lunes, 18 de septiembre de 2017

¿Qué es el duende?

Contaba el flamencólogo Félix Grande que una cosa es tener ángel, otra cosa las musas y otra muy distinta el duende. Porque ángel tiene mucha gente, las musas suelen visitar a los artistas de vez en cuando… pero el duende es asunto más grave. Lorca decía que al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.
Y no lo decía Lorca, pero se entiende por pura lógica, para que haya sangre tiene que haber herida. En el flamenco algo se tiene que quebrar para que llegue la sangre hasta sus últimas habitaciones. Es decir, alguien se tiene que quebrar, normalmente por la garganta con un caudal que viene de quién sabe dónde…
El propio Lorca, en su conferencia ‘Teoría y juego del duende’, contaba esta anécdota de Pastora Pavón, ‘La niña de los peines’, que ilustra perfectamente lo que era el duende:
Una vez, la «cantaora» andaluza Pastora Pavón, 'La niña de los peines', sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados. 
Allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana, a quien preguntaron una vez: «¿Cómo no trabajas?»; y él, con una sonrisa digna de Argantonio, respondió: «¿Cómo voy a trabajar, si soy de Cádiz?». 
Allí estaba Eloísa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Floridas, que la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero don Pablo Murube, con aire de máscara cretense. Pastora Pavón terminó de cantar en medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: «¡Viva París!», como diciendo. «Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa».
Entonces 'La niña de los peines' se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos, cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.
'La niña de los peines' tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y como cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni.
O sea que, dicho de otro modo, no es lo mismo París que las últimas habitaciones de la sangre.

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