miércoles, 12 de agosto de 2020

Cuchillo homicida (9)

CUCHILLO HOMICIDA

Nuevas cartas inventadas a Leonard Cohen
9

Querido Leonard:
Los que estáis al otro lado del último aliento sabréis muchas cosas, así que quizá sea vanidad mía esto de contarte mis desvaríos dándote lecciones. Pero entre tú y yo no hay secretos y no voy a ocultarte a estas alturas de tinta y papel que tengo un punto de pretencioso ratón de biblioteca. 
Así que, ¿sabes?, te voy a hablar del viejo Jerjes I de Persia. Andaba este hombre en la tarea de conquistar a las belicosas polis griegas, para lo cual mandó realizar un puente sobre un estrecho. El caso es que llegó una tempestad y la obra de ingeniería quedó destruida. Jerjes, gran emperador aqueménida, Jerjes el grande, gobernador de héroes... mandó azotar al mar. Con cadenas y, no sé muy bien a cuenta de qué, echando unos grillos al fondo. Cosas de emperadores en las guerras púnicas, que estaban fatal de lo suyo.
Yo también he querido azotar al mar, liarme a ridículos puñetazos con el mar de mi infancia. Y no lo he hecho, pero sí me he ciscado en sus muertos, he soltado maldiciones y le he preguntado al Cantábrico por qué. Por qué ha guardado silencio, por qué no me avisó de lo que estaban haciendo (los asesinos de un corazón) cerca de mis playas amadas. Por qué me dejó volver a él desde las tierras del Ebro para que finalmente ellos pudieran mancharlo todo. Mancharlo todo, tan fácil...
Leonard, le he perdido el respeto a mi mar. Y eso es una de las peores cosas que te pueden ocurrir en la vida.

Tuyo, el hijo de Isabel

sábado, 8 de agosto de 2020

Cuchillo homicida (8)

 CUCHILLO HOMICIDA

Nuevas cartas inventadas a Leonard Cohen
8

Querido Leonard:
A ti, que estás hace tiempo entre quienes no se preocupan del tiempo, tengo que pedirte que me recuerdes todas las mañanas que nací para amar. Sabes de sobra que me faltan fuerzas (lo sabes porque estás dentro de mí, sobre mí, ante mí o... algo relacionado con mí) y que últimamente el amor se me ha llenado de llagas y que por llagas me refiero rabia, miedo y pena. Se le ha quedado a mi amor por la vida una cara rabiosa, temerosa y apenada, caretas impropias y sorprendentes en quien busca entregarse para recibir.
Recuérdame para lo que nací, para lo que me nacieron, para lo que me miran y me hablan cuantos a mi alrededor tienen ojos y boca. Y sigue en mí, querido Leonard, cuando mis pasos opten por uno de los posibles caminos que ahora intuyo.

Tuyo, el hijo de Isabel