jueves, 17 de mayo de 2012

Fandangos "Soledad, qué solo estoy"

Continuamos con el día de las letras flamencas. Versos llenos de vida, llenos de historias donde los sentimientos fluyen desde lo más profundo del alma. Seguimos con la carta a Miguel Hernández.

Un día coincidiste con el cura Almarcha en la calle y le diste a leer algo tuyo. Le gustó y te ofreció su biblioteca para que fueras a leer.



Además, en plena adolescencia, te gustaba como a cualquiera la juerga y las bromas, y jugabas en un equipo de fútbol que tú mismo bautizaste como  "La repartiora‟ porque lo repartías todo entre vosotros: El Mella, Rosendo Mas, Sapli, Manolé, Pepe, el Botella, Paco, Rafalla, Gavira, el Habichuela, José María, Paná, Meno y el Barbacha, que eras tú. Te pusieron este apodo, que es el nombre de un tipo de caracol, porque eras un jugador bueno y fuerte, pero algo lento.


Y Miguel, por aquel entonces conociste a Fenoll, ¡qué gran cosa fue conocer al panadero Carlos Fenoll!, enamorado de la poesía, del arte de conversar y del flamenco, devoto de Cepero para más señas. Un día, en una taberna de la calle Barea a la que te llevó, porque allí se degustaba el cante jondo, tras unos vasos de vino, te comprometiste con el cantaor Antonio García Espadero, conocido como el  "Niño de Fernán Núñez‟, a hacerle unas coplas que titularías Canción de flamenco y Soledad, ¡qué solo estoy!



Fandangos
Soledad, ¡qué solo estoy!


En un rincón de Orihuela
versos y panes brotaban,
esos muchachos pensaban
que las torres eran altas
y que todo era primavera.

Al abrigo de aquel vino

nacieron dos coplas negras,
de potrillos sin camino,
que van buscando el alivio
para su carga de penas.

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