martes, 11 de enero de 2022

Capítulo 5 (Novela 'Julio y las viejas')

Llegó el día siguiente, martes, y los siguientes de la semana. Soto se hizo cada vez más a las tarascadas afiladas de Santamarta, a sus vasos de tubo con coñac hasta la mitad y a sus visitas al baño, que no tenían que ver con su próstata y que le dejaban las pupilas dilatadas. “¿De qué eres, Soto, de pincel, brocha gorda o rodillo?”, para después reírse de su propia gracia ante un subinspector que le miraba entre admirado y resignado, tratando de convencerse de que merecían la pena esas humillaciones y chascarrillos constantes a la espera de que surgiera ese gran policía que todo el mundo decía que era Santamarta. O que había sido, porque esa era la duda, saber si lo que tenía ante sí y con quien trabajaba en el caso seguía respondiendo a esa leyenda de la que se hablaba en el cuerpo.

En cualquier caso, el subinspector no se descentraba y confió, como siempre, en su método, en su trabajo de hormiguita paciente que va reuniendo pruebas, conversaciones e ideas al modo en que los buenos maestros relojeros montan sus máquinas del tiempo. Estudió con método y entrega los informes que se habían redactado sobre el caso de la mujer asesinada, tratando de encontrar alguna explicación al gesto tan aparentemente absurdo de cortarle un mechón de pelo a la víctima después de asesinarla y violarla. O quizá le había cortado el pelo antes, porque todo, cualquier posibilidad debía ser tenida en cuenta. Pensaba a menudo en un perfil criminal que encajara todas esas piezas en su orden correcto, cada vez más convencido, esa era la verdad, de que el corte del mechón de pelo había sido el final de una liturgia enfermiza, parte de una rutina protocolizada en una mente psicópata. Revisó al detalle las fotografías y habló con el forense, Egaña, un tipo muy profesional pero algo malencarado, que le contó con desgana que el mechón había sido cortado justo encima de la oreja izquierda.

Soto pensó en las lecciones de psicología criminal que con tanta dedicación había estudiado, dándole vueltas a peregrinas teorías e hipótesis sobre la relación entre el pelo, las orejas y la muerte. Le vino a la cabeza la imagen del dios egipcio Anubis, con sus enormes orejas perrunas y su presencia mortífera, pero no halló ninguna relación entre este viejo dios de la época de los faraones y una viuda colocada pulcramente en su cama después de haber hecho barbaridades con ella.

La cabeza le hervía en algunos momentos al subinspector y se sentía absurdamente abrumado por una responsabilidad autoimpuesta por resolver el caso. Pensaba en Santamarta y en los otros agentes que podían echar una mano, y les sentía a todos más preocupados de cualquier otro asunto que de esta investigación, por lo que concluía que solo se resolvería el enigma del asesino si era él mismo quien lograba hallar al culpable. Era como si toda la formación que había recibido fuera una mochila de heroísmo, tan brillante como pesada, que le dejaba autodesignado como el único capaz de investigar y aclarar lo que ningún otro podía. Esta carga de responsabilidad que él mismo se había echado encima desde que se hizo policía empezaba a notársele en los hombros, algo caídos, más tendentes hacia el frente que hacia la altura equilibrada, y en sus pasos, apenas perceptiblemente más lentos conforme iban pasando los meses y los años por su cuerpo. Se sentía, inconscientemente todavía, la única persona en el mundo capaz de entrar con su candil a iluminar y descubrir las alimañas que abundan en el valle de las sombras del crimen. La última esperanza de los justos, el protagonista de una historia sucia de la que solo él podía salir limpio y con una corona de victorioso laurel en su cabeza.

Le dio mil pensadas a sus conocimientos sobre autopsia criminológica y la realidad le fue devolviendo, en cada una de las pensadas, nuevas respuestas en blanco a sus preguntas. Esos días fue escribiendo nuevos conceptos en su libretita: “Psicópata, ordenado”, “¿Ternura después de paroxismo violento?”, “¿Patrón para asesinatos futuros?” y “¿¡Patrón de asesinatos pasados!?”. Estas dos últimas anotaciones las hizo el jueves por la tarde a última hora, fantaseando, se lo tuvo que reconocer, ante el desafío profesional que supondría enfrentarse a un asesino en serie. Pensar en aquella posibilidad le produjo una culpa gozosa.

