miércoles, 14 de agosto de 2013

Diógenes furioso

Es lo que tiene pegarte una garbanzada copiosa antes de dormir. Los sueños se desbocan.
A altas horas de la noche, dormido en plena digestión leguminosa, me encontré de frente con Diógenes. Venía con todo el equipo: candil, perro y cuatro harapos que malamente cubrían su cuerpo.
Traía el gesto profundo, con esa forma de fruncir el entrecejo que tienen algunos que no se sabe si miran o sospechan.
Husmeaba por aqui y por allá, con ese aire de importancia que se dan los filósofos griegos cuando se cuelan en el sueño de un cantamañanas como yo.
El caso es que no le estaba haciendo mucho caso. Y, supongo, aunque un gran pensador vaya de humilde, en el fondo tiene su vanidad.