lunes, 3 de enero de 2022

Capítulo 4 (Novela 'Julio y las viejas')

Soto llegó a casa reventado, exhausto por el desgaste psicológico que siempre le suponían los casos en su fase inicial, cuando casi todas las preguntas están sin responder.

Conduciendo desde la comisaría tras haber finalizado su turno, había notado por la vibración la entrada de varios whatsapp de Sara en los que, estaba seguro, le estaría preguntando cómo estaba y a qué hora iba a llegar. Se volvió a poner algo nervioso por no poder contestarlos, pero se mantuvo firme en su costumbre de no tocar el móvil mientras conducía. Todavía no conocía bien las calles de aquella nueva ciudad a la que le había llevado su ascenso a subinspector y pensó que era una buena época la de verano para hacerse a ella, con buena parte de sus habitantes de vacaciones y la actividad habitual reducida. Viniendo de Madrid le llamaba la atención que todo estuviera a mano, que ningún trayecto supusiera más de media hora de coche, que la gente no tuviera ese perpetuo malhumor que gastan los de la capital de España que parecen contestarte siempre como si les debieras dinero. Y la humedad, notaba mucho la humedad, que era como un permanente saludo del mar, recordando que estaba cerca, que aquel era su reino costero, que mandaba como un dictador caprichoso en los designios del clima. Le preocupaba su mujer, cómo se adaptaría a aquel sitio, y deseaba con todas sus fuerzas que encontrara su espacio, quizá un trabajo, una actividad que la convirtiera en algo más que la mujer de un subinspector de Policía. Últimamente su humor había empeorado, aunque Soto se quería convencer de que todavía no había ocurrido nada como para preocuparse de verdad.

Había encajado bien tener por compañero y jefe al inspector Santamarta porque, en el fondo, justificaba sus comportamientos que, por decirlo suavemente, eran poco respetuosos con las ordenanzas y los protocolos. El subinspector estuvo investigando mucho sobre Santamarta en cuanto tuvo noticia de que le iba a tocar trabajar con él. Hizo llamadas, hurgó en archivos y habló con un compañero de promoción y del sindicato SUP, un asturiano más listo que el hambre, que le puso al tanto. Porque la tara que adornaba ahora el comportamiento y las actitudes del inspector no era de serie. Había sido en tiempos un agente más equilibrado, de hechos menos extremos y sin afición generosa a la coca, el coñac y a acabar las conversaciones a gritos o comentarios ácidos. La lucha contra el terrorismo, el estrés y la amenaza constante le fueron reventando la cabeza. Todo se desencadenó cuando iba a participar en una operación en el año 2003, de la que se descolgó en el último momento por el nacimiento de su primer hijo.

Según le contaron a Soto, el policía que le sustituyó y acabó haciendo su servicio se llamaba Josu Heredia. Santamarta no olvidaría jamás ese nombre ni los mil datos que memorizaría después sobre él, un agente de 37 años, gitano del norte, una rareza porque también era hijo de una prostituta, la única gitana puta de toda Guipúzcoa. La operación fue un fracaso y Santamarta quedó royendo su culpa, convencido de que todo se había estropeado por su ausencia de última hora.

En el relato de lo ocurrido en la tarde de la operación el forense echó mano de la piedad rutinaria en estos casos y escribió que Heredia “no se enteró” y murió inmediatamente por un disparo que le vació la cavidad ocular izquierda y otro que le arrancó siete dientes antes de alejarse en el occipital.

Esto no se lo contaron a Soto porque nadie se enteró, pro Santamarta leyó el informe con obsesión, una y otra vez, martirizándose con la frase “no se enteró”, machacado en sus pensamientos por el convencimiento de que no enterarse de la propia muerte no era alivio de nada. “No es puto alivio de nada”, había murmurado en ocasiones a solas dándole vueltas a lo ocurrido. Además, sabía que morirse de repente no es tan fácil, que en ocasiones todo hace absurdo seguir vivo pero hay moribundos que se aferran segundos y hasta minutos a un imposible de supervivencia, alargando la agonía.

