19/7/15

Diálogo del muslo en sombra



Cuando las horas se enjabonan
y la luz cae al suelo
de los patios antiguos,
una mujer morena
acaricia ortigas.

—¿Qué palpas, Piedad,
no ves que la hierba rabiosa
te agriará la piel?

—Toco lo que toco,
porque vengo borracha
del agua seca que las escobas
remueven ante las puertas.

Mírala qué quieta
en su silla de madera,
parece una virgen de nácar
bajo los collares de sal
y el corazón cárdeno.

—¿Qué escuchas, mujer,
qué te miente el aire?

—Escucho lo que escucho,
la humilde sinfonía
de los mil ruidos de la noche.

—¿Qué traes que llevas
los ojos manchados de sombra?

—Traigo lo que traigo,
déjame a solas
con el quejido de las yeguas
y los higos aplastados.

17/7/15

Iñigo Ruiz en Sevilla (III)


Laura Vital con Eduardo Rebollar... Y la compañía de Juan Vergillos... ¿Qué más se puede pedir?
Posted by Iñigo Ruiz Cantaor on Jueves, 16 de julio de 2015

15/7/15

Iñigo Ruiz en Sevilla (II)

Es lo que tiene Sevilla... Un aficionado por siguiriya.


Y ahora es tiempo de bulerías...


14/7/15

Iñigo Ruiz vuelve a Sevilla

Iñigo vuelve a Sevilla, a la Fundación Cristina Heeren, a seguir aprendiendo.
Cuenta: "Así es la Fundación: está un compañero italiano cantando por soleá de Triana, aparece don Eduardo Rebollar. Hace una letrita y se marcha. ¡Olé!".



Así es la Fundación. Está un compañero italiano cantando por soleá de Triana, aparece don Eduardo Rebollar. Hace una letrita y se marcha. ¡Olé!
Posted by Iñigo Ruiz Cantaor on Martes, 14 de julio de 2015

22/6/15

Por soleá

Por vereítas estrechas
eché a andar como un ciego
y me alcanzó la locura
aquella noche sin cielo.

En el cuarto de la pena,
como ya no puedo verte,
te llamo por soleá
y me contesta la muerte.

A mi me dijo un Debel:
—Si regresas a la vida,
recuerda que vendrá la luz
pero también las heridas.




11/6/15

¿Quién puso la luna en el cielo?

Un dios niño recién surgido de la nada —os hablo de aquella eternidad en la que los dioses tenían edad— cayó en la tentación de la sabida costumbre divina de crear mundos.
Con todo el poder todopoderoso, su intención se hizo gesto y el gesto materia redonda, azul y marrón.
¡Qué risa infantil y celestial le entraba con las olas y los vientos, con la nieve y las hojas!
Y esa risa se hizo plantas y corazones, desparramados y sin vergüenza.
Hasta que un pecho se puso en pie y le miró a los ojos; se acabó su risa y llegó el enfado. Lleno de rabia —los niños son niños aunque fabriquen mundos— lanzó a ciegas un enorme guijarro que quedó incrustado en las alturas de la noche.
Y se marchó. Dicen que ya no es niño y que ha hecho otros mundos mejores.
Pero, quién sabe, se dicen tantas cosas...




Hayedo sereno

Hayedo sereno,
amante rubio
que dijiste adios
sin pena
al último día
de agosto.

Debajo, camastro
de hojas heridas
que mullen el suelo
amarilleando pasos.

El aire se va
aquietando
alrededor
de la plata manchada
de tus cortezas.

Tiene algo de fuga
tu silencio,
como un abrazo suave
que va enfriando
los dedos.

Pareces una bestia
quieta y bondadosa
que me advierte,
otro año más,
que el invierno
principia.


Flor de las nieves

Una mujer valiente
quiso un día sumar
pasos a los pasos,
porque había escuchado
que eso era caminar.

Y se fue hacia las nubes
—ese hábito de subir montañas—
con un ratoncillo
que saltaba alrededor
de su risa.

Colgada de los cielos,
allí estaba,
flor en la altura
que no era flor:
era espejo
de una mujer valiente.



10/6/15

Dios dormido

Harina de ortigas,
pan violento
que llaga los pasos
de los amantes.

Gestos morados
de niños antiguos
por las frondas
desamparadas.

Árboles eléctricos,
gacelas sobre el cemento
que olvidaron el don
de la música y el salto.

—¿Se ha muerto Dios?
—No... está dormido. Es sombra y luz en ese rincón.



31/5/15

Mirarte

Cuando llegue el segundo temido
en que las lenguas negras
derritan las luces perpetuas
y el alba caiga tiritando
tras los muros de la mentira;

cuando queden blandos los duros rayos
ante las madres viejas
que acunan suspiros mezquinos
y las hojas amarillentas tiemblen
en las oxidadas bocas de las alcantarillas;

cuando el olvido acuda indolente
para tragarse mi corazón,
que no le sabrá a nada,
y tú y yo vayamos a dejar de ser
lo que fuimos y somos;

entonces, justo antes del fin,
déjame mirarte por última vez...

Un instante apenas, compañera,
mirarte por última vez.