Marchó a casa con este pensamiento repiqueteando en lo más profundo de sus ensoñaciones de investigador, convencido de que, una vez más, podría haber visto algo determinante donde otros simplemente se habían limitado a realizar su labor policial de forma rutinaria. No se atrevió a comentarle nada sobre esta posibilidad a Santamarta. Por el momento sentía más que cubierto el cupo de comentarios hirientes en esta primera semana de trabajo con él.

Eso sí, al día siguiente, después de comer un menú del día en un restaurante de batalla junto a la comisaría, Soto tenía la intención de volver allí y hablar con el inspector para tratar de explicarle con tranquilidad su teoría sobre otras posibles muertes, otros asesinatos con la misma autoría que el ocurrido justo siete días antes. Iba preparado y dispuesto a hablarle a Santamarta a una distancia prudente que evitara el alcance de su mano, porque una de las últimas veces a su comentario descarnado había añadido pellizco en uno de los pezones de Soto que le hizo ver las estrellas.

Pero el inspector se negaba, no quiso ir con él a la comisaría, tampoco que hablaran en ningún otro sitio, al menos aquella tarde, ya que parecía tener prisa y respondía con evasivas y tono crecientemente malhumorado a los intentos de Soto por iniciar la conversación sobre aquel asunto.

—Inspector, es que tengo una teoría…

—Que ahora no, cojones, Soto. Que ya me contarás tus pájaras mentales en otro momento. Que ya sé que los maricas estáis a otro nivel y tenéis una mente privilegiada. Pero hoy no tengo cuerpo para tus chorradas, que tampoco nos conocemos tanto y paso de hacerte de psicólogo.

—Te acompaño y te cuento —le dijo.

—¿Tú estás tonto, sordo o las dos cosas a la vez? Que te vayas un rato a tomar por culo, chaval, y ya me contarás las dos cosas cuando sea, tu mierda de teoría y si te ha gustado que te den por detrás.

Santamarta se quedó mirando fijamente a su subordinado, los dos en pie en la calle, cerca del restaurante, el uno frente al otro. El inspector apretó inconscientemente el puño derecho en un gesto previo a lanzar un golpe duro y seco al centro del pecho, un golpe que reservaba para la gente que, mereciéndose una buena hostia, en el fondo le caía bien como era el caso de Soto. Este empezaba a comprender bien el carácter y las reacciones de su superior y algo dentro de sí le advirtió de que era el momento de no reaccionar, de no decir nada, de darse la vuelta y dirigirse a la comisaría dejando que Santamarta fuera en paz a donde tuviera que ir, a hacer lo que tuviera o quisiera hacer.

Entro por la puerta cabizbajo, pensativo y con una sensación agria por su última conversación cuando Martínez, el responsable de turno ese viernes por la tarde de atender al público, le dijo con cierta guasa:

—¿Te has quedado solo?

—Pues sí. Y, además, no sabes cómo se ha puesto el tío…

—Los viernes por la tarde no cuentes con él.

—¿Por?

—No sé, no sé… pero siempre los tiene ocupados y a donde va, va solo.

—¿Solo? ¿A dónde?

—Ni idea, la verdad —añadió con una leve gesto de los labios que Soto no supo interpretar.

Y aquello era lo peor que se le podía decir al subinspector. Un “no sé” con un leve gesto en la comisura de los labios disparaba todas las alarmas en una mente predispuesta a la sospecha y a aplicar sus aprendizajes teóricos sobre criminología. Sentado en su sitio, con la mirada perdida en las mesas vacías de sus compañeros, Soto empezó a pensar en lo que no tenía que pensar. Trató de centrarse en otros aspectos, en otras ideas sobre el caso que le venían rondando desde días atrás. Sacó un folio y quiso entretenerse haciendo varios diagramas sobre firmas y trofeos de asesinos en serie, para ver si algo le cuadraba en este caso. Hasta llamó por teléfono a Sara, sin ninguna razón real más que la de quitar de su pensamiento una coincidencia que le estaba rascando el fondo de su alma de policía.