Nada quedó muy claro, pero se corrió el rumor de que los etarras que habían escapado en aquella operación después de asesinar a Josu fueron los mismos que a finales de mayo mataron a dos policías nacionales en Navarra. Santamarta se obsesionó también como un pitbull con los etarras y leyó con detalle cada información sobre la operación de aquella tarde, analizó el atentado y las rutinas de los dos compañeros de cuerpo asesinados. Habían reventado en la Plaza de un pueblo del sur de Navarra por la bomba lapa que les colocaron en los bajos de su coche, un vehículo sin distintivos policiales que usaban para desplazarse por diversas localidades, donde se encargaban de actividades rutinarias vinculadas a documentación oficial. No se desplazaban en un coche con distintivos, pero se anunciaba en los medios de comunicación locales que iban a estar tal día en tal pueblo y, claro, los asesinos son miserables, pero no tontos.

Santamarta notaba en aquella época de remordimientos y culpa una quiebra en la boca del estómago, como una procesionaria peluda y urticante en el interior de sus tripas que se dedicaba a dar vueltas sobre sí misma en un tiovivo desesperante e inacabable. El inspector nunca fue un hombre paciente ni tampoco pacífico, pero en aquellos días que siguieron al nacimiento de su hijo y a la operación fallida en la que cayó su compañero, algo desató las bestias que hasta entonces habían permanecido razonablemente amordazadas en su interior. Se despertaba de madrugada, preocupando hasta lo indecible a su mujer Laura, y, sobresaltado por minúsculos ruidos, reales o imaginarios, salía a la calle y caminaba en un estado de excitación enfermiza, sospechando de cuantos se cruzaban por su camino, convencido de que cada persona que le miraba era un chivato que iba a pasarle sus datos y su posición a algún comando que acabaría con su vida en cuanto doblara la siguiente esquina. Muchas noches se encontró caminando por la playa de la Concha, apretando con furia su pistola en el bolsillo de la americana, murmurando frases de locura: “Venid ahora, hijoputas”, “Atreveos conmigo, asesinos”, “Aquí me tenéis, cabrones, venid por mí” o “No se enteró, pero yo sí, mierdas”.

Algo hizo clic en la cabeza de Santamarta y cuando llegaron detenidos a su comisaría en Irún dos miembros de un comando, entró en un estado febril de excitación. Nadie se dio cuenta del descenso a los infiernos que estaba protagonizando su mente agotada, nadie tuvo la prevención de evitar que participara en los interrogatorios y nadie tuvo el valor de detenerle porque los dos últimos muertos pesaban mucho entre los compañeros. Un par de meses después, un expediente señalaba que casi había ahogado a un detenido en una bañera, provocando su salida forzada de Irún. Expediente disciplinario por torturas por el que le cayó un año de empleo y sueldo y por el que casi fue expulsado del cuerpo. En el juicio tuvo bastante suerte con el archivo de la causa.

Su mujer empezó entonces a cogerle miedo porque llegaron sus primeros desmanes violentos, arranques de ira que por aquella época solo afectaban a los muebles, puertas y paredes de su casa. Ella no dijo nada a nadie, esperó paciente a que las tormentas fueran amainando y se espaciaran, pero ocurrió lo contrario. Esperó después que el traslado y la suspensión de empleo y sueldo le calmara, pero también ocurrió lo contrario. Y esperó que la violencia se quedara en los objetos y de nuevo el tiempo trajo lo contrario, convirtiendo lenta pero inevitablemente en un infierno la vida en casa de Santamarta.

La mujer fue sintiendo cómo los años y el maltrato fueron destrozando el amor y la admiración que había sentido por Julio, dejándole en el centro de su corazón una pena áspera y grande, junto a un miedo que convirtió cada minuto con su marido en una fuente inagotable de pavor.

Soto entró en casa después de haber comprado un pastelito de merengue y chocolate que le gustaba mucho a su mujer y que solía llevarle una vez por semana. Ella le estaba esperando en el sofá de la sala, en picardías, ronroneando como una gatita en celo, con los grandes pechos temblando al ritmo de su respiración. Al subinspector se le pasó de repente todo el cansancio y la mente se le despejó. Milagros de la lencería.

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