lunes, 27 de abril de 2020

Cuchillo homicida (2)

CUCHILLO HOMICIDA
Nuevas cartas inventadas a Leonard Cohen
2

Querido Leonard:
¿Sabes, Leonard? Mi abuela y mi madre ya me defendían de la muerte antes de que yo naciera. Me lo contó el otro día mi madre. En pleno embarazo, empezó a tener pérdidas y el riesgo de aborto natural era muy alto. Me imagino su miedo, supongo que parte de ese miedo se quedó desde entonces en lo más profundo de mi alma, heredado a través del cordón umbilical llegó a ese feto que era yo. Le dijeron que tenía que guardar reposo absoluto y así lo hizo. Y mi abuela, ya sabes, la buena y brava Tomasa, se pegó a su cama y no la dejó moverse durante más de diez días.
Allí estaban estas dos mujeres, pendientes de salvar aquella vida en peligro que era yo, duras y tiernas, esperanzadas y pensando en lo peor.
Está claro que sobreviví, que nací, que aprendí a leer y escribir, que tuve dos hijos y que me gusta escribirte cartas contándote mis cosas.
Ahora que todo es naufragio, Leonard, ahora que pienso en el daño que hacen algunas, recuerdo a Isabel y Tomasa, peleando por mí antes de que yo existiera... y sé que tengo una deuda moral y de sangre con ellas. Porque su hijo y su nieto está obligado a levantarse, siempre, una vez más de las que caiga.

Tuyo, el hijo de Isabel

viernes, 17 de abril de 2020

Soles de julio #poema

Paso entre vosotros
con voluntad
tierna y delicada,
atento a vuestros caminos,
enamorado de vuestra altura.

Me siento parte de todos
porque vuestro latido
es una melodía anchurosa
y eterna
en la que algo de mí
no morirá jamás.

Cuando os falte
recordadme
como la suave
luz de una tarde de abril,
que no llega a calentar
pero habla y anticipa
los sólidos soles de julio.

sábado, 4 de abril de 2020

Cuchillo homicida (1)

CUCHILLO HOMICIDA
Nuevas cartas inventadas a Leonard Cohen
1

Querido Leonard:
Te dije para despedirme, Leonard, entre gorriones y sombreros, que no cantaras aún derrota. Hoy vuelvo a coger la pluma y a sumarte nuevas palabras para desdecirme porque, sí, puedes cantar —desde tu más allá a mi más acá— una larga y amarga derrota.
Quiero hablarte en primer lugar, en esta primera carta, de mi viejo entrenador de boxeo. Se llama Narciso, pero no tiene ni tuvo nada de vanidoso... el nombre es un accidente en un hombre como él. Vino a verme el último día del año 19. Y me miró otra vez como tanto tiempo atrás. Pocos ojos como los suyos me han dado altura, limpieza, pocos ojos han observado así al muchacho valiente que fui, un muchacho que pensaba que nadie le iba a traicionar y que la vida era posible.
Me he vuelto muy atontado con la edad, bastante, las cosas como son, pero no tanto como para no darme cuenta de la enorme fuerza que siempre han tenido los pequeños ojos de mi viejo entrenador de boxeo.
Apareció, regresó a mí una mañana extraña, ya te lo he dicho, del último día del año 19. No entendí por qué volvía a mí de aquella manera tan sorprendente. Me trajo su charla, su sonrisa, su nariz de Góngora; hablamos y paseamos junto al mar de Castro-Urdiales, contenidos y entregados como solo pueden hacerlo dos viejos boxeadores que no llegaron a nada. Me trajo un vídeo de mi combate en el campeonato de España del año 2000, un vídeo en el que estaba joven, bello, aterrado pero valiente para afrontar una derrota que me partiría en dos.
Este último día del año me preguntaba, tras despedirme de mi entrenador al que hacía tantísimo tiempo que no veía, qué sentido tenía que apareciera de nuevo en mi presente.
Ahora lo sé, Leonard. Vino a recordarme cómo han sido capaces de mirarme algunos ojos bondadosos. Y vino a recordarme que fui un muchacho muerto de miedo con valentía para afrontar una derrota que me partió en dos.
Me hacía falta que me recordara eso, sí, porque meses después una mujer se durmió y, siendo un hombre y no un muchacho, una cuchillada homicida y mecánica me partió en dos. Y, sí, quedé muerto de miedo.

Tuyo, el hijo de Isabel

Tendré que regresar #poema

Todos estos años
me esforcé en ser fuerte,
bello y bueno,
pero no ha sido suficiente
y no tengo más
y no puedo seguir sonriendo.

Voy de un silencio a otro
como un niño solitario
en el patio del colegio,
dando insistentes patadas
a un absurdo corazón
hondamente maltratado
que late sin sangre.

La música y la luz
quedaron más allá
de aquel sábado por la tarde
y soy muy pequeño
y estoy muy cansado.

Yo no pude permanecer inmóvil
ante la muralla,
ante la amenaza de la carne destrozada
y el miedo a la herida segura.
¿De qué me hubiera valido
sobrevivir sin daño
si no lo hubiera intentado todo?

Acuchillé una niebla de silencio
y escuché lo que no quería,
me llegó una primera sílaba de verdad
que reventó en chorro creciente
de duras certezas,
de duros océanos.
Preví el naufragio,
supe lo que sé,
me ahogué y mereció la pena.

Vivo en la República de la rabia,
conozco bien lo fundamental:
la tristeza deja hilos de sal
por donde pisaron los gorriones
que después alzaron el vuelo.

Tendré que regresar
a mí y mis contornos
por la senda del dolor,
lejos de abril,
las higueras lejos,
las yeguas cegadas,
baldíos los vientres.