lunes, 16 de octubre de 2017

Fui a tu casa, Miguel, pero no lloré


Este verano, Miguel, fui a ver tu casa. No estabas. Ya me lo habían dicho. También dicen que te has muerto y será verdad, aunque es mentira que estés en un cementerio. Estás en algunos libros y en algunas verdades. Tú estás a mi lado, con los dientes como un abrazo, porque así es como sonríen los hijos de la tierra.
Llegué acompañado de mi soledad a la habitación que compartías con tu hermano y me entraron unas ganas infantiles de llorar. El aire estaba quieto, no se oía balar a tus cabras y la pintura de las paredes y los techos comenzaba a desconcharse con pereza, como si les pesara el tiempo.
No lloré, no pude. Recogí unas migajillas de desamparo que se me habían caído y me marché, sin entender nada pero echándote, todavía más, de menos. 

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