Al final se dejó llevar y anotó en su libretita: “Mujer asesinada viernes por la tarde. ‘S’ desaparece viernes por la tarde, no se sabe a dónde va ni con quien.”. El haber escrito esa frase provocó un efecto en cadena dentro de su cabeza y entró en una dimensión irreal en la que todos a su alrededor eran culpables de todo. Era como si los tres conceptos relacionados de Santamarta, mujer asesinada y viernes por la tarde se hubieran multiplicado exponencialmente en la mente de Soto, en la que se presentaba con la fuerza de una pedrada letal en la sien el titular: ‘Inspector de Policía mata y viola a mujer de 73 años’. Sacudió la cabeza, tamborileó con el bolígrafo en su mesa, se frotó con fuerza la parte trasera de sus rodillas y se enfrascó de nuevo en los papeles del caso. En el final de uno de ellos, en una cita sobre documentación adjunta, reparó en una referencia de una denuncia en papel, de hacía muchísimos años, tantos que no había entrado en la época en que se fueron digitalizando cada nueva diligencia y archivo. Hasta ahora no le había dado ninguna importancia a esa denuncia. Más por intentar dejar de lado sus razonamientos en bucle sobre Santamarta que por pensar que fuera a encontrar nada interesante, bajó a buscarla en el archivo.

Después de beber un vaso de agua para que el polvo de los papeles no le diera la tos, en el sótano, en la planta más metida en el terreno de todo el edificio, fue avanzando entre estanterías llenas de documentos engalanados por el amarillo que dan los años y por el deterioro que suelen sufrir los papeles que ya no importan a nadie. Le costó encontrar lo que buscaba y hasta se hizo una pequeña herida en su dedo pulgar de la mano derecha, ataque imprevisto y traicionero de una grapa oculta y rebelde que le provocó el gesto automático de llevarse el dedo a la boca para chupar una gota de sangre coronada de polvo. Llegó al fin al lugar donde la denuncia dormía un sueño burocrático de décadas y la observó, primero de forma mecánica, con enorme sospecha después. En la soledad de aquel sótano lleno de estanterías y documentos Soto sintió un impulso de darse media vuelta y volver arriba, a su mesa y sus papeles ya conocidos. Pero no lo hizo y cogió y miró lo que había bajado a buscar: la denuncia había sido interpuesta contra Santamarta, en el año de su suspensión de empleo y sueldo, por la fallecida.

A Soto le empezó a temblar la mano y tuvo que dejar el documento sobre una de las baldas de la estantería más cercana para continuar leyendo. No había duda. Una denuncia por amenazas que esta mujer ahora asesinada había interpuesto contra Julio Santamarta Martínez. El subinspector cogió de nuevo la denuncia y, con un leve mareo, subió de nuevo hacia su mesa mientras la bestia de la sospecha se volvía a hacer dueña y señora de su mente, ladrándole una pregunta: ¿Por qué Santamarta no había dicho nada de esa denuncia?

Soto se dijo a sí mismo que aquello era una soberana estupidez y se convenció de que en verdad lo era, que sería alguna tontería sin importancia ocurrida hace mil años. Sin mebargo, una vocecilla en su interior siguió sembrando cizaña y dudas, porque también podría haberse considerado hace años como una estupidez la posibilidad de que el inspector llegara a volverse medio loco y torturara a un terrorista por la muerte de un compañero que le había sustituido en una operación contra un comando. Soto meneó la cabeza enérgicamente con el vano propósito de que esos movimientos expulsaran de su mente estas últimas ideas, como si los pensamientos pudieran despeñarse hombros abajo al perder sujeción en el cerebro por la fuerza centrífuga.

