sábado, 21 de noviembre de 2015

Una tregua

Voy por las limpias calles
chapoteando en mi barro,
mirando las miradas
de la gente,
gritándoles
con la boca cerrada
preguntas
que no me pueden contestar
—porque son tan mías
como las respuestas
que solo yo conozco—.

Voy por las ordenadas calles
con el pensamiento revuelto,
sin saber por qué
ni por qué no,
en paz con nadie
y pisando las aceras
como quien anduviera
sobre truenos.

Cuando voy a doblar
cada esquina
acelero el paso
de forma casi imperceptible,
llevado por un ansia pequeña
que quiero llamar esperanza:

porque todavía sigo creyendo
que, unos metros más allá,
donde las paredes se doblan,
podré encontrar
un rayo de sol
remoloneando
en sus labios,
el eco de la risa
de mis niños,
un yo mejor…
Una tregua.

2 comentarios:

Rafael Iturriaga dijo...

Y ante eso. ¡Qué pena cuando se van los niños!
Nos queda ella, la compañera pero...
Ella también deambula con lo suyo y cuando nos encontramos, disimulamos los dos para no darnos mutuamente la tabarra. Convencidos, cada uno, de que el otro es feliz y no merece nuestras miserias. Errados ambos. Incomunicados por amor. ¡qué cosa más idiota!

Gaztea Ruiz Martinez dijo...

La vida es sueño. Ya nos lo dijo alguien hace tiempo.

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