domingo, 25 de febrero de 2018

La vieja higuera

(Evocación de Berango)
Cortaron la vieja higuera a la que me subía cuando niño, acompañado de otros niños, para hincharme de felicidad e higos. Cuando me subía a aquel árbol, cuando todavía niño y ajeno aún a las metáforas femeninas de su fruto, la vida y el mundo eran redondos —ahora una es espinosa y el otro achatado por los polos—.
La calle era mucho más grande entonces, el barrio era una inmensidad de distancias y amigos, las tardes de verano eran elásticas. La vuelta al lugar donde tanto reí, era previsible, me dejó clavado cuando noté su falta. Un breve apelotonamiento de hierbas ocupa el lugar donde mi vieja higuera había estado tantos años atenta a las estaciones, cumpliendo su mandato vegetal y milenario.
¿Qué habrá sido de su madera, de sus hojas y de sus frutos que nadie comerá?
Cortar una higuera debe de ser algo perfectamente rutinario para quien maneja motosierras. Lo mismo serán nuestras infancias para el tiempo. Quiero decir que el tiempo, tan aficionado a pasar, cortó mi infancia en un ejercicio perfectamente rutinario.

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