jueves, 3 de enero de 2013

Un discípulo de Silverio


Se ganaba la vida con el cante. Había aprendido muchas cosas de Silverio.
Subió al escenario y cantó por soleares y seguiriyas. El respetable no le mostró mucho respeto y recibió los cantes con frialdad.
Después llegó el turno de un chiquillo, que por fandanguillos hizo que la gente se reventara las palmas aplaudiendo. A él los fandanguillos le parecían algo fácil, vacío, pegajoso.
Aquella noche lloró de amargura y decidió no volver a cantar jamás. Volvió a los cortijos y a las porquerizas de Puente Genil para ganarse la vida.
Décadas después, cuando juntaba ya 72 años, el viento le trajo un trozo de periódico que anunciaba un Concurso de Cante en Granada. Era 1922.
El Alcalde hizo una colecta. Le compraron un traje y le pagaron el billete.
Así fue a la ciudad de los cármenes Diego Bermúdez Cala, ‘el Tenazas’ de Morón, donde le esperaban Lorca y Falla, Chacón, Torre y ‘la Niña de los Peines’.
Allí le escucharon por derecho.

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