viernes, 20 de febrero de 2015

Luz

Ciertos lugares comunes o estereotipos sobre la ortodoxia vienen a menudo impuestos por los guardianes de las esencias.
Qué es y qué no es arte. Cuándo se hace bien y cuándo mal.
Son collares de plomo sobre la creatividad de muchos artistas y anteojeras para algunos aficionados.
Pero ocurre, aunque menos veces, que esos límites son internos y nadie hace ningún esfuerzo por que los mantengamos. Es como aquello de que no hay peor censura que la autocensura.
El proceso de caer en la cuenta de lo cerradas que son algunas de tus propias percepciones es como abrir los ojos a la luz: al principio deslumbra, después emociona el nuevo mundo descubierto.
A mí me ocurrió esto con una película.
Sin ser muy consciente de ello, tenía interiorizado que el cante flamenco se acompañaba de un entorno lúgubre y estrecho, en el que la expresión dolorida y gozosa de este arte encuentra su camino natural.
Pero no. Con la película 'Flamenco' de Carlos Saura comprendí que el cante jondo no está necesariamente obligado al tablao, la cueva o el cuarto de cabales.
El inicio de esta cinta fue para mí una revelación. Había espejos, espacios, anchuras... ¡y luz, mucha luz!
Y el flamenco brillaba porque cantaba la Paquera, rompiendo siglos en su garganta.
Y el arte era su voz y era luz.


 

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