Se fue al baño y se lavó la cara con agua bien fría, lo que le ayudó a despejarse y a tomar la decisión de marchar a casa y dar por finalizada por ese viernes la sesión de reflexiones y actividad de materia gris. Se le ocurrió que lo que quedaba de tarde bien podría ser empleado en un combate de genitales y lencería con Sara, así que se dirigió hacia la pastelería en la que compraba el mejor pastel de la ciudad de los que tanto le gustaban a su mujer. Estuvo a punto de no hacerlo e irse directo a su casa al recordar que la pastelería estaba prácticamente pegada al bloque donde tenía su vivienda la mujer asesinada, sobre la que ya no quería pensar más por ese día. Se prometió a sí mismo un muro de asepsia mental y se acercó a la zona, aparcó y compró el pastel. Mandó un whatsapp a su mujer, encendido y acordándose de unos versos que estudió en el bachillerato, de modo que le declaró batalla de amor en campo de pluma.

Cuando volvía al coche con el pastel en sus manos y relamiéndose por lo que le esperaba al llegar a casa, vio a unos cincuenta metros el coche de Santamarta, o uno del mismo modelo, y no quiso creérselo. Quedó quieto unos segundos, con el pastel en su mano derecha perfectamente envuelto, frotando nerviosamente los dedos de su mano izquierda, como si pretendiera hacer fuego con ellos y ese fuego pudiera quemar lo que estaba viendo y las sospechas que de nuevo danzaban libremente por su cabeza.

Cayó un rayo en el mar, al que siguió poco después un potente trueno. El sobresalto de la luz y el posterior sonido hicieron reaccionar al subinspector, que dejó el pastel en su coche, cogió un paraguas del maletero, cerró todo perfectamente y se encaminó con decisión al coche que había visto. A mitad de los cincuenta metros que tenía que recorrer empezó a llover como si el cielo vomitara y se formó una densa cortina visual que dificultaba identificar las caras de la gente a más de veinte o treinta metros. Abrió su paraguas, llegó al coche y comprobó que no se había equivocado porque era el de Santamarta. Vio abrirse la puerta del portal de enfrente y, sin llegar a reconocer del todo su cara, identificó perfectamente la forma de andar algo de viejo galán y algo encabronada del inspector, así que se echó hacia atrás cubriéndose la cara con el paraguas, quedándose a unos pocos metros, a resguardo, protegido en otro portal desde el que pudo vigilar sin ser visto.

El inspector seguía en el mismo sitio, despidiéndose de una mujer vestida solo con una bata fina y unas bragas, las tetas pequeñas y sueltas, las carnes escasas y firmes. Soto pudo ver cómo Santamarta se despedía de ella con un beso, cruzaba rápido la calle para meterse en su coche y, después, marcharse.

Los pensamientos y posibilidades que explicaran lo que acababa de observar se estaban dando un festín de fantasía criminal en la cabeza del subinspector, que murmuró:

—No puede ser que haya vuelto a esta calle, precisamente una semana después…

El bloque de pisos del que acababa de salir era justo el bloque más cercano al de la víctima y una de sus fachadas daba a la fachada de la mujer, a la que tenía los balcones, incluido el de la asesinada. Llovía a mares pero Soto ni lo notaba, absorto en el giro que podía dar el caso, tan irreal como doloroso porque siempre es descorazonador comprobar la caída a los infiernos de un compañero. Perdió la noción del tiempo entregado a sus conjeturas, sintiéndose a la vez culpable de descubrir así a un superior y orgulloso de cumplir con su deber pese a tratarse de Santamarta. El final del chaparrón logró devolverle a un principio de realidad, sin saber muy bien cuánto tiempo había estado allí en aquel portal. Se fue a su coche tras plegar el paraguas y trató de pensar con frialdad en qué hacer. Fuera de los protocolos y las directrices cerradas, fuera de las órdenes inequívocas Soto no era muy hábil y se sintió profundamente bloqueado, incapaz de tomar una decisión sobre sus siguientes pasos. Le entraron varios whatsapps de Sara a los que contestó maquinalmente avisándola de que llegaría en unos cuarenta minutos. Con el móvil en la mano se le ocurrió llamar a su amigo asturiano del sindicato, Berdejo, que siempre había tenido unas salidas mucho más resolutivas que las suyas en situaciones complicadas.

