lunes, 22 de febrero de 2016

Huerta de San Vicente

Un joven de sombra, muslo y mármol se acoda en su escritorio. Escribe. Letra a letra, palabra a palabra, milagro a milagro...

“Vamos al rincón oscuro,
donde yo siempre te quiera,
que no me importe la gente,
ni el veneno que nos echa”.

La tinta no es roja pero lo parece. Es verano de 1932 y en el gramófono suenan Tomás Pavón y Bach.


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