a poner mejor humor después de tomarte lo que te he puesto?

—Vamos a la parte de atrás —le dijo con una sonrisa irónica de niño travieso.

—Julio, algún día te voy a decir que sí y no vas a saber ni qué contestar —contestó ella riéndose confiada.

—Eso es verdad. Venga, reina, aquí te dejo —añadió echando unas monedas sobre el mostrador antes de marcharse. El inspector echó un eructo lo más silenciosamente que pudo al entrar en la comisaría y se fue hacia la zona de trabajo donde tenía su mesa. En la de al lado, que Soto ya había hecho suya, el subinspector le esperaba igual de preparado, igual de predispuesto que la vez anterior, pero sin corbata.

—Venga, vamos al lío, que no quiero perder más tiempo en conversaciones —le dijo—. Te has quitado la corbata. Menos mal que algo de sangre tienes, aunque no demasiada. Menos da una piedra. Haz caso a lo que te diga y nos irá bien. No me jodas y no te joderé. Y te conviene que no te joda, porque yo jodo muy bien, para lo bueno y para lo malo. ¿Qué tenemos hoy, chaval?

El subinspector tardó unos segundos en reaccionar. Santamarta le dedicó lo más parecido a una sonrisa que tenía en su catálogo de gestos, lo que dejó aun más descolocado a Soto, al que hasta se le pasó por la cabeza que aquello fuera una cámara oculta, una novatada o alguna cosa similar. Finalmente se animó a contestar:

—La mujer de 73 años que encontraron el viernes muerta en su casa.

—Se escapó hace unos años del coronavirus la vieja, pero le llegó su hora. Una pensión menos, mira tú que suerte. ¿Qué pasa, hay caso…?

—Agresión sexual postmorten.

—¿A la vieja?

—Sí.

—No habían dicho que era una infección de orina lo que le había puesto el asunto de aquella manera. Chochito viejo con infección y tal y tal.

—Pues no. Aquí tengo una copia de la autopsia.

—Hay que estar muy desesperado o muy enfermo. Un chocho de 73 años, hay que tener estómago. A ver… dame la copia de la autopsia. ¿Cómo la has conseguido tan temprano?

—Pidiéndola por favor.

—¿Pretende ser una broma?

—No, ¿por qué?

—Madre mía, qué paciencia me va a hacer falta contigo, Soto.

—A ver, dame… mierda, no tengo las gafas de cerca. Lee tú, venga.

—Aspecto general del cadáver. El cadáver aparece completamente desnudo sobre la mesa de autopsias, en posición de cúbito supino.

—Soto.

—Dígame, inspector. Perdón, dime, inspector.

—¿No tendrás los santos huevos de leerme la autopsia completa?

—Para que no se nos escape ningún detalle, ¿no? Cuatro orejas escuchan mejor que dos.

—Pero qué habré hecho yo para merecer esto… Venga, léeme lo importante, que por lo que ya te conozco, seguro que te la has empollado.

—Me la he leído un par de veces antes de que viniera… perdón, de que vineras.

—Como me vuelvas a tratar de usted te comes una hostia. Y ya sabes, nos morimos los dos.

—¿Perdón?

—¿Tampoco te sabes esta?

—¿Cuál?

—Joder… la de que tú te mueres del golpe y yo de la onda expansiva.

—Entendido.

—Madre mía, debes de estar por debajo del mono en la pirámide animal.

—Inspector, me falta al respeto… —interpeló Soto, crecientemente nervioso.

—Buff… sí, lo que tú digas. Venga, dime qué le ha pasado a esta dichosa señora.

—A ver… —contestó el subinspector, recomponiéndose—. Autopsia del periné, examen externo, se aprecia dilatación del orificio anal, que presenta un diámetro aproximado de dos centímetros.

—Le ha petado el culo a la vieja.

—Lesión en el orificio anal, en la zona cutánea que le rodea y en los primeros tramos de la mucosa rectal.

—Hostia, Soto, que no te recrees, coño, que me ha quedado claro.

—Vale. En la región genital, se aprecian lesiones macroscópicas a nivel de labios mayores o menores.

—Por delante y por detrás, tris tras. Pero qué jodido depravado ha podido hacer esto. Puto tarado follaviejas.

—No aparecen restos de semen.

—Mierda, el tío no es tan tonto como parecía. Perturbadillo cabrón, pero no tonto.

—Sobre las causas de la muerte, asfixia mecánica. Y por la ausencia de hematomas o de restos de piel o pelo en las uñas de la mujer, parece claro que la penetración se produjo después del asesinato.

—Joder…

—Y en la casa no había señales de violencia tampoco. Tuvo que entrar con la confianza y el visto bueno de la señora —añadió Soto, que quedó un instante callado, con la mirada perdida por las líneas del informe, ensimismado, como si una tormenta de ideas se hubiera desatado entre los pliegues más profundos de sus meninges.

Santamarta le observaba sin disimulo y sin poder evitar cierto gesto de superioridad paternalista. Era Soto un hombre de altura mediana, un poco gibado, delgado y de hombros estrechos, labios abultados y pelo rubio oscuro, lo que unido a unos ojos pequeños, le daba la sensación de bazar chino, de un hombre mezcla de mil perfiles físicos mezclados al azar en un puzle inacabado. Su único rasgo destacable era un brillo inteligente en el fondo de sus ojos cuando se concentraba en algún caso. Y eso estaba ocurriendo en aquel momento.

—Soto, vuelve… Vamos para el barrio de la vieja a hacer algunas preguntas a los vecinos.

—Sí, inspector, vamos.

Guardó después cuidadosamente la copia de la autopsia en una carpeta y la dejó en el primer cajón de su recién estrenada mesa. Había hecho fotocopia de toda la documentación que había obtenido del caso y la guardó doblada por la mitad en un pequeño portafolios que metió en la bandolera que siempre llevaba encima cuando estaba de servicio.

Después sacó una libretita que tenía en el bolsillo interior de la americana marrón oscura que vestía y escribió: “2 de marzo, mujer de 73 años, agresión sexual postmorten (anal y vaginalmente), muerte por estrangulación. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Por qué?”.

—¡Soto, cojones, vamos! —gritó el inspector desde la zona de atención al público de la comisaría.

El subinspector añadió en la libretita: “1er caso con Santamarta. Buen policía, horrible persona”. Y salió corriendo tras su superior, que en la calle ya se acercaba al vehículo policial camuflado.

—Conduces tú, chaval —le dijo lanzándole las llaves.

Montaron ambos en el ‘K’ y se dirigieron al barrio donde dos días antes había sido violada y asesinada una mujer de 73 años. En realidad, al revés, asesinada y violada.