—¿Qué pasó, guaje, te vas a hacer ya asturiano de una puta vez? —le contestó nada más cogerle el teléfono.

—Que acaba de caer un chaparrón de tres pares de cojones y que puede que Santamarta sea un asesino.

—¿Pero qué dices, ho?

—Lo que oyes.

Soto le contó lo de la denuncia y lo que había visto esa tarde. Berdejo escuchaba en silencio. Después de dejarle hablar, le contestó muy cortante:

—Dani, escúchame bien. Te voy a colgar y voy a hacer una llamada. Tú no te muevas de ahí, sigue en tu coche, no hagas nada, no llames a nadie. ¿Oíste?

—Sí.

Dos minutos después sonó su teléfono. Era el inspector Andrés Marín, el policía más respetado de la comisaría, una institución en aquella ciudad. El subinspector solo había cruzado algunas frases amables y protocolarias con él.

—Soto, le quiero en la comisaría en diez minutos. El subinspector fue a responder pero Marín había colgado ya. Le entró un whatsapp de su amigo: “Habla con Marín.”. “Voy a la comisaría a hablar con él”, le contestó, a lo que Berdejo le volvió a contestar con un emoticono de una mano con el dedo pulgar hacia arriba. “No digas nada más ni hables con nadie más, ¿oíste?”, añadió el asturiano. “Sí”, contestó lacónico Soto.

Llegó a la comisaría y entró ante la sorprendida mirada de Martínez, que seguía en la zona pública y que se olía algo gordo después de haber visto entrar dos minutos antes al inspector Marín. “Me parece que tiene cara de enviar a alguien una buena temporada a descapullar monos”, se dijo Martínez.

—Verá, inspector… —tomó la palabra el subinspector al llegar.

—Soto, te callas y me escuchas. Si ya sé la culpa es mía por no haberte avisado antes. Bueno, que podría haberte avisado algún otro, joder, que aquí para lo que queremos piamos como canarios, pero para otras cosas… Bueno, da igual. Escucha, Julio es un buen policía que ha tenido una vida jodida. —El subinspector escuchaba muy quieto, sin atreverse casi ni a pestañear.— Me cago en mi padre, Soto, una vida muy, muy jodida. Ha visto morir a muchos compañeros en el País Vasco. Los viernes dicen que se va de putas. No sé… Me han contado que se va con una, siempre se va con la misma, la Susi, dicen que es una tía plana como una tabla de planchar que dicen también que está enamorada de él porque no le cobra. Pero me da igual. Y no quiero saber más, porque no me importa. Y a ti tampoco debería importarte. Lo que sí me importa y a ti también es que en esta comisaría nos ha sacado de tres o cuatro marrones muy gordos en los últimos años. Y ya está. Si tienes algún problema, pedimos que te cambien de compañero; si no, sigues con él. Pero esta conversación y este tema no se van a volver a tocar. Ni conmigo ni con nadie. ¿Estamos?

—Sí.

—¿Entonces?

—Entonces, ¿qué?, inspector…

—Pareces tonto, Soto, ¿sigues con él?

—Sigo.

—Cojonudo. Y otra cosa… no me jodas más y dedícate a investigar a quien tienes que investigar, cojones, no a los compañeros. Encuentra al que le hizo eso a esa pobre vieja.

—Verá, es que yo…

—No me interesa nada de lo que me tengas que explicar ahora. Por cierto, lo de la denuncia fue en la época en que Julio tuvo que ganarse la vida allí, en el bloque pegado al de la vieja, con las putas, que fue cuando conoció a la Susi. Y tuvieron una movida con la vieja por ruidos por la noche, que Julio se puso farruco y por eso fue la denuncia. Y no tienes que saber nada más. Ale, buenas noches.

—Buenas noches, inspector —le contestó enormemente avergonzado, mientras Marín ya se marchaba. Poco después Soto llegó a su casa. Sara le recibió con cara de pocos amigos y el gesto cruzado.

—Me habías dicho cuarenta minutos y has tardado una hora y diez. Hoy te quedas sin…

Él se abalanzó sobre ella y comenzó a besarla como un náufrago.

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