jueves, 23 de febrero de 2012

El Chocolate

Empecé a aficionarme al flamenco después de una tarde de primavera en la que brillaba el sol en el cielo pero aún no acababa de hacer calor.
Recuerdo que me escuché entero un disco de Agujetas el Viejo, gargajos incluidos, que me pareció horrible aunque me dejó con ganas de más. No fue ninguna revelación ni un descubrimiento repentino y sorpresivo. Fue un poso inapreciable en las tripas que fue creciendo. Creo que esa fuerza, esa dependencia del flamenco me ganó internamente cuando escuché unas semanas después una soleá de El Chocolate. En concreto en el momento en que, en uno de los ayeos, pega un grito brusco y navajero.
El Chocolate me desarmó con esa soleá, que después he vuelto a escuchar varias veces con la misma admiración por su grito.
Y algo así es para mí el flamenco. Son momentos, detalles deslumbrantes. No necesariamente el grito altísimo y desgarrado, porque a veces es también un requiebro delicado de una guitarra o el timbre de algún cobre a media voz. Son esas décimas de segundo en las que el cante te satura los sentidos, anula el resto de la existencia y te deja entre un tumulto de soledades.

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